Primera caída: El cuerpo como insulto: dominación masculina y violencia simbólica en el lenguaje legislativo de Morena
El 1 de junio de 2026, durante la sesión de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión en la que se declaró la constitucionalidad de la reforma al artículo 41 constitucional que introduce la nulidad de elecciones por intervención extranjera la diputada morenista Beatriz Andrea Navarro Pérez, representante de Nayarit, pronunció desde la tribuna una frase de rúbrica que no era retórica improvisada sino un mecanismo de dominación codificado: «Así como dicen en la jerga popular, quien da la espalda da las nalgas, y ustedes ya les dieron las nalgas a los países extranjeros. Son traidores a la patria, hijos de nadie porque no tienen identidad.«

La declaración fue la respuesta al gesto simbólico de los legisladores del PAN y el PRI, encabezados por Carolina Viggiano, Rubén Moreira y Mayuli Martínez, quienes durante la declaratoria se pusieron de pie pero dieron la espalda a la Mesa Directiva presidida por la senadora Laura Itzel Castillo. Un gesto político al que la diputada Beatriz Andrea Navarro Pérez respondió con lenguaje corporal sexualizado dirigido a la oposición como colectivo.
Lo que ocurrió en esa tribuna no fue un exabrupto circunstancial. Fue una forma de violencia simbólica de manual, ejecutada desde el pleno del Congreso de la Unión, y su análisis requiere ir más allá del escándalo inmediato.
«Quien da la espalda da las nalgas»: no es jerga popular inocente. Es la movilización del cuerpo femenino —o de la postura corporal feminizada— como instrumento de degradación política.
El evento: contexto legislativo
La Comisión Permanente avaló dos reformas constitucionales el 1 de junio: la primera pospone la elección judicial al año 2028 y garantiza la permanencia de cuatro magistrados electorales; la segunda, propuesta por el diputado Ricardo Monreal, modifica el artículo 41 constitucional para establecer como causal de nulidad electoral la existencia de actos de «intervención o injerencia» extranjera acreditados. Veinticuatro congresos locales respaldaron esta última modificación.
La oposición argumentó que el acto de dar la espalda expresaba rechazo al principio de no reelección que la primera reforma vulnera, y que el gobierno de Morena fabricaba el pretexto de la soberanía para blindar a funcionarios investigados por vínculos con el crimen organizado referencia directa al gobernador Rocha Moya y al caso Sinaloa. Rubén Moreira lo dijo con crudeza: «Por eso dimos la espalda, porque acaban de violar el principio de no reelección«.


La Barra Mexicana de Abogados había ya advertido que la nueva causal resulta «vaga y subjetiva«, susceptible de aplicarse selectivamente para anular resultados electorales adversos al partido gobernante. Ese debate técnico, que era el debate pertinente, fue sustituido por la diputada Beatriz Andrea Navarro Pérez con lenguaje de taberna.
Bourdieu: el capital simbólico como arma y la dominación masculina reproducida por mujeres
Pierre Bourdieu desarrolló su concepto de dominación masculina a partir de la observación de que el orden de género no requiere agentes masculinos para reproducirse: basta con que los esquemas cognitivos de ese orden sean incorporados como disposiciones por todos los actores del campo, incluidas las mujeres. En La domination masculine (1998), Pierre Bourdieu describe cómo la violencia simbólica funciona precisamente porque quien la ejerce y quien la padece comparten los mismos esquemas de percepción, lo que hace invisible el ejercicio del poder.

La frase de la diputada Beatriz Andrea Navarro Pérez activa uno de los esquemas más arraigados de ese orden: la reducción del cuerpo, y específicamente del cuerpo sexuado en postura pasiva, a signo de humillación. En la lógica de la dominación masculina descrita por Pierre Bourdieu, la posición de las «nalgas» remite al sometimiento sexual pasivo, esquema que en la cultura popular mexicana tiene una carga inequívocamente degradante. Utilizar ese esquema como insulto político equivale a decir: quien pierde el terreno político queda en posición de subordinación sexual. ¿Entonces para Beatriz Andrea Navarro Pérez ser mujer es una condena de subordinación?
Lo que Pierre Bourdieu denomina violencia simbólica opera aquí de forma doble: el insulto degrada al adversario mediante la feminización de su postura política, convertirlo en el sometido, el penetrado, el que «da« y al mismo tiempo naturaliza ese esquema como criterio de jerarquía. El efecto no es sólo retórico: activa en los oyentes esquemas corporales de dominación que ellos mismos reconocen como válidos, aunque nadie los haya explicitado como tales.
En Bourdieu, la violencia simbólica no requiere coerción física: se ejerce con la complicidad de quienes la padecen porque ambos comparten los esquemas cognitivos que la hacen posible. La tribuna del Congreso no es ajena a ese mecanismo,
El doble efecto de una mujer ejerciendo dominación masculina
El análisis basado en Pierre Bourdieu permite entender algo que la cobertura mediática frecuentemente omite: el hecho de que sea una legisladora mujer quien emplea el lenguaje de la dominación masculina no neutraliza el efecto de ese lenguaje, sino que lo amplifica de una manera específica.
En el campo político una mujer que reproduce los esquemas de la dominación masculina y lo hace desde la tribuna más institucional del Estado, emite simultáneamente dos mensajes. Primero: que ese lenguaje es políticamente eficaz, es decir, que las coordenadas del cuerpo masculino como insulto sexualizado funcionan como moneda reconocida en el intercambio de capital simbólico. Segundo, y esto es lo que Pierre Bourdieu llama la incorporación del habitus: que quien lo usa ha interiorizado esos esquemas como propios, como armas disponibles, lo cual demuestra hasta qué punto la dominación masculina no es un asunto de hombres sino del orden simbólico en que todos hombres y mujeres aprendemos a movernos.

Hay además, un efecto institucional de legitimación. Cuando el insulto sexualizado y degradante proviene de una mujer desde la tribuna del Congreso, ¿se borra la posibilidad de nombrarlo como violencia de género? Se convierte en «jerga popular«, la propia diputada lo encuadró así, y se desactiva el reclamo. El poder de la dominación masculina, en términos bourdianos, reside precisamente en hacerse invisible bajo la apariencia de lo natural, lo espontáneo, lo popular.
Violencia simbólica institucional y degradación del debate constitucional
Hay que decirlo sin eufemismos: lo que la diputada Beatriz Andrea Navarro Pérez, hizo en la tribuna del Congreso no fue solo una falta de decoro. Fue la sustitución del debate constitucional por el insulto corporal sexualizado, en un momento en que el país discutía una modificación de enorme trascendencia para el sistema electoral.
La Barra Mexicana de Abogados tenía argumentos técnicos sobre la vaguedad de la causal de nulidad. Los legisladores opositores tenían razones políticas, discutibles, pero razones para su protesta. El oficialismo pudo haber respondido con derecho constitucional comparado, con argumentación sobre soberanía, con estadísticas sobre la intervención extranjera documentada en otros países. Eligió, en cambio, la frase que reduce al adversario político a un cuerpo en postura sexualizada de sumisión.
Esto es lo que en términos de campo político Pierre Bourdieu llamaría la conversión del capital simbólico: la diputada convirtió la protesta simbólica de la oposición, dar la espalda, en un capital que ella podía resignificar mediante un insulto que activa esquemas de dominación más profundos que el debate constitucional. Ganó el intercambio en los términos del campo del espectáculo político. Perdió en los términos de la calidad institucional del Estado.
El Congreso es el lugar donde el Estado le habla a sí mismo sobre sus propias reglas. Cuando ese lenguaje se degrada al insulto corporal sexualizado, no es solo retórica: es la institución diciéndonos qué tipo de poder considera legítimo.
La pregunta que nadie hace
Ni el PAN ni el PRI, cuyas legisladoras y legisladores fueron el blanco directo del insulto, presentaron queja formal alguna ante la Comisión de Ética. Nadie solicitó a la Mesa Directiva que hiciera constar en actas la improcedencia del lenguaje. El escándalo duró el ciclo de redes sociales unas horas, y fue sustituido por el siguiente incidente.
Esta normalización es parte del problema. La violencia simbólica, como Pierre Bourdieu insistió hasta el final de su obra, es más eficaz cuanto menos se la nombra. Cuando el insulto corporal sexualizado pasa a ser «el nivel que ya caracteriza al oficialismo«, frase de un medio de análisis político se produce la naturalización que el campo necesita para reproducirse.
La pregunta relevante no es si la diputada Beatriz Andrea Navarro Pérez, tiene o no derecho a hablar con lenguaje de taberna. La pregunta es: ¿qué dice sobre el estado del campo político mexicano que ese lenguaje sea la moneda de intercambio en una sesión constitucional? ¿Y qué dice sobre la incorporación del habitus de dominación masculina el hecho de que sea una mujer quien lo acuñe sin que nadie dentro ni fuera de su partido lo interpele?
Nota final: lo que el Congreso le debe al país
Hay debates que México necesita tener con urgencia: si la nueva causal de nulidad electoral es constitucional o es un instrumento de control; si el aplazamiento de la elección judicial viola el principio de no reelección; si el concepto de «injerencia extranjera» tiene los contornos jurídicos necesarios para no convertirse en pretexto.
Esos debates no ocurrieron el 1 de junio de 2026. Ocurrió, en cambio, que una legisladora de la mayoría parlamentaria convirtió el cuerpo de sus adversarios políticos en material de insulto sexual desde la tribuna más alta del Estado, y que el sistema la dejó hacerlo sin consecuencia alguna.
Pierre Bourdieu terminó “La domination masculine” con una frase que vale la pena recordar aquí: el orden masculino se inscribe en las cosas y en los cuerpos, en los campos y los habitus, con tal fuerza que no necesita justificación. Esa inscripción quedó bien visible el lunes en el Congreso de la Unión. Lo que no quedó visible fue quién tiene la obligación de nombrarla.
Referencias
Bourdieu, P. (1998). La domination masculine. Éditions du Seuil.
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