Si no es para amar

Si no es para amar

Hay preguntas que no buscan respuesta porque, en el fondo, son una forma de confesión. ¿Para qué vivimos, si no es para amar?

Amar parece una palabra sencilla hasta que intentamos contener en ella todo lo que significa. La ciencia puede observar el cerebro, medir hormonas, describir impulsos y registrar la química del deseo y del apego. Pero entre conocer el mecanismo y comprender el misterio permanece una distancia que todavía no sabemos nombrar.

Porque nadie ha explicado del todo por qué, entre millones de rostros, uno puede volverse irrepetible.

El amor cruza valles y montañas. Nos hace atravesar ciudades, madrugadas, aeropuertos, enfermedades y años. Esperamos una llamada. Conservamos una fotografía. Reconocemos una voz entre el ruido. Aprendemos los silencios de otra persona hasta que algo de su existencia comienza a habitar en la nuestra.

Y, sin embargo, amar no es poseer.

Quizá esa sea una de sus verdades más difíciles. Quisiéramos que aquello que amamos permaneciera intacto: que el deseo no menguara, que las palabras no cambiaran, que los cuerpos no envejecieran, que nadie tuviera que marcharse. Pero también el amor conoce las estaciones. Hay amores que arden y otros que acompañan; algunos regresan y otros sólo encuentran refugio en la memoria.

Eso no los vuelve menos verdaderos.

Quizá amar consista en aceptar que nada nos pertenece por completo y, aun así, entregarnos. Saber que podemos perder y acercarnos de todos modos. Permitir que alguien llegue a ese lugar íntimo donde la alegría y la herida nacen de una misma confianza.

Por eso esta fotografía me inquieta.

Una mujer extiende el brazo hacia algo que queda fuera del encuadre. No sabemos qué espera encontrar su mano. Tal vez busca a alguien. Tal vez intenta rozar algo que se aleja. Tal vez se despide.

Pero la mano permanece extendida.

Y quizá ahí esté todo.

Vivimos así: tendiendo los brazos hacia personas, lugares, recuerdos y futuros que nunca podremos retener del todo, aun sabiendo que algunas manos no encontrarán otra mano.

Tal vez esa sea nuestra grandeza y nuestra condena: amar a pesar de conocer la posibilidad de la ausencia.

Al final podemos acumular años, objetos, viajes, victorias y nombres. Pero pocas cosas resisten la pregunta definitiva. Tal vez, al final, el amor no sea lo que recibimos, sino lo que fuimos capaces de entregar sin dejar de ser nosotros mismos.

Si no es para eso, entonces ¿para qué vivimos?

La fotografía la tomé el 9 de septiembre de 2026 en la Universidad de las Artes, en Aguascalientes.

Más allá de la mirada: Quizá el amor no sea aquello que conseguimos conservar, sino aquello que, después de tocarnos, cambia para siempre nuestra manera de mirar el mundo.

mariogranadosgutierrez@outlook.com

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles. El sistema de Cookies principal del sitio el proporcionado por Google Analytics.  POLÍTICAS DE PRIVACIDAD