Violencia, partera de la historia

Violencia, partera de la historia

Advirtió Lenin que, independientemente de que “el moderno Estado representativo es el instrumento del capital para explotar el trabajo asalariado”, eventualmente surgen periodos excepcionales “en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra…” (El Estado y la Revolución, p. 35). Tesis de la relativa autonomía el Estado ante la clase dominante, que medio siglo después desarrollan Poulantzas, Miliband y otros autores.

Ese hecho del Estado como “mediador aparente”, no es sólo hipótesis, sino que aconteció históricamente con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, el imperio de Napoleón Bonaparte, el segundo Imperio en Francia con Napoleón III [“mandatario grotescamente mediocre”, como lo caracterizó Marx], y con Bismarck en Alemania.

El análisis del “bonapartismo/cesarismo” fue formulado por Marx en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 (1850), El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852) y La Guerra Civil en Francia (1871). Así, la teoría marxista [continuada y actualizada, afinándola, por Engels, Trotsky, Gramsci et altra], describe la polarización político-social entre las clases antagónicas que, al neutralizarse, permiten el surgimiento de una tercera fuerza [Poulantzas le llamó “tercera clase”], liderada por una figura carismática, aparentemente “externa” al sistema, que apela directamente al pueblo [frecuentemente al lumpen], y ostenta representar a la sociedad “por encima de las clases”, con lo cual estabiliza el sistema en crisis. Sin duda, afirmo, anticipo del fascismo y antecedente del populismo. Engels, por su parte, describió así la naturaleza del dominio político de Bismarck (Violencia y economía en la producción del Reich Alemán, 1896). (IA y Wikipedia)

Lenin concluye que “en la actualidad [primeas décadas del siglo 20], el imperialismo y la dominación de los bancos han “desarrollado”, hasta convertirlos en arte extraordinario, estos dos métodos [imperialismo y actividad financiera] de defender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren. (36) Supremacía –afirma– es más segura en la democracia capitalista [“cascarón vacío”], porque no depende de los defectos del mecanismo político ni de la mala envoltura política”. La democracia liberal o social es la mejor cobertura del capitalismo, considero de mi parte.

Ello sustenta –subrayo– la idea de que, además de la dominación directa –expoliación, represión física y psicológica–, el aparato ideológico del Estado, como explica Althusser, es necesario para mantener el estatus de dominación. Para Lenin, “el capital (…) cimienta su poder de un modo tan seguro, tan firme, que no lo conmueve ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partido dentro de la república democrática burguesa” (36). Opera con eficacia, enfatizo de mi parte, la persuasión del engaño ideológico que lleva al convencimiento o a la resignación o a las fugas subjetivas de diversos tipos de opio: la industria del esparcimiento, la religión (“refugio de la criatura oprimida … expresión y protesta contra la miseria real”: Marx), o, en efecto, protesta social que se agota a sí misma en altercados callejeros, gritos y pancartas, terrorismo criminal, alcohol y estupefacientes.

Engels, citado por Lenin, criticó el sufragio universal como “instrumento de dominación de la burguesía … basándose en la larga experiencia de la socialdemocracia alemana … No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual” (37). Y ha así ha sido, comento, la social democracia: “moderó” las condiciones de expoliación de las clases trabajadoras, pero ha mantenido la supremacía de la clase económicamente dominante, que también lo es en lo político, lo ideológico y cultural. Incluso impuso como ética social la ética mercantil.

Lenin ideologiza la utopía Marx-Engels, de la cual estaba convencido, acerca de la inminencia de la revolución proletaria y la creación de un Estado bajo el control de los trabajadores [dictadura del proletariado que sustituiría a la dictadura de la burguesía. O, entendido de otra manera: la democracia proletaria reemplazaría a la dictadura de la burguesía]. Lenin lo imaginó así: “el proletariado toma el poder Estatal y convierte los medios de producción en propiedad del Estado … con este acto se destruye a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y antagonismo de clase y, con ello, el Estado como tal” (38). Súperestructura (Marx) innecesaria, según este esquema, ya que el Estado fue erigido para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión en cada etapa histórica según el modo de producción existente (esclavitud, servidumbre, trabajo asalariado).

Citado por Lenin, Engels (Anti-Dühring) exalta que “la violencia desempeña en la historia otro papel” (además de agente del mal), “un papel revolucionario … [violencia] que, según la expresión de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; la violencia [revolución] es el instrumento con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas muertas y fosilizadas…” (42)

De tal manera, Lenin precisa: “la sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin revolución violenta … la supresión de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso de “extinción” (44). Es decir, son dos momentos históricos distintos –según las fallidas teorizaciones de Engels y de Lenin–, 1) revolución violenta del proletariado para derrocar al Estado burgués; 2) la eliminación de todo Estado será, dentro de la república democrática del proletariado, un proceso de extinción.

En los capítulos (II y III) de “El Estado y la revolución”, Lenin analiza las revoluciones liberales 1848-1851 contra las monarquías europeas, que, pese a su fracaso, cambiaron el mapa político de Europa y abrieron el camino a las rebeliones obreras. Asimismo, examina la Comuna de París 1871, única entidad pública cuyo poder estuvo en manos de los trabajadores. [En anteriores entregas expuse detalladamente auge, caída y represión brutal de La Comuna en Notas de las Ideas Políticas LXXIX a CIV].

Jorge Varona Rodríguez

Ex Presidente del Colegio de Ciencias Políticas y Administración Pública de Aguascalientes

Jorge Varona Rodríguez

Ex Presidente del Colegio de Ciencias Políticas y Administración Pública de Aguascalientes

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