Geometría de lo infinito
Bajo un cielo nocturno, donde la oscuridad no es ausencia, sino materia viva, el firmamento se abre paso entre nubes errantes, copas silueteadas y una luminiscencia artificial que insiste en competir con las estrellas. Aun así, la bóveda celeste resiste. Cada punto brillante parece una grieta por donde se filtra lo desconocido, recordándonos que la mirada humana siempre ha buscado algo más allá de su propio horizonte.
Desde los primeros relatos grabados en piedra, la humanidad se ha preguntado qué existe tras ese manto profundo. Antiguas civilizaciones observaron el cosmos no solo como escenario, sino como interlocutor. Algunos textos atribuyen a esos pueblos conocimientos avanzados, contactos improbables y aprendizajes que hoy rozan lo incomprensible: sanación, cálculo del tiempo, desplazamiento, observación precisa del destino terrestre. Aquello que ahora se etiqueta como paranormal fue, para ellos, una forma distinta de comprensión.
Filosofía, ciencia y religión han intentado descifrar el enigma desde trincheras distintas. Cada una construyó respuestas parciales, símbolos, teorías, dogmas. El espacio exterior se volvió inspiración constante: novelas, películas, pinturas, misiones espaciales, telescopios, presupuestos descomunales y una carrera geopolítica que enfrentó a potencias durante décadas, no por territorio inmediato, sino por la promesa de lo infinito.
Contemplar el cielo estrellado no es un acto pasivo. Es un recordatorio. La estadística contemporánea sugiere una probabilidad amplia de vida en otros mundos, dentro o fuera de nuestra galaxia. La fe, por su parte, concibe una fuerza superior sin limitarla a coordenadas terrestres. Se han creado nombres, figuras, relatos; se han invertido recursos incalculables en su búsqueda. Sin embargo, persiste una paradoja: todavía no logramos comprender plenamente a nuestra propia especie.
Miles de años de evolución no han bastado para explicar con certeza el origen del amor, la raíz del miedo, la razón del llanto o el impulso de la risa.
Hemos presenciado conflictos devastadores, desarrollado innumerables lenguas y culturas, pero algo nos ha definido siempre: la capacidad de adaptarnos, como señaló Darwin, incluso en escenarios adversos.
Ignoramos la forma, organización o pensamiento de una posible vida extraterrestre. Desconocemos si existen comunas, jerarquías o sistemas fuera de este planeta. Lo que sí sabemos es que el ser humano posee libre albedrío, una facultad ambigua que permite elegir sin certezas. Tal vez esa libertad, sin conciencia ni responsabilidad, es también la semilla de su propia desaparición. Frente al firmamento, la pregunta permanece abierta: no qué hay allá afuera, sino qué haremos con lo que somos aquí. La fotografía la tomé el 13 de octubre de 2023 en la presa El Ocote, entre los municipios de Aguascalientes y Calvillo.

Más allá de la mirada: A pesar de telescopios, sondas y teorías, seguimos siendo un misterio para nosotros mismos. Tal vez el mayor universo por explorar no esté sobre nuestras cabezas, sino dentro de la conciencia humana.
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