Derecho al asombro

Hay lugares que parecen existir para recordarnos algo que hemos olvidado. No ofrecen respuestas ni soluciones. Tampoco prometen éxito, riqueza o reconocimiento. Su única función es despertar una emoción que la vida cotidiana suele relegar a un segundo plano: el asombro.
Cuando somos niños, el mundo está lleno de descubrimientos. Una nube adopta formas imposibles, un insecto se convierte en una aventura y una historia basta para abrir la puerta de universos enteros. Sin embargo, a medida que crecemos, la familiaridad va ocupando el lugar de la sorpresa. Aprendemos a nombrar las cosas y, sin darnos cuenta, dejamos de mirarlas.
Quizá por eso ciertos paisajes nos detienen. Este castillo, rodeado por el agua y resguardado por la vegetación, parece surgir de una página arrancada de algún relato antiguo. Durante unos segundos olvidamos cálculos, pendientes y preocupaciones. Algo dentro de nosotros reconoce que está frente a una escena extraordinaria.
El asombro posee una cualidad singular. No exige conocimiento previo ni preparación especial. Puede aparecer ante una obra arquitectónica, una montaña, una pieza musical o una noche estrellada. Es una experiencia profundamente democrática: pertenece a cualquiera que conserve la capacidad de sorprenderse.
Los filósofos griegos afirmaban que el asombro era el origen del pensamiento. Antes de formular teorías, el ser humano se maravilló ante aquello que no comprendía. La curiosidad nació de esa primera impresión de extrañeza frente al mundo. En cierto sentido, toda búsqueda de conocimiento comienza con una mirada sorprendida.
Sin embargo, la prisa moderna parece haber declarado una guerra silenciosa contra esa experiencia. Vivimos rodeados de estímulos, pero cada vez disponemos de menos tiempo para maravillarnos. Consumimos imágenes sin detenernos en ellas. Visitamos lugares sin habitarlos realmente. Acumulamos información mientras perdemos la capacidad de admiración.
Tal vez por eso necesitamos espacios como este. No porque nos transporten al pasado, sino porque nos devuelven algo más valioso: la posibilidad de mirar con ojos renovados.

El asombro no resuelve los problemas de la existencia. Pero nos recuerda que la vida es más amplia que ellos. Y a veces, esa simple revelación basta para transformar una jornada ordinaria en un recuerdo perdurable. La fotografía la tomé el 20 de marzo de 2022 en el municipio de San Salvador el Verde en el estado de Puebla.
Más allá de la mirada: El Castillo Gillow, situado en la Ex Hacienda de Chautla, Puebla, fue construido a finales del siglo XIX sobre una isla artificial. Su apariencia, rodeada por agua y naturaleza, ha convertido al lugar en uno de los escenarios más evocadores de México, capaz de despertar la imaginación de quienes lo visitan.
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