La Feria no es de San Marcos.

La Feria no es de San Marcos.

Nunca lo fue. Y la Tormenta del Oeste, el caso del que no se quiere hablar ni resolver

El obispo Juan Espinoza Jiménez lleva días repitiendo que «de San Marcos ya sólo quedó el nombre«. Lo dice como si fuera una denuncia. En realidad, es historia. Y la historia, en este caso, le da la razón equivocada.

La Feria Nacional de San Marcos no nació de una devoción religiosa. Nació de una necesidad comercial y de una decisión burocrática. En noviembre de 1827, la legislatura zacatecana, si, porque Aguascalientes todavía era parte de Zacatecas, concedió permiso al Ayuntamiento para celebrar anualmente una feria mercantil. El Ayuntamiento eligió una plazuela frente al Templo de San Diego y comenzó la construcción de un Parián improvisado. San Marcos no tenía nada que ver con eso. El nombre vino después, por geografía, no por teología.

En 1851 se decidió trasladar la celebración al Jardín de San Marcos, y para aprovechar las fiestas del santo patrono del barrio, el festejo cambió de fecha al mes de abril. Eso es todo. No fue una consagración. Fue una conveniencia logística, que tiene que ver más con la lógica de los mercados de futuros que se describen en el libro del sociólogo Max Weber, Historia Económica General (Wirtschaftsgeschichte), cómo proceso propio de las economías en desarrollo, para Max Weber las ferias son una institución económica fundamental para la transición al capitalismo. Weber señala que las ferias fueron las «madres» de las bolsas de valores y los bancos modernos, ya que en ellas se empezaron a usar letras de cambio para evitar cargar oro por caminos peligrosos.

Para Weber, el comercio evolucionó en etapas donde las ferias jugaron un papel puente:

  1. Comercio de paso: Intercambio esporádico con extranjeros.
  2. Ferias estacionales: El punto donde el comercio se vuelve profesional y se crean leyes específicas.
  3. Comercio sedentario (Capitalismo): Donde ya no hace falta esperar a una fecha específica porque el mercado es continuo.

Si aplicamos la lógica de Weber a la Feria de San Marcos, veríamos que lo que hoy es una fiesta masiva, comenzó exactamente como él describe: un espacio de «paz legal» y privilegios fiscales otorgados por el gobierno para fomentar el intercambio de mercancías que no se encontraban el resto del año en la región.

Lo que hoy vemos en Aguascalientes como una zona de transacciones masivas, Weber lo vería como la transición de un «mercado de productos» a un «mercado de capitales«.

En este proceso del Parián a San Marcos, la feria se mudó al jardín porque el jardín era más grande y más bonito que el Parián. El nombre de San Marcos viene del barrio, el barrio viene del jardín, y el jardín viene de un terreno que el Ayuntamiento le compró a la Iglesia en 1831 por cuatrocientos pesos.

A principios del siglo XIX, ese terreno era propiedad de la arquidiócesis de Guadalajara y servía como sitio para el tianguis del pueblo de San Marcos. Era un matorral con rosales y basura que cuidaba una inquilina pagando veinte pesos mensuales a la iglesia. Ese es el origen sagrado que el obispo reivindica.

En mi tesis doctoral en la UAM-Iztapalapa documenta con precisión cómo la Feria de San Marcos fue desde su primera edición, un fenómeno de mercado y de construcción de identidad regional civil, no clerical. El proceso histórico que la explica es el de la consolidación del Ayuntamiento de Aguascalientes como actor político autónomo en el contexto del federalismo decimonónico, no el de la evangelización ni el de la devoción popular. La Iglesia en el mejor de los casos prestó el terreno. La sociedad civil construyó la feria. Son cosas distintas.

Para mediados del siglo XIX, una vez inaugurada la balaustrada del Jardín de San Marcos y pasado el periodo más duro de las Leyes de Reforma, se incorporó un evento agrícola en honor al Santo Evangelista, y el siguiente año se fusionó con la feria novembrina (que usaba al Santo San Diego), incluyendo elementos seculares. El elemento religioso fue uno más, no el fundador. Llegó cuando la feria ya existía.

Dicho lo anterior: el obispo tiene razón en lo que dice sobre la trata de personas. Pero eso no tiene nada que ver con San Marcos.

Las declaraciones de Espinoza Jiménez se produjeron en el contexto del caso del bar Tormenta del Oeste, donde fueron encontradas mujeres víctimas de trata y explotación sexual. Eso es un asunto de procuración de justicia y de omisión institucional, no de pérdida de fe. El problema no es que la feria olvidó al evangelista; el problema es que el Estado no investiga, no sanciona y no protege a las mujeres en situación de vulnerabilidad durante la verbena.

El obispo pidió que las autoridades «pongan un freno» porque «aquí no es un lugar para vender mujeres«. De acuerdo. Pero ese freno se llama Fiscalía, no homilía. Se llama protocolo de detección de víctimas, no llamado a la fe.

Lo que Espinoza Jiménez está haciendo, en el fondo, es lo que la Iglesia ha hecho históricamente con casi todas las fiestas populares que no creó: intentar colonizarlas retroactivamente atribuyéndoles un origen sagrado que no tuvieron.

La propia balaustrada del Jardín de San Marcos fue construida en un terreno donado por la Iglesia Católica en 1842. Ese es el máximo capital simbólico que le pertenece al clero en esta historia: un muro neoclásico. El resto lo construyó el Ayuntamiento, lo financiaron los feriantes, lo llenaron las familias de Aguascalientes.

El cambio de fecha a abril para coincidir con el día de San Marcos Evangelista reforzó el vínculo con la identidad local, pero la feria ya tenía su propia trayectoria comercial y social bien establecida para entonces. No fue una conversión. Fue una coincidencia que resultó conveniente para todos, incluyendo a la parroquia.

La primera suspensión de la Feria, entre 1837 y 1840, ocurrió precisamente por «preocupaciones morales sobre los vicios y excesos«. Casi doscientos años después, el obispo repite el argumento con otras palabras. La feria sobrevivió ese intento. Sobrevivirá este también.

Lo que no puede sobrevivir sin daño es la omisión gubernamental frente a la explotación sexual. Eso sí merece un editorial, una investigación, y una rendición de cuentas. Pero no necesita invocar a ningún santo para justificarse.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

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