¿Regreso al pueblo? Cuento onírico
Hace poco más de 30 años que resido en la capital y por exceso de trabajo, por desidia, compromisos, o simplemente por falta de ganas, no he regresado al pueblo donde nací.
A veces pensaba en él y, quizá para justificar mi desinterés, pensaba que de haber seguido ahí, no tendría el puesto y el nivel económico que ahora tengo; a lo más, sería un obrero o un campesino como la mayoría de los hombres que habitaban El Maguey del salto, nombre que tenía el pueblo cuando viví en él; ahora lleva el nombre de no sé qué prócer nacional, pero yo le sigo llamando Maguey, así, sin artículo ni apellido.
Dejé aquel pueblo luego de la muerte de mis padres.
Me asfixiaba su recuerdo y su ausencia era intolerable. El pretexto para salir, llegó en forma de beca para ingresar al Bachillerato Nacional; beca que gestionó la alcaldía del pueblo. Para tomarla, era necesario viajar a la sede del Estado. Luego vendría la universidad, ahora en la capital del país, donde vivo desde entonces.
Al terminar la carrera me ofrecieron un puesto modesto pero prometedor en una empresa importante. Al paso de los años he ido escalando puestos para ser ahora Director de Operaciones.
De mi vida personal no hay mucho qué decir: dos o tres noviazgos más o menos importantes, poca vida social y escaso fanatismo religioso. Mucha afición al cine, eso sí. Ah, si todo va bien, a fines de este año podría haber boda, si ella me acepta, claro.
Me dirijo hacia Durango con la encomienda de buscar la solución a problemas técnicos en aquella planta, debido a que los intentos a distancia no dieron resultado. La empresa me recomendó volar, pero yo decidí, no sé por qué, hacer el viaje en mi automóvil. Sabía que sería pesado y no obstante, rechacé el ofrecimiento del Director General de poner a disposición mía un chofer; quería tiempo a solas para pensar en mis cosas y poner en orden mis ideas.
El domingo a primera hora tomé carretera. A buen paso, podría ya dormir esa noche en Durango y el lunes mismo, bien descansado, empezar el trabajo asignado. Me paré en unagasolinera cuando el medidor del tanque de mi auto decía que estaba casi vacío. “Tanque lleno” y a seguir el viaje. Cerca de León otra vez hubo necesidad de repostar, lo que me pareció extraño dado que la autonomía de mi automóvil daba para mucho más.
Seguí adelante. Era notorio que la aguja del medidor se movía con bastante agilidad hacia abajo. Cuando vi una pequeña gasolinera, de esas que no pertenecen a ninguna cadena, con apenas una bomba por cada tipo de combustible, decidí detenerme, sobre todo porque, al lado de la estación de servicio, estaba un pequeño taller mecánico, que pese a ser domingo, estaba abierto.
Me detuve. Bajé del auto y fui con el mecánico. Le expliqué el asunto; él dio un vistazo a mi auto sin dejar de hacer lo que estaba haciendo en otro coche, y me explicó que, nada más con ver el pequeño charco que había abajo del mismo, era obvio que estaba tirando gasolina. Le dije que iba de paso; que si podía arreglar el problema. Abrió el cofre, examinó el motor y dictaminó que era la bomba de gasolina la que perdía el combustible. Podía seguir, pero representaba riesgo.
–¿Puede arreglarlo ahora mismo?
–Sí. Me llevará como una hora.
Calculé que era un tiempo razonable y autoricé la reparación sin siquiera preguntar el costo.
Sólo entonces, al pasar la mirada por el paisaje, caí en cuenta que estaba bastante cerca de El Maguey.
–¿Qué tan lejos está el pueblo?– pregunté.
–Si sigue por esa desviación que está adelante, como kilómetro y medio, pero lo lleva a la parte trasera del pueblo; sin embargo, si va a pie por esa vereda que está al frente, en diez minutos llega.
¡Vaya!; así que diez minutos para ir y otros tantos para regresar, me dejarían más de media hora del plazo señalado, para reencontrarme con el pueblo que me vio nacer. Decidí aprovechar esa hora, y le comuniqué al mecánico que iría al pueblo y que en una hora estaría de regreso.
–Vaya, no tenga pendiente. La vereda es segura.
Emprendí al camino maravillado con piedras, plantas y hasta con la brisa que soplaba; fresca como jamás se respira en la capital.
Unos minutos después estaba yo en el pueblo, que contra lo que pensaba, no había cambiado nada. El progreso parecía no haber tocado aquel lugar. En mi recorrido por la calle principal vi el cine al que asistía de niño; la misma fachada, los mismos colores y, por la marquesina, pensé: “las mismas películas”.
Más adelante la tienda de don Cosme, la más surtida del pueblo, donde siempre había un dulce para los niños que, como yo, acompañaban a sus madres al mandado. Hasta los costales con cereales siguen en la puerta como anuncio de su existencia. ¿Qué habrá sido de don Cosme? Murió, supongo, si no, ahora tendría más del siglo.
¡Mira nada más! En este templo cantaba de niño. Sigue igual. Bueno, es increíble que aún no terminen de construir la torre. Yo supondría que habría ya más templos y más modernos, pero no; aquí sigue este presidiendo la plaza que tampoco ha cambiado en absoluto: las mismas bancas de hierro forjado, ensuciadas por, no me extrañaría, las mismas palomas.
¡Ah! Allá está el parque; todavía tiene en el centro ese kiosco donde jugaba con mis amiguitos. Ahí cerca está el árbol donde grabé mi nombre aquel día que mi padre me regaló por mi décimo cumpleaños, una navaja, que, por cierto, creo que perdí al día siguiente. Llego al punto y veo con asombro que ahí sigue el mismo árbol, aún es perfectamente visible mi nombre escrito con letras irregulares.
Con cierto morbo camino hacia la que fue mi casa, para descubrir que tampoco ha cambiado; tiene los mismos colores en su fachada: blanco arriba y una franja naranja de un metro de alto. ¡Vaya! Hasta la ventana que rompió mi pelota jugando beisbol, sigue rota. A dos cuadras vivía mi tía Juanita, me pregunto si… ¡Pues sí! Sigue la puerta con ese agujero que hizo para el gato.
Jamás creí que un pueblo pudiera mantenerse intacto por tanto tiempo. ¿Por qué el progreso no ha llegado aquí? ¡Todo sigue exactamente igual que entonces! Hasta el naranjo de don Abel parece que no ha crecido y sigue lleno del fruto que tanto disfrutaba de niño; creo que no he vuelto a probar naranjas tan dulces como las de este árbol.
Mi intuición me dice que ya es tiempo de volver. Desde que uso el celular no acostumbro traer reloj en la muñeca y el teléfono lo dejé en el asiento del coche. Vamos de regreso.
Esta caminata creo que me ha rejuvenecido; no he hecho sino caminar y caminar los últimos minutos y no me siento cansado.
Aquí está el mecánico.
–¿Ya está listo mi auto?
–Ya le dije que tardará como una hora. ¿Qué no pensaba ir al pueblo? Si viera cómo ha cambiado…

