El centímetro prohibido

En el Bachillerato de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, una indicación sobre el largo de la falda bastó para encender pintas en los baños, pancartas en el patio y una pregunta que la institución no ha respondido todavía: ¿quién decide, exactamente, qué cuerpo es aceptable dentro de un salón de clases?
Hay una frase escrita a mano en un post-it pegado a un espejo, que resume mejor que cualquier teoría lo que ocurrió esta semana en el plantel central del Bachillerato de la UAA: «no me culpes por tu mirada». La escribió, se presume, alguna alumna entre clase y clase, con el marcador que tenía a la mano y la prisa de quien no sabe si alcanzará a pegarlo antes de que suene el timbre. No sabemos su nombre. No debería importarnos. Lo que sí importa, y mucho, es que esa frase de siete palabras nada más, condensa un debate que la antropología, la historia y la sociología llevan más de un siglo tratando de desenredar: el de quién es responsable del cuerpo de una mujer cuando ese cuerpo entra a un aula.
El hecho, sin adornos
Por partes, vayamos primero a lo comprobable, lo que está publicado, porque el rigor es lo único que separa el periodismo y al investigador social del chisme con pretensiones. Según reportes de medios locales de Aguascalientes, alumnas del plantel central del Bachillerato de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (BACHUAA) recibieron, de parte de directivos y profesores, la indicación de que faldas y shorts podían usarse siempre que no fueran «tan reducidas», de preferencia por debajo de la rodilla. Al momento en que se difundió la protesta, no había todavía un pronunciamiento oficial que explicara el origen o el fundamento de esa indicación; horas más tarde, la propia universidad rompió ese silencio, como se detalla enseguida.
La respuesta no se hizo esperar. Bajo la consigna «Soy libre, no tuya», cinco alumnas, según precisó después la propia autoridad del plantel— se plantaron con cartulinas en el patio de la preparatoria. Un día antes, aparecieron pintas en los baños de mujeres y una serie de post-its en los espejos con mensajes como «la ropa no te define» o «una falda no cambia quién soy». En redes sociales circuló, además, una convocatoria a sumarse con paliacates rojos, maquillaje o diseños de estrellas blancas, como una manera de reconocerse entre sí dentro de la protesta. Todo esto y conviene subrayarlo lo protagonizaron menores de edad, lo que exige de cualquier análisis, empezando por este, un cuidado especial: ni identificarlas, ni describirlas, ni convertir su cuerpo en el tema. El tema es la regla, no las niñas.

La universidad, esta vez, sí respondió. El decano del Centro de Educación Media, Ismael García González Cosío, calificó lo ocurrido como un malentendido y precisó que no existe una prohibición para usar falda o short, sino una recomendación —contemplada, según dijo, en un reglamento vigente desde 2006— de que esas prendas no sean «demasiado cortas o provocativas». Explicó que la intención es velar por la seguridad de las menores de edad ante lo que consideró un grado de exposición corporal excesivo, aunque no ofreció, al menos en lo reportado, un criterio objetivo para trazar esa línea. Confirmó también que las pintas en los baños tendrán consecuencia: «el vandalismo no lo voy a permitir y van a tener una sanción». Y adelantó algo que merece su propia lectura más adelante: el tema se llevará al programa Escuela para Padres, donde, si la madre o el padre de una alumna autoriza expresamente ese tipo de vestimenta, el plantel dejaría de llamarle la atención por usarla.
La pregunta detrás de la prenda
Y aquí es donde el caso deja de ser una nota de sociales o de «polémica escolar» y se convierte en otra cosa. Porque la verdadera pregunta nunca fue si una falda debe medir tantos centímetros o cuántos menos. Eso es, en el mejor de los casos, la superficie. Debajo hay preguntas bastante más incómodas: ¿quién tiene la autoridad para decidir qué cuerpo resulta apropiado dentro de un espacio educativo? ¿Qué convierte a una prenda en «provocadora»? Y sobre todo: cuando algo sale mal —una mirada indebida, un comentario, un acoso—, ¿de quién es, culturalmente, la culpa: de quien mira o de quien es mirada?
La regulación de una prenda rara vez es, en el fondo, una regulación de la tela. Es una regulación de quién debe cambiar su comportamiento para que otro no tenga que cambiar el suyo.
Ese desplazamiento de responsabilidad tiene nombre en la teoría social, y conviene nombrarlo con precisión, no con indignación genérica.
El cuerpo como territorio social
La antropología social lleva décadas insistiendo en algo que resulta obvio y, al mismo tiempo, profundamente incómodo: el cuerpo no es solamente biología. Es también, y quizá sobre todo, un territorio cultural. Margaret Mead lo mostró con crudeza en sus estudios sobre distintas sociedades de Oceanía: lo que una cultura asigna como «propio» de lo femenino o de lo masculino como el pudor, la exposición, el recato, entre otros valores que suponemos universales cuando no lo son, porque no son producto de una ley de la naturaleza, sino un acuerdo social que cambia de una isla a otra, de una época a otra (Mead, 1935/2006). Conviene usar esto con cuidado: Margaret Mead no dijo que todo sea infinitamente maleable, y sería un error citar como si hubiera decretado que el cuerpo no importa. Lo que su trabajo permite es algo más modesto y más útil: desnaturalizar la idea de que exista una única manera «correcta» de vestir un cuerpo adolescente, como si esa manera estuviera escrita en algún lugar anterior a la cultura.
Dicho de otro modo: cuando una institución decide que cierto largo de falda es aceptable y otro no, no está describiendo una realidad biológica evidente por sí misma. Está fijando, con palabras de reglamento, una frontera simbólica. Y las fronteras simbólicas, como enseñó la antropóloga británica Mary Douglas, son exactamente el lugar donde una sociedad ordena lo puro y lo impuro, lo que está en su sitio y lo que está «fuera de lugar« (Douglas, 1966/1973). Una falda tres centímetros más corta no cambia nada del mundo físico. Cambia, sin embargo, de categoría: pasa de «vestimenta escolar» a «prenda que provoca«, y ese tránsito vale la pena repetirlo, no ocurre en la tela. Ocurre en la cabeza de quien clasifica.

El poder que normaliza
Aquí conviene detenerse en Michel Foucault, aunque con la cautela que él mismo hubiera exigido: no todo reglamento escolar es automáticamente un dispositivo disciplinario en el sentido estricto que él desarrolló. Pero el caso de BACHUAA sí exhibe varios de los elementos que Michel Foucault describió en Vigilar y castigar (1975/2002): una norma que no se limita a prohibir un acto puntual, sino que aspira a producir un cierto tipo de cuerpo —dócil, medido, previsible— mediante la vigilancia cotidiana y la corrección constante. La secuencia es reconocible: primero hay una norma externa («no tan corta, de preferencia bajo la rodilla»); después, la vigilancia de directivos y docentes que verifican su cumplimiento; y, si el mecanismo funciona como está diseñado, al final debería llegar el autocontrol, es decir, que la alumna misma decida qué ponerse pensando ya en la mirada institucional, sin que nadie tenga que decírselo dos veces.
Lo interesante y al mismo tiempo aquí es donde el caso se vuelve más rico que una simple denuncia de «machismo escolar«, es que ese último paso, el de la interiorización, parece haber fallado. O al menos, no de la manera esperada. Lo que produjo la norma no fue silencio ni obediencia discreta, sino post-its, pintas y una consigna coreada en el patio. Michel Foucault también escribió sobre eso: donde hay poder, escribió, hay resistencia, y la resistencia no es un accidente externo al poder, sino su contracara necesaria (Foucault, 1976/1998). Las alumnas de BACHUAA no salieron del guión foucaultiano; lo confirmaron por el lado que menos se suele contar.
James Scott añade a este cuadro, una precisión que Michel Foucault deja algo abstracta: la resistencia de los dominados casi nunca empieza en la plaza pública, sino en lo que llamó el «discurso oculto» esa conversación que los subordinados sostienen entre ellos, lejos de la mirada de la autoridad, antes de que se atrevan a decir algo frente a ella (Scott, 1990/2000). Las pintas en el baño y los post-its en el espejo encajan casi con exactitud en esa categoría: no son un pliego de peticiones dirigido al decano, sino un discurso pensado para circular entre pares, en un espacio donde la vigilancia institucional llega menos. Que ese discurso oculto haya escapado después hacia el patio, en forma de cartulinas y consigna coreada, es justamente el momento que a James Scott le interesaba estudiar: el instante en que el discurso oculto se filtra al discurso público y obliga al poder a reaccionar, así sea llamándolo «malentendido«. Conviene no exagerar la épica del gesto, el propio James Scott advertía contra romantizar cada pintada como una revolución, pero tampoco despacharlo como travesura: las llamadas «armas de los débiles» (Scott, 1985/2000) son precisamente eso, estrategias de bajo costo y bajo riesgo, basándose en el anonimato del marcador, la posibilidad de negar autoría, el símbolo compartido del paliacate, con las que un grupo sin poder formal disputa, sin necesidad de una confrontación abierta que probablemente perdería, el relato oficial sobre su propio cuerpo.
Mujeres, historia y regulación: nada de esto es nuevo
Conviene resistir la tentación de creer que estamos ante algo inédito, un capricho aislado de una institución particular en un año particular. La historiografía de Georges Duby y Michelle Perrot, reunida en su monumental Historia de las mujeres en Occidente (1990-1991/2000), documenta con paciencia de archivo cómo, durante siglos, buena parte de la regulación social sobre las mujeres europeas pasó, precisamente, por el cuerpo y por su vestimenta: el largo de las faldas, el escote permitido, el cabello cubierto o descubierto, la ropa que anunciaba estado civil, edad o virtud presunta. No se trata de una curva ascendente y feliz que va «de la opresión medieval a la libertad contemporánea». Georges Duby y Michelle Perrot son, en esto, más pacientes que optimistas: muestran continuidades incómodas, retrocesos, y sobre todo la persistencia de una misma lógica de fondo, que sobrevive a los cambios de moda porque no depende de la moda, sino de quién tiene la autoridad de nombrar lo decente.
Es en esta lógica que conviene insistir en esto, porque es tentador y falso pensar lo contrario, no es exclusiva de sociedades «atrasadas» o ajenas a Occidente. Basta recordar que universidades enteras, en pleno siglo XXI y en países que se presumen modernos, han emitido en fechas recientes instructivos que prohíben minifaldas, tops o shorts deportivos a nombre de la «convivencia» y el «respeto mutuo«, generando exactamente el mismo tipo de indignación estudiantil que ahora vemos en Aguascalientes. La geografía cambia. La estructura del argumento, sorprendentemente, no tanto. ES DOMINAR Y DOMESTICAR AL DÉBIL ante la voluntad del que ostenta el poder.
La ropa como signo
Por otra parte Roland Barthes propuso, en su Sistema de la moda (1967/2003), algo que resulta clave para entender por qué una falda puede volverse, de un día para otro, tema de conversación institucional: la ropa no comunica solamente por lo que cubre, sino por lo que significa. Una prenda es un significante que la cultura llena de significado, y ese significado no es fijo: la misma falda puede leerse como comodidad, como estilo juvenil, como identidad de grupo o, si alguien decide clasificarla así, como «provocación«. Nada en la tela obliga a esa última lectura. Es el observador —o la institución que habla en su nombre— quien la produce.
Lo verdaderamente inquietante, en términos de Roland Barthes, es el salto que convierte un signo en mito: la operación cultural mediante la cual «una alumna usa cierta prenda» se transforma, casi sin que nadie lo note, en «esa alumna está provocando«. Ese salto no es automático ni universal; es un mito, en el sentido preciso de Roland Barthes, porque disfraza de naturaleza de sentido común, de «así son las cosas«, algo que en realidad es una construcción histórica y arbitraria. Y como todo mito, funciona mejor cuando nadie se detiene a preguntarse de dónde salió.
Las estructuras invisibles
El estructuralismo ofrece aquí una herramienta simple y precisamente por simple es poderosa: identificar las oposiciones binarias que sostienen, sin decirlo abiertamente, el sentido común de una norma escolar. Decencia/indecencia. Orden/desorden. Disciplina/libertad. Responsabilidad individual/responsabilidad atribuida a la vestimenta. Cada una de estas parejas reparte, silenciosamente, quién queda del lado correcto y quién del lado sospechoso. Y en este caso concreto, la oposición que más trabajo hace es la última: cuando una institución regula la ropa de las alumnas para «evitar problemas«, está optando, aunque no lo diga en esos términos, por depositar la responsabilidad de la convivencia en el cuerpo de quien puede ser observada, y no en la conducta de quien observa.
Pierre Bourdieu añadió a esto una pieza que explica por qué normas así se sostienen sin necesidad de coerción explícita: la dominación simbólica como también lo es la dominación masculina, genera un mecanismo por el cual una jerarquía termina siendo aceptada, incluso por quienes la padecen, como si fuera simplemente porque así es «cómo son las cosas» (Bourdieu, 1998/2000). Que un grupo de alumnas haya salido a protestar sugiere, por cierto, que esa aceptación silenciosa no ocurrió —o no del todo—, lo cual es en sí mismo un dato sociológico interesante: el mecanismo de normalización tropezó.

La autoridad que nunca es suya
Hay un detalle en la respuesta institucional que merece más que una mención de paso: el anuncio de que el asunto se llevará al programa Escuela para Padres, y que si una madre o un padre autoriza expresamente que su hija use determinada prenda, el plantel dejará de llamarle la atención por ello. A primera vista suena razonable, incluso conciliador. Visto con más calma, revela algo distinto: la autoridad sobre el cuerpo de la alumna no regresa a la alumna. Se traslada, nada más, de la institución a la familia. Quien decide sigue sin ser ella.
Esto encaja casi con precisión de manual, en lo que Pierre Bourdieu describió como la manera en que la dominación simbólica circula entre instituciones que se refuerzan mutuamente, la escuela, la familia, sin que ninguna de las dos le devuelva a la persona regulada la capacidad de decidir sobre sí misma (Bourdieu, 1998/2000). La pregunta que debería hacerse cualquier lector atento no es si los padres deben o no participar en la educación de sus hijas —por supuesto que sí, y nadie serio lo discutiría—, sino por qué, en este esquema puntual, la palabra de la propia estudiante no aparece en ningún lugar de la ecuación.
¿Quién es responsable de la «provocación»?
Vale la pena descomponer, con calma, un argumento que en este caso ya no hay que suponer: el propio decano usó, en su declaración pública, la palabra «provocativas» para describir el tipo de prenda que se busca evitar, y explicó la medida como una manera de proteger a las alumnas —menores de edad— de una exposición corporal que consideró excesiva. Conviene tomarse en serio esa palabra, precisamente porque ya no es una interpretación de este texto, sino el vocabulario con el que la propia institución explicó su decisión. Y el argumento, cuando se sostiene, presupone varias cosas a la vez, y ninguna de ellas es inocente. Presupone que el deseo masculino es una fuerza poco menos que automática, casi mecánica, activada por un estímulo externo. Presupone, en consecuencia, que la responsabilidad de evitar una reacción indebida recae más en quien puede ser mirada que en quien mira. Y presupone, por último, una idea bastante pobre de la autonomía femenina: la de un cuerpo que debe autorregularse preventivamente, no porque haya hecho algo, sino por lo que otro podría llegar a hacer. Y esto señoras y señores, es violencia de género perpetrada por una institución educativa.
Frente a eso, conviene plantear la pregunta incómoda con toda claridad: ¿estamos ante una estrategia educativa o ante una estrategia de prevención basada en la restricción? Porque no es lo mismo enseñar a una comunidad escolar a respetar límites, a nombrar el acoso, a hacerse responsable de la propia conducta —eso sí sería, en sentido estricto, educar—, que resolver el problema regulando el cuerpo de quien, en el peor escenario, sería la víctima y no la responsable. La diferencia no es sutil. Es, de hecho, el centro de todo el asunto.
Educación o control
Ninguna institución educativa está exenta de tener que resolver tensiones de convivencia, y sería injusto —y falso— presentar cualquier código de vestimenta como un acto de mala fe. Hay argumentos legítimos que suelen invocarse: uniformidad, identificación, contexto formal, normas previamente aceptadas por la comunidad escolar. El problema no es que una institución tenga reglas. El problema aparece cuando esas reglas, en lugar de construir criterios de convivencia aplicables a todos por igual, terminan concentrándose casi exclusivamente en el cuerpo de las alumnas, y cuando el argumento implícito (aunque no se diga en voz alta) apela a la reacción de terceros como justificación. Ahí es donde la regulación legítima de la vida escolar se desliza hacia algo distinto: la administración del cuerpo femenino como fuente del problema, al que el poder debe domesticar, vigilar y castigar.
No es la primera vez
Y conviene decirlo con todas sus letras, porque ayuda a que este texto no se lea como el retrato de un incidente aislado: esta misma tensión ya se había hecho pública antes, dentro del propio BACHUAA. En 2018, estudiantes consultados por un medio local calificaron el reglamento de vestimenta de la institución como injusto, y señalaron —esto sí en cita textual de uno de ellos— que resultaba desigual que a las mujeres se les llamara la atención por ciertas prendas mientras que a los hombres, con shorts, no se les decía nada. En 2020, cerca de una tercera parte de las alumnas del turno matutino en el plantel Oriente acudieron un día de manera coordinada usando falda o short, como protesta organizada por un colectivo estudiantil, después de que una autoridad escolar —según se reportó entonces, y sin que este texto repita aquí la frase completa— justificara la restricción apelando a la etapa hormonal de las estudiantes como motivo para evitar distraer a los compañeros varones.
No hace falta insistir demasiado en el paralelismo. La lógica de fondo es tratar el cuerpo adolescente femenino, antes que nada, como una fuente de riesgo que hay que administrar. No nació esta semana en el plantel central. Lleva, por lo menos, ocho años reapareciendo en la misma institución, con generaciones distintas de estudiantes, distintos planteles y, probablemente, distintas autoridades al frente. Eso no exime de responsabilidad a nadie en particular. Pero sí desplaza la pregunta de «qué hizo mal tal directivo» a una bastante más incómoda: qué hay, en la cultura institucional de fondo, que produce el mismo conflicto una y otra vez, casi como si el reglamento estuviera destinado a chocar periódicamente con la misma resistencia. Genial, una universidad con licenciaturas en investigación educativa y Sociología que no usan ni para resolver sus problemas internos.

La modernidad también regula
Y no, esto no es un fenómeno de «otras culturas» que Occidente ya superó. Sería cómodo pensarlo así, pero sería también profundamente impreciso. La propia historia europea y americana está llena de episodios de regulación del cuerpo femenino, ejemplo de ello es el vestido, el cabello, la movilidad, el matrimonio, la exposición corporal considerada moralmente admisible, que no tienen nada que envidiarle, en su lógica de fondo, a los que a veces se atribuyen apresuradamente a sociedades «tradicionales» de otras latitudes. Universidades modernas, con presupuestos millonarios y discursos de inclusión, han publicado en años recientes instructivos que prohíben minifaldas y prendas «provocadoras» en nombre de un ambiente «respetuoso«, y han recibido, como respuesta, el mismo tipo de indignación que ahora vive Aguascalientes. Ningún país, ninguna institución, ninguna época reciente puede darse el lujo de sentirse automáticamente a salvo de estos mecanismos. ¡Viva Aguascalientes y sus hidro talibanes!
Las voces del espacio escolar
No tuve acceso personal a fotografías del plantel para este texto, así que me limito a lo que la cobertura periodística permite reconstruir: los mensajes aparecieron, según los reportes consultados, en los baños de mujeres y en los espejos del plantel, un espacio que la antropología suele describir como liminal, ni completamente público ni completamente privado, simplemente es un lugar donde la institución vigila menos y donde, por eso mismo, suele aparecer lo que en el pasillo no se dice. No hay manera de confirmar, con lo disponible hasta ahora, si cada mensaje fue obra de una sola persona o de varias, ni la identidad de quien los escribió, y no corresponde a este texto especular al respecto. Lo que sí puede observarse, como hecho documentado por la prensa local, es la elección misma del espacio: no un comunicado formal, no una carta a la dirección, sino una intervención directa sobre las paredes y los espejos del lugar donde, todos los días, esas alumnas se miran antes de salir al pasillo. Ahí hay un fuerte mensaje simbólico para el que la autoridad educativa está demostrando no estar capacitada para entender.
Más allá de la minifalda
Si este texto tuviera que resumirse en una sola idea, sería esta: el problema nunca fue el largo de una falda. El problema es la estructura de significados que permite que a cualquier institución, en cualquier época se le permita decidir que un cuerpo debe modificar su apariencia para prevenir la conducta de otro. Esa estructura tiene nombre en la teoría social, tiene historia documentada en Georges Duby y Michelle Perrot tiene un mecanismo simbólico descrito por Roland Barthes y Pierre Bourdieu, y tiene, sobre todo, una consecuencia muy concreta: cuando una comunidad educativa resuelve un problema de convivencia regulando el cuerpo de sus alumnas en lugar de educar la conducta de todos, está optando por el camino más fácil, no por el más justo.
Nada de esto exige, dicho sea de paso, atribuir mala fe a ningún directivo ni a ningún docente en particular. Es perfectamente posible sostener una crítica estructural sin convertirla en un señalamiento personal, y ese es, precisamente, el ejercicio que este texto intentó hacer: distinguir entre «la persona que dio la indicación es machista» sobre algo que no hay evidencia para afirmar y «la indicación reproduce una lógica cultural de carácter patriarcal«, que es una afirmación distinta, más difícil de sostener y, por eso mismo, más honesta.
Queda una tensión que la propia institución no explicó del todo, y que vale la pena dejar señalada antes de cerrar: se dice que la medida busca proteger a las alumnas, y al mismo tiempo se anuncia una sanción para quienes protestaron contra ella. Proteger con una mano y sancionar con la otra —a las mismas jóvenes, casi en la misma frase— es, quizá, el resumen más preciso de la contradicción que este texto trató de desmontar: una autoridad que se piensa benevolente puede, sin proponérselo, terminar tratando como falta disciplinaria la única herramienta que esas alumnas tenían a la mano para decir que no estaban de acuerdo.
Queda, también, la imagen del post-it en el espejo. Siete palabras, escritas de prisa, que una alumna de Aguascalientes —cuyo nombre no conocemos ni necesitamos conocer— dejó pegadas antes de que sonara el timbre: no me culpes por tu mirada. No hace falta ser antropólogo, historiador ni sociólogo para entender lo que ahí se está diciendo. Pero sí ayuda, y bastante, saber que esa frase no nació de la nada: viene de un siglo de debates sobre quién tiene derecho a decidir qué cuerpo es apropiado, y de una institución educativa que, sin proponérselo del todo, volvió a hacer la pregunta más vieja de todas. La respuesta, esta vez, la están escribiendo las propias alumnas. En un espejo. Con marcador.

Fuentes periodísticas consultadas
El Clarinete. (2026, 10 de septiembre). Desata inconformidad en Bachuaa prohibición por uso de faldas cortas y shorts.
JLM Noticias. (2026, 10 de septiembre). Estallan al restringirles en la UAA uso de falda y short.
JLM Noticias. (2026, 10 de septiembre). Decano: prendas no están prohibidas, pero sí hay reglas.
Hidrocálido Digital. (2026, 10 de septiembre). Alumnas de BACHUAA protestan por restricciones al uso de falda y short.
El Clarinete. (2018, 29 de agosto). Critican universitarios reglamento de vestimenta en BACHUAA.
Yahoo Noticias. (2020, 6 de marzo). BachUAA Oriente se manifiesta en contra del reglamento universitario.
Referencias académicas
Barthes, R. (2003). El sistema de la moda (E. Julien, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1967)
Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1998)
Douglas, M. (1973). Pureza y peligro: Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú (E. Prieto, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1966)
Duby, G. y Perrot, M. (Dirs.). (2000). Historia de las mujeres en Occidente (Vols. 1-5). Taurus. (Obra original publicada en 1990-1991)
Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber (U. Guiñazú, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1976)
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1975)
Mead, M. (2006). Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (E. Costa, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1935)
Scott, J. C. (2000). Los dominados y el arte de la resistencia: Discursos ocultos (J. Aguilar, Trad.). Ediciones Era. (Obra original publicada en 1990)







