El último arquero

Hay una edad, en la de la inocencia, en la que el mundo todavía parece un lugar seguro. Una edad en la que un niño se coloca unos guantes que le quedan grandes. Resguarda una portería de dos postes y un travesaño. Está convencido de que puede detener cualquier balón. No porque sea el mejor arquero del mundo, sino porque aún no conoce el verdadero significado de perder.
La fotografía fue capturada apenas unos segundos después de un gol. El marcador ya había cambiado, pero él no. Baja la mirada. Acomoda los pies. Respira. Vuelve a colocarse frente al arco. No reclama. No culpa a sus compañeros. No renuncia a su responsabilidad en el terreno de juego. En su universo todavía existe una certeza: el siguiente disparo puede detenerlo.
Eso es la infancia.
Hay una pureza extraordinaria en quien aún no ha aprendido a desconfiar. En quien cree que el esfuerzo siempre vale la pena. Que sus habilidades terminarán por imponerse, porque las personas buenas también reciben cosas buenas. La niñez es, quizá, el último refugio donde la esperanza todavía no ha sido derrotada.
Mientras observo a ese pequeño portero, no pude evitar encontrarme con el niño que alguna vez fui, donde creí que bastaba con actuar con honestidad. Que cumplir con el deber era suficiente. Que las instituciones existían para proteger a las personas y no para doblegarlas. Que la autoridad era sinónimo de servicio y no de abuso, de prepotencia. Después la vida enseñó otra lección.
Existen derrotas que no llegan en una cancha de fútbol. Llegan en una oficina. En una sala de juntas. En un escritorio desde el que alguien decide utilizar el poder para humillar, intimidar o destruir a otro ser humano. Son goles que no aparecen en ningún marcador, pero dejan heridas mucho más profundas que cualquier caída sobre el césped.
Con el tiempo comprendemos que la violencia no siempre levanta la voz. A veces se esconde detrás de un oficio, de una firma, de una decisión arbitraria o de quienes pudieron hacer algo y eligieron mirar hacia otro lado, al de la indiferencia. Y, sin embargo, hay personas que siguen regresando a su portería.
Recogen el balón abrazado por la red. Se limpian las manos. Respiran hondo. Vuelven a colocarse los guantes y esperan el siguiente disparo. No porque ignoren el dolor, sino porque entienden que abandonar significaría entregar aquello que nadie debería perder: la dignidad.
Quizá crecer consiste precisamente en eso. En descubrir que la inocencia desaparece, pero el coraje puede permanecer. Que la esperanza deja de ser ingenuidad para convertirse en una decisión consciente.
Ojalá el pequeño, tarde muchos años en conocer la injusticia. Y cuando inevitablemente la encuentre, deseo que conserve la misma fuerza con la que hoy protege una portería que, para él, representa todo su mundo.
Porque, al final, las personas no se definen por los goles que reciben, sino por los disparos del adversario que atajan.

La fotografía la tomé el 29 de noviembre de 2025 en el estadio Victoria de ciudad de Aguascalientes.
Más allá de la mirada: Todos comenzamos siendo ese niño que creía que el mundo era un lugar justo. Crecer no debería significar perder esa esperanza, sino aprender a defenderla, incluso cuando la vida insiste, una y otra vez, en ponerla a prueba.
Bien decía el Che Guevara: La única lucha que se pierde es la que se abandona.
mariogranadosgutierrez@outlook.com







