México 70

México 70

En el lugar de honor del legado que me heredó mi querido padre, don Claudio Granados Gutiérrez, está la gran afición al futbol, abonada por él desde mi temprana niñez con cientos de vivencias compartidas por el amor filial y la pleitesía al juego del hombre.

Como si lo estuviera viviendo, recuerdo en cámara lenta que en 1964 llegamos al defeño exejido de Santa Ursula Coapa para observar la construcción del majestoso estadio Azteca con capacidad para 110 mil espectadores. Fijar la vista en la mole de concreto diseñada por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca nos dejó sin habla por unos segundos.

Jamás imaginé que 6 años más tarde estaría en el histórico estadio para presenciar la final del Mundial de 1970, donde el insuperable Brasil derrotaría 4 a 1 a la selección de Italia, en un poema escrito por el balón bautizado con el nombre de Telstar y fabricado por compañía la alemana Adidas, debutante en las justas mundialistas.

(Al final de esta historia muestro los boletos de los tres partidos a los que acudí en los estadios Azteca, Guadalajara y León durante el periplo mundialista de México 70).

Comparto la parte estelar de mi pequeña historia futbolística de más de 60 años, al tenor de la sabiduría de Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”.

En la segunda semana de junio de 1970 recibí una llamada de mi hermano Gustavo Adolfo para invitarme a la final del IX Campeonato Mundial de Futbol en el estadio Azteca, que como ya lo mencioné, jugaron Brasil e Italia.

Emocionado les compartí a mis queridos padres la gratísima noticia. Acto seguido puse la esférica en su cancha para obtener el permiso correspondiente. Y, finalmente, anotar un gol en sus finanzas al recibir los viáticos para sufragar los gastos. Concedidas mis modestas peticiones celebré al estilo del Pentapichichi mexicano, Hugo Sánchez.

Pues bien, la noche del viernes 19 me embarqué en el Ómnibus de México de las 23:30 horas para llegar a la esperada final mundialista.

Al día siguiente, el sábado 20, entre dormido y despierto —más lo primero que lo segundo—, abordé el taxi para llegar a la calle de Río Guadiana casi esquina con Paseo de la Reforma, donde me dieron asilo los queridos amigos Carlos Del Valle de Alba y Alejandro Ramírez Guerra.

Acordaron mi hermano Gustavo, Carlos y Alejandro la hora de salida de la legión hidrocarioca para llegar al estadio Azteca con la calma, tranquilidad y suficiente tiempo para encontrar estacionamiento al interior del inmueble, como así ocurrió.

El domingo 21, cual feligreses de la puntualidad británica, a las 7:30 horas —de madrugada para ser el primer día de la semana—, salimos de la colonia Cuauhtémoc para llegar pasaditas las 8 de la mañana al escenario mundialista, donde la hinchada compuesta por miles de brasileños y mexicanos ondeaba la bandera verde, amarilla y azul, adornadas por las 27 estrellas color blanco, y coronadas por el lema “Orden y Progreso”.

A las 10 de la mañana, al son de la alegre y movida batucada, presentamos los boletos. Ingresamos al estadio con la playera bien puesta de la Canarinha. Caminamos sobre la rampa 3 para llegar a la puerta 14 y en la sección C buscar los asientos desde donde veríamos el juego bonito de la oncena mágica del Rey Pelé, Carlos Alberto, Gerson, Jairzinho, Rivellino y Tostao, entre otros jugadores dirigidos por Mario Zagallo, que se iluminaban por el abrasador Sol de las 12 de mediodía.

Cada gol, de los cuatro clavados por Brasil en la portería italiana, se coreó lo suficiente para hacer rugir al inmenso estadio Azteca pintado de amarillo, testigo de la tercera victoria mundialista que le permitió levantar el trofeo Jules Rimet y llevárselo de manera definitiva a su país para presumirlo en las vitrinas de la Confederación Brasileña de Futbol, con sede en Río de Janeiro.

Salimos del Azteca pasadas las 3 de la tarde y nos fuimos a comer. La plática recreó el partido y maravilloso concierto de los brasileños. En nuestros rostros todavía se reflejaba la emoción disfrutada en cada minuto del juego, que bien valieron los 60 pesos —sí, 60 pesos— pagados cuando el salario mínimo diario en el entonces Distrito Federal era de 32 pesos.

Y ya trotando por el pasto de la historia, agregaré que días antes de la final, mi hermano Otto, unos amigos y yo, acudimos al estadio León el 2 de junio a presenciar el partidazo donde Perú derrotó a Bulgaria por 3 a 2, después de ir abajo los incas por esos 2 goles; el emotivo triunfo estuvo envuelto por las sábanas de los sentimientos encontrados al sufrir Perú, el 31 de mayo, la fatalidad de un terremoto de magnitud 7.9.

Después, el 7 de junio, nos trasladamos a la ciudad de Guadalajara para ser testigos del encuentro donde el Brasil de Pelé derrotó por un gol a Inglaterra en el estadio Jalisco.

Hoy, el futbol es una industria pervertida por la FIFA, empezando por el parcial a arbitraje a favor de Argentina en la Copa del Mundo 2026.

Porque alguien tiene que escribirlo: Hasta la próxima.

marigra1954@gmail.com

Mario Granados Roldán
Mario Granados Roldán

39 años dedicados a la comunicación social pública en los tres niveles de gobierno. Desde hace más de 44 años viene publicando textos en diarios, revistas y portales noticiosos de Aguascalientes y otros estados del país, incluido el desaparecido Distrito Federal.

Mario Granados Roldán

39 años dedicados a la comunicación social pública en los tres niveles de gobierno. Desde hace más de 44 años viene publicando textos en diarios, revistas y portales noticiosos de Aguascalientes y otros estados del país, incluido el desaparecido Distrito Federal.

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