Meditaciones de un cafetómano LA MAGIA DE REAL DE CATORCE
“Usted imagine la cantidad de muertes violentas que hubo aquí; éste era un lugar de vicio, de apuestas y bajas pasiones” –dijo la mestiza antes de ingresar al viejo palenque, anfiteatro romano, construido en 1863 y que si bien de día es bello, de noche se convierte en un sitio tenebroso, oscuro y frío donde se pasean los fantasmas.
Con ella anduvimos por las callejuelas de Real de Catorce, los asistentes al Segundo encuentro Internacional de poetas y Escritores, celebrado los días tres, cuatro y cinco de mayo de 2019.
Habíamos pasado la tarde en la antigua Casa de Moneda leyendo textos, se acercaba el momento de recorrer el pueblo de Catorce (como le dicen los lugareños para abreviar) y cambiar café por mezcal. A esa hora todavía los turistas andaban en la arteria principal comprando una artesanía, ropa y el infaltable, el mágico ungüento de peyote, sábila, veneno de abeja, árnica, marihuana y veneno de víbora de cascabel. A pie, por empinados callejones revestidos con piedras lisas, anduvimos cuando comenzó a escasear la luz del sol.
Fue al anochecer cuando la historia comenzó a desgranarse y las leyendas salieron a escena. Relatos de los españoles que llegaron hace siglos a extraer plata en abundancia, ante la oposición de los pobladores originales, los temibles guachichiles, la tribu más indómita de la Gran Nación Chichimeca. Finalmente la guerra a sangre y fuego de cincuenta años, cumplió su cometido de organización y axterminio y, entonces floreció la minería.
En Catorce cada lugar tiene recuerdos y magia, parques y rinconadas guardan su historia. El Túnel de Ogarrio, la última gran obra construida en este lugar, se hizo por los tanates de Porfirio Díaz. Cuenta la leyenda que el viejo presidente llegó molido a Real de Catorce, luego de cruzar por lo más alto de la Sierra del mismo nombre, montado en una mula. Catorce es una de las cumbres más elevadas del Altiplano mexicano y en aquellos tiempos, única vía de acceso al poblado. ¿Qué buscaba en Catorce el Dictador? Él sólo quería estar al tanto del negocio de la plata, ese lugar era considerado entre los tres primeros productores.
Cuando se repuso un poco el presidente, ordenó la pronta construcción del túnel, obra que se encargó a Vicente Irízar, un español nativo de Ogarrio. Díaz nunca volvió a Catorce, pero el túnel se hizo a pico y pala hasta quedar terminado en los primeros años del siglo XX, cuando por fin, después de extenuantes jornadas, se encontraron las dos brigadas que escarbaban el cerro por lados opuestos. Por ahí se entra a Catorce desde entonces.
A un costado de la entrada al Túnel, está el pueblo fantasma, las ruinas de la antigua compañía que se llevó la plata de esta tierra y a cambio dejó un pueblo misterioso, que parece atrapado por estrellas, nubes y el firmamento. Comunidad que un día se vio obligada a abandonar su vocación minera, para adoptar comercio y turismo como últimos recursos de sobrevivencia. Si no lo hacen hubiera muerto Real de Catorce; dicen que llegó a estarlo un tiempo, cuando se quedaron unas cuantas familias nomás. Ahí comenzó de nuevo.
Poetas y escritores de varias partes, penetramos al mundo surrealista de Catorce, bajo un cielo que parecía mirarnos con sus millones de ojos; allí encontramos un poeta que venía de sembrar limoneros en la luna y dijo llamarse Pepe.
Desde arriba del puente a un costado del jardín, se observa el quiosco porfiriano, sobrio pero bello, adecuado para sentarse a pensar en la vida como lo hacían los dos hombres; al pasar, uno de ellos me dijo: “No me lo vayan a espantar, mi jefecito”. El que habló traía sombrero, el otro usaba el pelo largo, debajo de los hombros y entre los dos, una botella de mezcal. La advertencia fue porque adelante nos esperaban agazapados los aparecidos.
“Aquí viene seguido la Llorona, yo no la he visto per he sentido en el pecho sus lamentos cuando implora por sus hijos; entonces los perros se inquietan y comienzan a aullar, como diciéndole: estamos contigo. A veces no callan en toda la noche; así que ya sabe: si al rato los escucha aullar, es porque la vieron” –susurró con expresión sombría.
–¿Alguien quiere otro mezcalito? –invitó la acompañante, otra mestiza que sólo aparecía cuando el jarro de alguien quedaba solo–. ¡Andele, tómese otro mezcal pa’l susto.
A esa altura de la noche había silencio casi absoluto: sólo se escuchaba la voz de la guía, una que otra exclamación de los poetas, alguna risotada esporádica producto del mezcal y los ladridos lejanos.
–Aquí en la casa atrás de mí, vean hacia la parte alta, son los duendes, ellos también salen de noche pero no hacen daño, son juguetones ya los vieron?, se están asomando ahora.
Con un viento frío recorriendo el pueblo, regresamos al lugar donde pasaríamos la noche, en medio de las montañas y picos de la Sierra de Catorce. Buen lugar para reflexionar sobre los temas abordados en la sesión de la tarde. Sentado en una banca fui sacando los textos de literatura erótica, relatos, poesía y leyendas, leídos en la Casa de Moneda.
El albañil, el carpintero, Eli y sus zapatos gastados, el poeta sembrador y otros personajes pasaron ante mis ojos en fila por la garganta de los cerros; el frío me hizo volver a la habitación, a la cama a tratar de leer un rato antes de dormir pero fue imposible, los perros comenzaron a aullar.
Decidí no sin miedo, salir al encuentro de La Llorona; las centenarias callejuelas habían quedado vacías de turistas, sólo permanecían en el viento las palabras de poetas y narradores, de escritores trotamundos venidos de Guatemala, Panamá, Venezuela, Cuba, Colombia, Nicaragua y China, para hablarle al mundo de la luna de agua, del amor y los inviernos, el dulce en tus labios, un otoño perdido bajo cálidas hojas, espejos en las sombras y una voz diciendo cuando yo muera morirán conmigo.
Catorce es un viaje a lo remoto de la minería. De día es enigmática, de noche se convierte en un laberinto misterioso, donde aparecen los muertos del palenque, los duendes, la Llorona, el Jergas y toda clase de fantasmas.
El comercio, uno de los pilares, se realiza en torno a la artesanía, ropa y el inevitable “botiquín” donde no faltan los tés, capaces de curar desde diabetes, insomnio y gordura, hasta el mal de importancia.
Real de Catorce me gusta para regresar pronto por una temprada, un año tal vez o de por vida. Quiero estar a la llegada de los peregrinos que vienen de las playas de occidente a recoger el pan de los dioses. Quiero estar cuando llegue el invierno, caminar por los cerros aledaños cubiertos de nieve y contemplar su fachada de otro tiempo.
A invitación del Jergas, nos tomamos el penúltimo mezcal en la cuesta del Arrepentido, junto a la Mujer de Piedra, antes de llegar a las minas. En eso escuché un gemido largo y doloroso que se fue rodando por el enredijo de callejuelas llamado Real de Catorce, hasta llegar al panteón. El viejo minero, sonrió.
Catorce atrapa, los que han ido se quedan o vuelven; ha de ser por las almas de los ancestros que viven abrazadas a la historia; ha de ser por la magia que penetra más allá de los sentidos.
He de volver y no sé, si sea para siempre.

