La garza

El agua apenas se movía. Detrás, la vegetación parecía haberse puesto de acuerdo para impedir el paso de la luz. Y allí, en medio de aquella penumbra, una garza blanca permanecía inmóvil, como si el silencio hubiera encontrado finalmente una forma de hacerse visible.
No sé cuánto tiempo llevaba en aquel lugar ni cuánto más permanecería allí. Quizá aguardaba el movimiento de algún pez bajo el agua. Quizá su quietud obedecía únicamente a esa sabiduría que poseen los animales y que nosotros, empeñados en comprenderlo todo, hemos ido perdiendo. Lo cierto es que había algo extraordinario en su manera de estar. No parecía necesitar nada de cuanto la rodeaba, aunque pertenecía por completo a aquel paisaje
Su blancura contrastaba con la oscuridad, pero no intentaba vencerla. Ambas parecían necesitarse. Pensé entonces en las veces que confundimos estar solos con habernos quedado sin nadie, como si nuestra existencia necesitara continuamente de otros ojos para adquirir sentido. La garza no parecía conocer semejante preocupación. Permanecía allí con la serenidad de quien ignora que puede ser observado, sin esforzarse por resultar hermoso, sin reclamar un lugar distinto del que ocupaba.
Debajo de ella, el agua devolvía una imagen imperfecta. Su reflejo se deshacía en pequeñas ondulaciones, aunque el ave continuaba intacta. Me pregunté cuántas veces habremos confundido nuestra propia imagen con aquello que verdaderamente somos; cuántas veces habremos permitido que las aguas agitadas de la vida nos convencieran de estar rotos, cuando quizá solamente era nuestro reflejo el que había dejado de reconocernos.
Esperé un movimiento. Una extensión de sus alas, un paso sobre el agua, cualquier acontecimiento que justificara aquel encuentro. Pero la garza permaneció inmóvil y, poco a poco, fui comprendiendo que no tenía por qué suceder nada más. Había belleza suficiente en aquel instante, sin necesidad de prolongarlo ni convertirlo en otra cosa.
Me fui sin saber si después levantaría el vuelo. Todavía hoy me gusta imaginar que permaneció allí mucho tiempo, indiferente al mundo, mientras la luz cambiaba lentamente sobre su plumaje.
Quizá porque hay momentos en los que uno también quisiera encontrar un lugar así: donde no tuviera que demostrar nada, donde el pasado dejara de perseguirlo y el futuro no le exigiera respuestas. Un lugar donde bastara con estar, con respirar, con reconocerse todavía entero a pesar de todo.
Y permanecer, por un instante, en paz.

La fotografía la tomé el 26 de enero de 2022 en el parque El Cedazo, en la ciudad de Aguascalientes.
Más allá de la mirada: A veces, lo más difícil de aprender no es a levantar el vuelo, sino a permanecer en nosotros mismos sin sentir la necesidad de escapar.
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