La escuela que salió del aula:estudiantes de Rincón de Romos convierten empatía en acción

La escuela que salió del aula:estudiantes de Rincón de Romos convierten empatía en acción

Un grupo de adolescentes de la Secundaria General No. 21 observó que los comerciantes de su municipio no tenían dónde sentarse a descansar. La respuesta que construyeron —unos bancos de madera— los llevó al primer lugar nacional del programa «Somos el Cambio», entre proyectos de más de mil escuelas de todo México.

¿Cómo podemos ayudar a las personas que trabajan todos los días en nuestra comunidad? Esa fue la pregunta que un grupo de estudiantes de secundaria se hizo en algún momento del ciclo escolar en Rincón de Romos, Aguascalientes. No fue una pregunta retórica ni un ejercicio de examen: fue el punto de partida de un proceso que terminó convirtiendo la observación de un problema cotidiano en un proyecto reconocido a nivel nacional.

Estudiantes de la Secundaria General No. 21 «Lic. Adolfo López Mateos» obtuvieron el primer lugar nacional del programa «Somos el Cambio», entre proyectos presentados por más de mil escuelas de todo el país, luego de diseñar y construir bancos para comerciantes de Rincón de Romos, San Francisco de los Romo y otras comunidades que pasan largas jornadas de trabajo sin un lugar adecuado para descansar. El reconocimiento llevará a los estudiantes a Nuevo Vallarta, Nayarit, donde compartirán su experiencia con jóvenes y docentes de distintas partes del país. Pero reducir la historia a ese dato —ganaron un premio— sería contar apenas la superficie de lo ocurrido.

Una pregunta sencilla

No hubo, según la información disponible, una gran convocatoria institucional que obligara a los estudiantes a «inventar» un problema para resolver en un concurso. El origen fue más modesto y, por eso mismo, más revelador: alguien, en algún salón de la Secundaria 21, se preguntó qué podían hacer por quienes trabajan a diario en su entorno inmediato. Esa pregunta —simple, casi obvia— es el tipo de interrogante que cualquier persona podría formularse sin que necesariamente derive en una acción concreta. Lo que distingue a este grupo de estudiantes no fue la pregunta en sí, sino lo que decidieron hacer después de formulársela: no quedarse en la reflexión, sino moverse hacia la calle a observar.

Mirar lo que otros ya no miran

Los comercios en las banquetas, los puestos ambulantes, las personas que permanecen de pie o en condiciones improvisadas durante horas, son parte del paisaje cotidiano de casi cualquier municipio mexicano. Es un tipo de escena que, por su normalidad, tiende a volverse invisible para quienes pasan junto a ella todos los días. Los estudiantes identificaron que algunos comerciantes de Rincón de Romos y de comunidades cercanas como San Francisco de los Romo pasaban jornadas largas sin contar con un asiento adecuado. Conviene ser preciso en este punto: se trata de una observación estudiantil sobre una parte del comercio local, no de un diagnóstico estadístico sobre las condiciones laborales de todos los comerciantes del municipio. La fuerza del proyecto no está en la generalización, sino en la capacidad de un grupo de jóvenes para detectar una necesidad real que tenían frente a los ojos y que, hasta ese momento, nadie más había convertido en un proyecto escolar.

Del problema a la solución

La respuesta que encontraron fue, deliberadamente, sencilla: bancos para que los comerciantes pudieran sentarse. No se trató de tecnología ni de un dispositivo sofisticado, sino de un mueble funcional pensado para un uso específico. Esa sencillez merece una pregunta antes que una descripción: ¿qué hace que una solución simple sea, además, una buena solución? En este caso, parece haber una coincidencia entre la necesidad detectada y la respuesta ofrecida: bajo costo relativo, utilidad inmediata y facilidad de entrega. La información pública disponible no detalla el número exacto de bancos construidos, los materiales empleados ni el costo del proyecto, de modo que estos datos no pueden afirmarse sin caer en la invención; lo que sí puede sostenerse es que el diseño y la construcción corrieron a cargo de los propios estudiantes, acompañados por sus docentes.

Aprender haciendo

Detrás de un banco de madera hay, casi siempre, matemáticas de medición, nociones de diseño, organización de tareas, trabajo en equipo y comunicación entre quienes participan en su construcción. El proyecto ilustra un tipo de aprendizaje que no se agota en el cuaderno: el conocimiento adquirió sentido cuando salió del aula y llegó a la calle. No hay evidencia pública de que la escuela haya etiquetado formalmente el proceso como «Aprendizaje Basado en Proyectos» (ABP), un enfoque pedagógico que parte de un problema real para movilizar conocimientos de distintas asignaturas hacia una solución concreta. Sin embargo, la secuencia que siguieron los estudiantes —identificar un problema, investigarlo, proponer una respuesta, construirla y compartirla— coincide con los rasgos característicos de esa metodología, por lo que es razonable decir que el proyecto presenta características propias del aprendizaje basado en proyectos, más que afirmar que se ciñó a un modelo formalmente declarado por la institución.

Los maestros detrás del proyecto

El Instituto de Educación de Aguascalientes reconoció el acompañamiento de tres docentes: Víctor Manuel Rodríguez Flores, José Ignacio Aguilar Luévano y César Hilario Mejía Reyna, quienes asesoraron al grupo durante las distintas etapas del proyecto. Su papel, de acuerdo con la información oficial, fue el de guía y acompañamiento, no el de autoría del proyecto. Esa distinción importa: en los procesos educativos que funcionan mejor, los docentes suelen operar como facilitadores que orientan sin sustituir la toma de decisiones de los estudiantes. No se cuenta con detalles públicos sobre qué decisiones específicas correspondieron a cada docente o a cada estudiante durante el proceso, pero el reconocimiento oficial coloca a los maestros en un rol de asesoría, y ese es el marco que corresponde respetar al contar la historia: la escuela reconoce el mérito, pero no traslada a los adultos el centro del relato.

Cuando la escuela se conecta con su comunidad

Hay una pregunta más amplia detrás de este proyecto: qué ocurre cuando una escuela deja de operar como un espacio cerrado sobre sí mismo y se convierte en un actor activo dentro de su entorno inmediato. La secuencia observar → preguntar → investigar → diseñar → construir → ayudar → aprender no solo describe un proyecto escolar; describe una forma distinta de entender para qué sirve la educación. En este caso, el salón de clases fue el origen de una intervención que terminó teniendo un destinatario concreto y externo a la escuela: comerciantes que no pidieron el proyecto, pero que lo recibieron.

¿Por qué ganó?

El programa «Somos el Cambio» —impulsado con apoyo de la Secretaría de Educación y que convoca cada año a escuelas de educación básica de todo el país— evalúa los proyectos a través de un comité evaluador, con base en una metodología de cuatro etapas que la propia organización resume como Siente, Imagina, Haz y Comparte: primero la sensibilización frente a un problema del entorno, después la generación de ideas, luego la ejecución y finalmente la difusión de resultados ante la comunidad. No hay una lista pública y detallada de los criterios de puntuación aplicados a la edición en la que participó la Secundaria 21, por lo que no puede afirmarse con precisión qué pesó más en la decisión del jurado. Lo que sí puede sostenerse, a partir de la propia lógica del programa, es que el proyecto de Rincón de Romos encajó con los cuatro ejes que la convocatoria busca premiar: una necesidad sentida, una idea generada por los propios participantes, una acción realizada y una experiencia compartida con la comunidad.

El premio no es el final

El reconocimiento incluye un viaje a Nuevo Vallarta, Nayarit, donde los estudiantes recibirán el premio y compartirán su experiencia con jóvenes y docentes de otras partes del país. Pero el premio y el impacto no son lo mismo: uno reconoce el mérito de haber hecho algo; el otro se mide por la utilidad que ese algo mantiene en el tiempo. La información pública disponible no detalla cuántos bancos fueron finalmente entregados, en qué puntos exactos fueron instalados, quién se hará cargo de su mantenimiento o si el proyecto tendrá continuidad o réplica en otras escuelas del estado. Son preguntas legítimas —y pendientes— para entender si esta iniciativa seguirá beneficiando a los comerciantes de Rincón de Romos más allá de la ceremonia de premiación.

Lo que este proyecto enseña

Más allá del resultado, el proceso deja lecciones que trascienden el concurso. Innovar no significa necesariamente construir un robot, desarrollar una aplicación o recurrir a inteligencia artificial: también puede significar encontrar una solución pertinente y útil para un problema concreto y cercano. Y la empatía, lejos de quedar como un valor abstracto mencionado en un discurso, apareció aquí en su forma más práctica: la disposición a observar una necesidad que no era propia y decidir hacer algo al respecto. El comunicado oficial destaca justamente esos valores —empatía, solidaridad, responsabilidad y trabajo en equipo— como parte de lo que el proyecto fortaleció en el grupo.

El primer lugar nacional es la noticia. Pero la historia completa es otra: un grupo de estudiantes de secundaria aprendió a mirar su comunidad, a distinguir una necesidad cotidiana, a organizarse para resolverla y a comprobar que el conocimiento escolar puede producir algo útil para alguien más. El mayor premio quizá no esté en el viaje a Nuevo Vallarta, sino en haber descubierto que una pregunta nacida dentro de un salón de clases puede terminar produciendo una respuesta útil fuera de él.

Redacción Diálogos en Pluralidad

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