El INEGI zarandeo al leoncito volador

“En todo hombre verdadero se esconde un niño que desea jugar”, decía Nietzsche.
Considerando la edad de los pequeños y el vendaval publicitario televisivo, fueron las crayolas usadas por los sucesores de Dalí, los ocupantes del primer lugar popular, de acuerdo a la información consultada de los juguetes del siglo pasado.
Erno Rubik fue el inventor del cubo que lleva su nombre. Lo creó cuando era estudiante del Departamento de Diseño Interior de la Academia de Artes Aplicadas en Budapest. Se calcula que tiene 43,252,003,274,489,856,000 combinaciones. El dato estratosférico me recuerda a las encuestas difundidas por los aspirantes a cargos de elección popular en Aguascalientes que las pagan para promocionarse como los más competitivos de la aldea.
De los pasatiempos infantiles, todos disfruté. Iba de temporada en temporada y de juego en juego: siempre el futbol, después el balero, el yoyo, la rayuela, por citar a los más significativos. Para unos fui bueno y para otros regular. Nunca malo, recuerda el inflamado ego.
Destacaba —no recuerdo si por los resultados o por el deterioro de la parte delantera de los pantalones, concretamente en las rodillas— en ese juego inventado en la Edad de Piedra, cuando se descubrió que un guijarro redondo podía rodar y rodar, me refiero a las canicas.
Para efectos del gran capital de este pequeño jugador —todavía no soñaba con aporrear el teclado para Diálogos en Pluralidad— todas las esféricas contaban sin importar el material: piedra, barro o vidrio, aunque a fuerza de ser sincero diré que el tema de la redondez de los recursos fue un asunto menor porque tenía el sólido respaldo de mi Fobaproa familiar: la Papelería Granados, siempre pendiente de mi rescate al mínimo asomo de quiebra.
Entre los competidores, las de gran tamaño causaban admiración y alimentaban mi reiterada vanidad, aunque las más codiciadas eran las llamadas ojo de gato y tréboles transparentes con cuatro pinceladas de uno o varios colores en el interior, sin menospreciar a las agüitas de vidrio de un solo color: verdes, azules, ámbar o transparentes.
Pero, toda satisfacción de triunfo traía aparejada el lógico desgaste físico en la piel. Recuerdo a mi santa madre poniéndole cera a los nudos de mi mano derecha, deteriorados por su uso al ras de la tierra y lastimados por las fragorosas batallas escenificadas en el Pasaje Ortega, en el mismísimo centro de la entonces muy habitable ciudad.
Durante el próximo Buen Fin, a iniciar el viernes 13, separe algo de dinerito del aguinaldo, ahora recortado por el sátrapa gobierno de la 4T que decidió aplicarle el Impuesto Sobre la Renta de manera irracional para desgracia de los trabajadores de México, el Niño Dios y los Reyes Magos.
Recuerde a Oscar Wilde: “El mejor medio para hacer buenos a los niños, es hacerlos felices”.
Porque alguien debe escribirlo: Vaya zarandeada que le dieron al leoncito colocado en la plaza de los y las fundadoras de la ciudad por el desprestigiado alcalde de Aguascalientes, Leonardo Montañez Castro.
De acuerdo a la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, publicada el 23 de octubre, la percepción de la población sobre la efectividad del gobierno de la ciudad para resolver las principales problemáticas, es de tan solo 37.8% de “muy o algo efectiva”; es decir, el abrumador 62.2% opina que es “poco o nada efectivo”.
En lugar de estar soñando con el paraíso terrenal, Montañez Castro debería ponerse a trabajar para entregar resultados efectivos, medibles y tangibles, ¿no cree usted?

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