El PIB no tiene cara: desarrollo humano y el equilibrio entre lo macro y lo micro
En la entrega anterior de esta columna señalé que hay una brecha sistemática entre los números que los estados mexicanos anuncian y las condiciones reales de sus economías. Que crecer no es lo mismo que desarrollarse. Que un parque industrial puede elevar el PIB regional sin mover el ingreso de las familias que viven a veinte kilómetros de la planta. Ese argumento tenía un punto de llegada implícito que conviene hacer explícito ahora: si el crecimiento económico no mejora las condiciones de vida de las personas, no es desarrollo. Es contabilidad.
Lo que falta en esa ecuación tiene nombre propio y lleva décadas de debate académico y de política pública detrás: desarrollo humano. No como consigna ni como retórica de discurso inaugural, sino como marco operativo para entender qué se está construyendo realmente cuando se dice que una entidad crece.
Desde mi posición como director de una institución de fomento industrial, esto no es abstracto. Es la diferencia entre aprobar un financiamiento porque una empresa aumentará su producción y aprobar ese mismo financiamiento porque aumentará su producción y mejorará las condiciones laborales de sus trabajadores, invertirá en capacitación certificada y generará proveedores locales que antes no existían. El primer criterio mide lo macro. El segundo mide lo que le pasa a la gente.
«El PIB no tiene cara. El desarrollo humano sí: tiene la cara de quien pudo pagar la escuela de sus hijos este mes, de quien no tuvo que migrar para encontrar trabajo decente, de quien accedió a un servicio de salud porque su empleo formal se lo permitió.»
El Índice de Desarrollo Humano y sus límites útiles
El Índice de Desarrollo Humano que el PNUD lleva calculando desde 1990 fue, en su momento, una ruptura metodológica importante. Propuso que el desarrollo de una nación o región no podía reducirse al ingreso per cápita, y que había que incorporar al menos dos dimensiones adicionales: la salud —medida por esperanza de vida al nacer— y la educación —medida por años de escolaridad y acceso a ella—. El argumento de fondo, desarrollado por Amartya Sen y Mahbub ul Haq, era que lo que importa no es cuánto produce una economía sino qué capacidades reales tienen las personas para vivir una vida que valoren.
Ese argumento sigue siendo correcto. El problema es que el IDH, en su versión estándar, también agrega. Promedia. Y al promediar, reproduce exactamente el problema que intenta resolver: un estado puede tener un IDH alto porque su capital tiene cobertura educativa y de salud razonables, mientras sus municipios más marginados sostienen indicadores de un país subdesarrollado. La cifra nacional o estatal no dice nada de esa distancia interna.
Para quienes trabajamos en desarrollo económico subnacional, el IDH tiene valor como punto de partida, no como destino. Lo relevante no es el número sino lo que está debajo de él: la distribución geográfica de la esperanza de vida, la brecha de años de escolaridad entre municipios del mismo estado, la diferencia en ingreso real entre trabajadores del sector formal e informal en el mismo corredor industrial. Esos son los datos que permiten tomar decisiones útiles.
El problema del equilibrio: cuando lo macro y lo micro no conversan
Los economistas tienen una broma interna sobre la tensión entre macroeconomía y microeconomía: la macro dice que el mercado funciona bien en promedio, y la micro dice que nadie vive en el promedio. Es una simplificación, pero apunta a algo real que tiene consecuencias directas en cómo se diseña la política de desarrollo estatal.
Los indicadores macroeconómicos —PIB, inflación, tasa de desempleo agregada, flujo de inversión extranjera directa— son necesarios. Sin ellos no es posible evaluar la salud general de una economía ni comparar tendencias a lo largo del tiempo. El error no está en usarlos. Está en usarlos solos, como si fueran suficientes para entender lo que está pasando con las familias y las empresas que componen esa economía.
Los indicadores microeconómicos —ingreso real por decil, movilidad laboral dentro de una empresa, tasa de permanencia de las Pymes a tres y cinco años, acceso efectivo a crédito productivo, encadenamiento de proveedores locales— son los que revelan si el crecimiento macro está o no traduciendo bienestar. No son alternativos a los primeros. Son su contraparte necesaria. Un tablero de instrumentos sin ambos tipos de datos es un tablero a medias.
«La política económica que solo mira lo macro toma decisiones con la mitad de la información disponible. La otra mitad es la que le importa a la gente.»
Desde la gestión de un fideicomiso industrial, este equilibrio se vuelve concreto en decisiones cotidianas. Cuando evaluamos si un programa de financiamiento a empresas ancla está funcionando, la pregunta macro es cuánto creció la producción. La pregunta micro es cuántos proveedores locales incorporó esa empresa ancla en su cadena, cuántos empleos directos e indirectos generó ese encadenamiento, si esos empleos tienen seguridad social, si la capacitación que la empresa ofrece es certificable. Esas dos preguntas juntas dan una imagen útil. Una sola, no.
Desarrollo humano como criterio de asignación, no solo como meta declarada
Hay una distinción que me parece fundamental en la discusión sobre desarrollo humano en el ámbito institucional: la diferencia entre declararlo como objetivo y usarlo como criterio de asignación. La mayoría de los planes de desarrollo estatales en México declaran el desarrollo humano como objetivo. Pocos lo operacionalizan como criterio para decidir qué proyectos se financian, qué empresas reciben apoyo, qué infraestructura se construye primero.
Operacionalizar el desarrollo humano como criterio significa, en la práctica, que cuando un fideicomiso industrial evalúa dos proyectos de inversión con retornos económicos similares, el criterio de desempate no es cuál genera más valor agregado para el inversionista sino cuál genera más capacidades reales para los trabajadores y las comunidades de la región. Cuál tiene mayor potencial de encadenamiento con proveedores locales. Cuál invierte en formación de capital humano certificable. Cuál mejora la calidad del empleo en términos de salario, prestaciones y posibilidades de ascenso.
Esto no es altruismo institucional. Es una lectura de largo plazo. Las economías regionales más sólidas —las que resisten mejor los ciclos económicos adversos, las que retienen talento, las que atraen inversión de mayor valor agregado— son las que han construido capital humano denso y tejido productivo diversificado. Ese resultado no se produce priorizando el crecimiento del producto en el corto plazo. Se produce priorizando el desarrollo de las personas que producen ese crecimiento.
Lo que los datos micro revelan que lo macro oculta en los estados
Permítaseme un ejemplo concreto. Un estado puede reportar que su tasa de desempleo formal es del tres punto dos por ciento, lo que técnicamente indica pleno empleo. Lo que ese número no dice es cuántos de esos empleados formales están en el decil salarial más bajo, cuántos tienen contrato temporal sin posibilidad de ascenso, cuántos trabajan en sectores con alta rotación que les impide acumular derechos laborales efectivos. Tampoco dice cuántas personas dejaron de buscar empleo y por eso no están en la tasa, ni cuántas trabajan en la informalidad a pesar de vivir en un municipio con planta industrial activa.
Esos datos existen. El IMSS, el INEGI, el CONEVAL y los propios sistemas de información de las instituciones de fomento los pueden producir con los recursos técnicos adecuados. El problema no es la disponibilidad del dato. Es la voluntad de construir el sistema de información que lo integre y la cultura institucional de usarlo para tomar decisiones, aunque lo que revele sea incómodo.
He visto empresas en el corredor industrial donde opera el fideicomiso que tienen indicadores macro impecables —producción creciente, exportaciones estables, nómina formal completa— y al mismo tiempo presentan tasas de rotación laboral superiores al cuarenta por ciento anual. Ese número no aparece en ningún boletín de gobierno. Pero es el número que más información da sobre si esa empresa está construyendo o destruyendo capital humano en el territorio. Una rotación de ese nivel significa que los trabajadores no están construyendo trayectorias laborales. Están pasando.
«Una economía regional que genera empleos de paso no construye clase trabajadora. Construye tránsito laboral. Y el tránsito no acumula desarrollo.»
El reto institucional: medir lo que importa sin perder lo que ya se mide
No propongo abandonar los indicadores macroeconómicos. Propongo complementarlos sistemáticamente con indicadores de resultado en el nivel de las personas. Eso requiere tres cosas que pocas instituciones de fomento tienen hoy: sistemas de información propios con cobertura sobre las empresas con las que trabajan, perfiles técnicos capaces de integrar y analizar esos datos, y una cultura organizacional que premie el aprendizaje a partir de resultados adversos en lugar de suprimirlos.
La tercera condición es la más difícil. Un sistema de información que muestra que un programa no está funcionando es un activo institucional enorme, porque permite ajustar antes de que el problema se vuelva irreversible. Pero en la práctica política, ese sistema suele percibirse como un riesgo. El dato que muestra fracaso puede convertirse en argumento contra la institución que lo produce. Esa lógica defensiva es exactamente la que perpetúa la simulación del desarrollo que describí en la entrega anterior.
Romperla requiere algo que no se legisla ni se decreta: requiere que quienes dirigen las instituciones de fomento estén dispuestos a sostener públicamente que el desarrollo real es más importante que el relato del desarrollo, y que una institución que aprende de sus errores es más útil para el territorio que una que los administra en silencio.
Esa es la apuesta. No es sencilla. Pero es la única que, a mediano plazo, produce resultados que la gente puede sentir en su vida cotidiana. Que es, al final, el único lugar donde el desarrollo importa.

