El ingeniero sin título

Hay edificios que terminan pareciéndose a quienes los concibieron. El Templo de San Antonio de Padua, iluminado en la noche aguascalentense, parece una declaración silenciosa de carácter. Sus formas mezclan influencias distintas sin perder armonía. La obra desafía las categorías, pero no la coherencia.
Detrás de ella estuvo Refugio Reyes Rivas.
Lo extraordinario no es únicamente el resultado. También lo es el hombre.
Durante años observó el avance de aquella construcción desde la casa y oficina ubicadas frente al templo. Cada piedra colocada era una respuesta práctica al escepticismo de quienes dudaban que alguien sin formación académica formal pudiera alcanzar semejante dominio técnico.
Reyes nunca necesitó adornarse con títulos que no poseía. Su legitimidad provenía de algo más difícil de conseguir: el conocimiento demostrado.
Existe una diferencia profunda entre ser y aparentar.
La historia está llena de personas que construyeron prestigio a partir de su trabajo. También conocemos el fenómeno contrario: reputaciones levantadas sobre credenciales, influencias o membretes que pretenden conseguir en el papel aquello que todavía no existe en los hechos.
La paradoja resulta fascinante.
Refugio Reyes pasó su vida construyendo un templo sin llamarse ingeniero. Otros parecen haber encontrado una ruta más eficiente: llamarse ingenieros sin necesidad de construir nada extraordinario.
Los avances de la burocracia, al parecer, también alcanzaron a los milagros.
Quizá el problema sea una cultura donde el reconocimiento comienza a confundirse con la capacidad. Antes parecía necesario aprender, trabajar y, eventualmente, obtener prestigio. En ciertos espacios contemporáneos el orden puede resultar más conveniente: primero llega el cargo, después el reconocimiento y, si las circunstancias son particularmente favorables, quizá algún día llegue la preparación.
Existe algo admirable en quien sabe más de lo que presume. Lo contrario también existe, aunque generalmente necesita una firma más larga.
Más de un siglo después, San Antonio permanece.

Las construcciones humanas terminan revelando algo de sus autores. Algunas hablan de disciplina, talento y humildad. Otras necesitan placas, membretes y credenciales para sostenerse.
Las cúpulas suelen resistir más que las máscaras, aunque estas últimas tengan la ventaja de ser mucho más baratas de fabricar.
Al final, la piedra y el papel conservan evidencia.
La primera registra lo que una persona hizo. El segundo, algunas veces, solamente lo que habría querido ser.
La fotografía la tomé el 7 de enero de 2014 en el centro histórico de la ciudad de Aguascalientes.
Más allá de la mirada: Refugio Reyes Rivas no necesitó un título de ingeniero o arquitecto para transformar el paisaje de Aguascalientes. Su obra recuerda una distinción que ninguna credencial puede resolver por sí sola: la que existe entre ostentar conocimiento y demostrarlo.
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