Caramelos, chocolates y bombones
Cuento de orientación médica
Julián llegó a casa justo a la hora de la comida. Luego de saludar con un beso a Susana, su esposa, le extendió una bolsa de papel prolijamente doblada que ella se apresuró a revisar. Su cara de satisfacción reveló cuánto gustaba del regalo que, como cada tarde durante los últimos meses, su esposo le traía: un buen surtido de caramelos, chocolates y bombones.
Ambos disfrutaron enormemente la comida pues, Julián amaba el arte culinario de su esposa y ella siempre fue de buen comer. A manera de postre, un buen café, negro y sin azúcar como debe ser y, al centro en un platón, el surtido de golosinas que habían llegado en aquella bolsa. Él comió uno o dos chocolates de los que vienen rellenos de crema de fresa; el resto, sin piedad fueron devorados por Susana que se justificaba:
–¡Siempre han sido mi debilidad!
–Lo sé, por eso te los traigo. Y son de tus preferidos; corrí con suerte y alcancé los últimos caramelos que quedaban. Bombones de esos sí había muchos, chocolates ya ves que nunca faltan; si no hay de unos, hay de otros.
–Gracias por pensar siempre en mí, querido.
–Mientras se pueda, no te faltarán, mi vida.
–¿Sabes? Cada vez me siento más mal al comerlos; me mareo y me siento como borracha; ¿no seré diabética?
–No, Susi, ya ves que todas las pruebas han salido negativas. Tus niveles de azúcar en sangre siempre son normales, además no tienes ninguno de los demás síntomas propios de esa enfermedad. Te preocupas demasiado.
–Eso ha de ser; tensión nerviosa.
El matrimonio terminó la sobremesa. Julián se despidió y regresó a la oficina. Susana quedó en una silla sin poder levantarse siquiera; todo le daba vueltas y sentía una pesadez absoluta que, como cada tarde, vencía para luego de un lapso más o menos largo, podía reiniciar sus labores, de manera que, al llegar la noche, todo estaba listo para la cena, que siempre transcurría sin contratiempos.
En las últimas visitas al médico, Susana le refería esta sensación que le daba comer los caramelos, chocolates y bombones que su marido le traía a casa, pero, como en cada examen los resultados eran los mismos en cuanto a sus niveles de azúcar, el médico sólo recomendaba comer menos azúcar y agregar más fibra a su dieta. No había razón para temer a la “enfermedad dulce”, como solía llamarla el doctor.
El sueño era normal. A la cama a su hora y, por la mañana, Susana despertaba temprano sin necesidad de despertador. Así había sido desde siempre. Julián nunca dejó de confiar en ella para que lo despertara a cierta hora. Jamás llegó tarde a ninguna parte por quedarse dormido.
El apetito también era normal. Comía siempre lo justo, ni más ni menos. En muy contadas ocasiones, por causas razonables, se excedía un poco; alguna fiesta, una invitación social, una celebración, un compromiso, y nada más, pero esto era tan esporádico, que ni siquiera era digno de tomarse en cuenta. En contraparte, tampoco era de las que dejaban de comer por cualquier cosa: no mucho, pero nunca menos.
Un día se puso a contar las calorías que consumía al hacer el quehacer doméstico, para estar segura de que tampoco era falta de ejercicio. Pero ella se sentía cada vez más mal al comer aquellos cotidianos caramelos, chocolates y bombones con los que le regalaba su marido para endulzar cada comida.
¿Qué podía ser? No eran sus nervios, no; las molestias eran más que reales y de lo único que estaba segura, era de que cada día eran más intensos. Desde luego que había probado no comer aquellas golosinas, o al menos comer menos, pero se ponía peor; no eran los síntomas exacerbados, era esa inquietud de la abstinencia. Además, siempre tomaba el café sin azúcar y no comía pan, al menos no en exceso.
Pero si los exámenes clínicos decían que no era eso, no había razón para dejar de comerlos. Total, aunque cada vez duraba más, el malestar era pasajero.
Ha pasado ya más de un mes. Julián sigue regresando a la hora de comida con la consabida bolsa de caramelos, chocolates y bombones. Incluso el domingo anterior, había duplicado la cantidad pues tendrían la visita de una pariente de Susana aquella tarde. La visita no llegó, pero Susana no perdonó ni un chocolate. A decir de ella, aquel domingo casi se sintió morir; pero, no murió y siguió con la dulce costumbre de cada día.
–Mi vida, hoy no encontré de los caramelos que te gustan, pero te traje de éstos que me aseguraron que son de sabor muy parecido.
–Ya veremos, ya veremos…
Comieron con gran apetito como siempre.
–Oye, querida, ¿qué guiso es éste que comimos? Nunca lo habías hecho. ¡Te quedó de primera!
–¿Te gustó? No sé cómo se llama. Lo vi en la televisión y quise probar. No es tan complicado y, la verdad, vale la pena. Lo que sí es un poco laborioso, pero el resultado vale cada minuto invertido, ¿no crees?
–¡Claro que sí! Ojalá vuelvas a hacerlo pronto. ¡Está exquisito!
A pesar de los halagos de uno y otra por el guiso, ninguno repitió ración; no era cosa de no dejar espacio para el postre: los tradicionales dulces, chocolates y bombones, sólo que esta vez, por un error del empleado de la tienda, puso en la bolsa el pedido de otro cliente. Estos que comieron con sorpresa y enorme deleite, eran todos envinados, además de empalagosos, no obstante, no quedó ni uno en el plato.
Esta vez Susana no tardó ni un minuto en mostrar las molestias acostumbradas; fue tal el impacto que Julián, sin perder tiempo, llamó a la ambulancia que trasladó a su esposa al hospital.
Pese a los esfuerzos, nada pudieron hacer por Susana.
El médico tratante salió a hablar con Julián.
–Su esposa tenía una condición médica muy severa llamada “síndrome de auto destilación”. ¿No lo sabían?
–Algo me dijeron, sí, pero ¿qué tiene qué ver?
–¿Cómo qué? ¡Ella no debía comer nada muy dulce! ¿No se lo dijeron?
–Sí, pero, nunca fue mucho, apenas unos gramos cada vez.
–¿Cuánto comió ella esta vez?
–Lo de siempre, lo de siempre. Bueno, quizá hoy haya sido un poco más, pero no llegó ni a medio kilo.
–¿Medio kilo? Ella no debía comer más de unos diez o quince gramos; un caramelo, dos cuando mucho.
–Sí, yo lo sabía, pero, se los comía tan sabroso…
El síndrome de autodestilación, o síndrome de autofermentación (SAF), es una enfermedad rara en la que levaduras u hongos intestinales (como Saccharomyces cerevisiae) fermentan los carbohidratos ingeridos, convirtiéndolos en etanol dentro del sistema digestivo. Esto provoca embriaguez o resaca sin consumir alcohol.
Aunque no suele ser mortal por sí mismo, el síndrome de autodestilación puede volverse peligroso e incluso letal debido a complicaciones graves de salud o accidentes externos.


¡Felicidades! Cuento didáctico.