Poder sin límite

Poder sin límite

Introducción a la serie Reflexiones del poder

Con esta entrega inicio una serie de reflexiones sobre poder abordado desde múltiples dimensiones —antropológica, ética, psicológica, institucional, cívica y contemporánea— porque ninguna de ellas, por sí sola, basta para comprenderlo.

Escribo esta serie no por una inquietud académica aislada ni por el mero ejercicio teórico, sino por una necesidad ética e intelectual que nace de la experiencia. El poder —su origen, su ejercicio, sus deformaciones y sus límites— ha atravesado mi formación como politólogo, académico, mi oficio como analista y, sobre todo, mi convicción como actor político. He aprendido que el poder no es una abstracción neutra: es una fuerza concreta que transforma instituciones, comunidades y conciencias, para bien o para mal.

A lo largo del tiempo, la observación crítica, el estudio de la teoría política y el contacto directo con la práctica me han confirmado una intuición central: el poder no se comprende plenamente desde los libros o manuales ni se juzga con justicia desde la distancia. Se revela en sus efectos, en sus silencios, en sus excesos y en las renuncias morales que exige o provoca. Por ello, estas reflexiones no buscan ofrecer recetas ni sentencias definitivas, sino abrir un espacio de deliberación sobre aquello que suele naturalizarse o encubrirse bajo el lenguaje de la gobernabilidad, la eficacia o la tradición.

Vivimos un tiempo en el que el poder se ejerce con frecuencia sin conciencia de sus límites, o bien se condena sin comprender su necesidad. Entre la idealización ingenua y el cinismo resignado, se pierde la posibilidad de pensar el poder como una responsabilidad moral, como una práctica que exige virtud, carácter y memoria histórica. Reflexionar sobre el poder es, en este sentido, reflexionar sobre nosotros mismos como sociedad y sobre el tipo de vida pública que estamos dispuestos a tolerar o a construir.

Pensar el poder no es un acto de desconfianza radical, sino de realismo político. Implica reconocer que ninguna sociedad puede depender exclusivamente de la virtud de sus gobernantes, ni ningún gobernante puede prescindir del control social. Implica aceptar que el poder transforma a quien lo ejerce y a quien lo padece, y que solo una conciencia lúcida de esa transformación permite resistirla.

Estas páginas son, entonces, el resultado de aprendizajes acumulados, de lecturas dialogadas con la realidad y de la convicción de que el pensamiento crítico no es un lujo, sino una obligación cívica para quien ha decidido no ser indiferente. Si el poder moldea destinos colectivos, pensar el poder con rigor es una forma mínima —pero necesaria— de resistir su banalización y su abuso.

El poder sin límite

Hay políticos tan obsesionados con el poder que recuerdan a un mendigo sentado sobre una montaña de oro: lo tienen todo y, aun así, reclaman más. No es una carencia de reglas, sino una incapacidad para reconocer el límite. El problema no es institucional en su origen, sino cultural y moral. Cuando esa diferencia se pierde, comienza la degradación y el poder se vacía de sentido.

La obsesión por el poder suele justificarse en nombre de causas superiores, no siempre justificables. Se pueden invocar diversas razones, sin embargo, detrás de esas razones suele esconderse una pulsión más elemental: la dificultad para aceptar que, en una democracia, el poder no existe para colmar deseos, sino para administrar límites. Gobernar no es acumular; es contener.

En una analogía que el poema de Benedetti permite, la advertencia resulta clara. “Ya pordiosero / poquito a poco abres la mano / y nunca más / puedes cerrarla”. Ciertamente, Benedetti no hablaba de política, pero su advertencia resulta inquietantemente equiparable. Abrir la mano una y otra vez, incapaz de cerrarla, describe la lógica del poder que ya no distingue entre necesidad y exceso. Cuando el poder se vuelve insaciable, deja de cumplir su función pública.

Esta lógica no es nueva. Parafraseando al Eclesiastés, quien ama al dinero nunca se sacia de él; del mismo modo, quien ama al poder jamás se sacia de poder. La acumulación no produce satisfacción, sino dependencia. El poder, cuando se convierte en objeto de deseo, deja de ser instrumento y se transforma en fin. Ya no se ejerce para gobernar, sino para perpetuarse.

En este contexto, el poder comienza a operar contra aquello que lo legitima. No organiza el conflicto; lo aplaza. No fortalece las instituciones; las coloniza. No amplía el espacio público; lo reduce. El poder sin límite no construye orden democrático, sino una administración permanente de la tensión, donde toda crítica se percibe como amenaza y todo contrapeso como estorbo.

Por otro lado, no todas las relaciones con el poder responden a la misma lógica. Para algunos actores, el poder no es tanto dominio como atracción. No se trata de poseerlo, sino de desearlo. El poder aparece entonces como lo prohibido: esa fiebre que domina sin querer y que termina gobernando a quien cree ejercerla. No es acumulación, sino fascinación.

Esta forma de vínculo es igualmente riesgosa. Quien concibe el poder como experiencia emocional pierde la distancia crítica necesaria para ejercerlo. Confunde adhesión con mandato, entusiasmo con legitimidad, deseo con derecho. El poder, en estos casos, no se controla; se padece. Y cuando se padece, todo se justifica en su nombre.

Ambas figuras —el mendigo insaciable y el seducido por lo prohibido— comparten un rasgo decisivo: la pérdida del límite. En una democracia madura, el límite no es una debilidad del poder, sino su condición de posibilidad. Limitar el poder no lo empobrece; lo civiliza. Allí donde el límite se vive como afrenta, la política deja de ser democrática y comienza a volverse autorreferencial.

Aquí la cultura democrática resulta determinante. Las reglas, por sí solas, no bastan. Sin una comprensión social del valor del límite, la legalidad sobrevive, pero la legitimidad se erosiona. La ciudadanía no enfrenta al poder; se acostumbra a él. La pasividad no nace del miedo explícito, sino de la normalización del exceso.

Por eso, el problema del poder no se reduce a coyunturas ni a nombres propios. La cuestión de fondo es qué tipo de relación estamos dispuestos a tolerar entre poder y límite. Una democracia no se vacía solo cuando se violan sus normas, sino cuando se acepta que el poder nunca tenga suficiente.

Al final, el mayor riesgo no es que el poder se concentre, sino que se vuelva insaciable o fascinante. En ambos casos, deja de ser una herramienta al servicio de lo público y se convierte en una experiencia privada, emocional, casi adictiva. Y cuando eso ocurre, ya no gobierna la ley ni la razón, sino el deseo de poder mismo.

Jesús Medina Olivares
Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

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