Banderita tricolor: De rituales obsoletos y esperanzas
Para mis amigos maestros de la Cofradía
En algunos países de América Latina es relativamente sencillo observar que la institución escolar está abarrotada de rituales. Desde aquellos muy estructurados, como los “actos escolares”, hasta formas ritualizadas que atraviesan lo cotidiano, como las formaciones, el saludo a las autoridades, los premios y castigos, etc. Niños y jóvenes son expuestos a un conjunto de conductas estereotipadas y generalmente transmitidas de un modo repetitivo, y en apariencia carente de significación para ellos. Los docentes son los encargados de esa transmisión, que entendemos se produce, en la mayoría de los casos, de un modo rutinario, tradicional e inconsciente.
Pablo Daniel Vain
“¡Fraude! ¡Fraude!” Gritaron indignados. Recogieron sus cosas y con prisa abandonaron el plantel. Eran aproximadamente 15 jóvenes de una preparatoria particular que habían asistido al concurso de escoltas que cada año organizan autoridades del Instituto de Educación de Aguascalientes (IEA) y directores de bachilleratos particulares. Los seis integrantes de la escolta de esa institución nos habían impresionado con sus movimientos, había precisión y firmeza en cada uno de ellos. Se tomaron un tiempo adicional para hacer gala de creatividad y temple. Al final, todo era aplausos y reconocimiento. Para muchos no había duda, era la escolta triunfante; sin embargo, el jurado no pensó lo mismo y no le dio ningún lugar, porque simple y llanamente no había cumplido con el manual.
La demostración de escoltas se transformó en un espectáculo desafortunado y todo aquello que, con tino y excelencia, dijo la directora del plantel anfitrión, en torno al simbolismo de la bandera y al compromiso que tienen los estudiantes y maestro en este México convulso, simplemente quedó en el olvido. Aquello pareció más un espectáculo de jugadores encrespados por el marcador que un acto educativo y cívico. Con un malar sabor de boca, los aperitivos que nos ofrecieron amablemente los estudiantes de gastronomía de la escuela anfitriona perdieron su delicioso sabor original.
Me parece que esta experiencia viene a ser una muestra más de que muchas actividades de la ritualidad patriótica que se presenta en el mundo de la escuela mexicana se han desgastado, han perdido su valor original, por lo que urge modificarlas, incluso, algunas de ellas, desaparecerlas. Si en un tiempo de cultura posrevolucionaria (por ejemplo, con el gobernador Javier Garrido en Tabasco y los presidentes Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas), ciertos desfiles, coros, héroes y estampas escolares imitaban para ganar adeptos la ritualidad católica de peregrinaciones, santos y ceremonias religiosas, ahora los rituales escolares están desgastados y, en su lugar, parece haber entrado el mundo del espectáculo y los eventos comerciales.
Tal vez tenía razón el cronista Carlos Monsiváis cuando decía que muchos mexicanos se manifiestan patriotas y se desgarran la camisa por su país cuando ven jugar a la selección nacional de futbol, pero no asumen las responsabilidades ciudadanas que necesitamos. O cuando Octavio Paz interpretaba y cuestionaba la idea y estereotipo negativo de que el mexicano macho y pseudopatriota “nunca se raja”.
La pregunta que hago es ¿qué tanto han influido los rituales cívicos de las escuelas del país en la formación integral de los niños y jóvenes? Me atrevo a decir que de tanto repetir estos actos el objetivo ha perdido su sentido primordial. Peor aún, en aras de “fomentar el respeto a los símbolos patrios”, en no pocas escuelas se descuidan aquellas actividades que son necesarias para la buena formación de las y los estudiantes.
Recuerdo mi época de estudiante de licenciatura cuando el educador Pablo Latapí nos decía reiteradamente que la educación de los niños y los jóvenes sería otra si en las escuelas los directivos y maestros dejaran de organizar concursos, asistir a tanta reunión y realizar actividades que poco o nada tienen que ver con el cumplimiento de los objetivos de aprendizaje, con la educación. Quizás el maestro Latapí exageraba, tal vez no todo es desechable y siga siendo necesario mantener ciertas tradiciones escolares. Cada uno de los amables lectores de este texto recordará su experiencia con esta cultura cívica y patriótica en sus escuelas.
Yo hubiera querido dedicarme a otra cosa en lugar de perder tiempo marchando y obedeciendo órdenes como pequeño soldadito. Pero también recuerdo gratamente ciertos cantos y poemas a la patria que aprendí de niño en la Escuela “21 de Agosto” y, luego, en la Secundaria Federal N° 1, “Lic. Benito Juárez”, mi participación en los desfiles del 20 de noviembre por el centro de la ciudad.
No ignoro que todo aquello tenía sus raíces en una cultura que tuvo lugar durante el porfiriato y, con mayor fuerza, en la época posrevolucionaria, y que sigue teniendo su razón de ser para fomentar ciertos valores de identidad y solidaridad, en el marco de una ideología laica y liberal. Y tampoco desconozco que también es una estrategia de gobernantes para legitimarse en el poder. Esta cultura nacionalista, además, no es exclusiva de México.
Por formación en escuelas públicas, yo fui juarista y cardenista. Y ahora lo soy también por convicción. Recuerdo aún, de la tradición indigenista de la escuela pública, un bello poema de Nezahualcóyotl, “el rey poeta”: “Amo el canto del cenzontle,/ pájaro de cuatrocientas voces,/ amo el color del jade/ y el enervante perfume de las flores/, pero amo más a mi hermano,/ el hombre”. También recuerdo que cataba el Himno Agrarista y un canto a Lázaro Cárdenas, en el que se reivindicaba a los obreros, esos trabajadores que laboran mucho y ganan poco, y de quienes ya pocas autoridades de gobierno se acuerdan.
En primaria participé en un grupo coral, con un traje rosa mexicano, en forma de karategui, recitando el poema “Juárez”. A mí y a otros compañeros nos tocaba memorizar y recitar varios fragmentos, al mismo tiempo que caminábamos lentamente para hacer figuras con nuestros cuerpos, Y, con voz un tanto impostada, declamamos: “Entre humos de copal, volvieron a la tierra tus ancestros, Benito, y no lloraste, y te quedaste solo…”. El poema se interpretaba como un homenaje lírico a Benito, evocando imágenes de rituales indígenas (el copal. Juárez era indio zapoteca) y con la idea de retorno de los ancestros a esta tierra después de morir (Benito era huérfano). Como se puede apreciar, el mensaje era que nosotros, siendo niños, viéramos al prócer de la historia de México como una persona de nuestra edad, y nos identificáramos con él.
Pero este tipo de ceremonias y eventos cívicos nada tienen que ver con los concursos que provocan descontento, enojo e insultos, como el que me tocó presenciar en aquel bachillerato. Creo que ya es tiempo de que quienes por convicción o tradición convocamos a participar en eventos de esta naturaleza busquemos otras formas de crear en los niños y jóvenes un sentido patriótico más apegado a los nuevos tiempos.
Los enemigos del siglo XXI no son los invasores del siglo XIX, por lo que ya es hora de que nuestra educación cívica atienda los graves problemas que vivimos hoy en día, como la inseguridad, la ignorancia y la banalidad en la que muchos niños y jóvenes se están formando.
Desde la educación cívica tenemos que pasar de un México agresivo y dolido a un México generoso y educado, próspero y alegre. Y los maestros y todos aquellos que nos dedicamos a la educación escolar en el país, en Aguascalientes, tenemos mucho que hacer al respecto. En la actualidad, parece que de la “Suave Patria”, de Ramón López Velarde, transitamos a algo que ya no parece ser patria, aunque, parafraseando este poema, escuchamos, aún en el brinco de su ida y venida, la ruleta de nuestra vida.
Por ello, creo que hay confianza todavía, muestras de solidaridad entre la gente y posibilidades de recuperar la tranquilidad que tuvimos. Y en este marco, los adultos, no sólo los educadores, podemos trabajar esforzadamente para que los adolescentes y jóvenes conserven su alegría y sean cada vez más responsables y estudiosos, y para que los niños de hoy, los más pequeños, los de preescolar, tengan un mejor futuro y, con su inocencia, puedan recitar todavía, este 24 de febrero, con un tono de esperanza: “Banderita, banderita/ Banderita tricolor/ Yo te doy toda mi vida/ Y también mi corazón”.
* Este texto se elaboró retomando dos experiencias: una presenciando un concurso de Escoltas en bachillerato y un festejo por el Día de la Bandera, siendo director de Educación Media Superior y Superior en el IEA.

