DISCURSO SEGUNDO INFORME LEGISLATIVO DE LA SENADORA NORA RUVALCABA GÁMEZ

Muy buenas tardes a todas y a todos.
Saludo con respeto y afecto a representantes del Gobierno de México; a gobernadoras y gobernadores aquí presentes; a senadoras, senadores, diputadas y diputados federales y locales de Morena; a las autoridades militares; a representantes de los sectores productivo, educativo y social de Aguascalientes; a los medios de comunicación; a la militancia de nuestro movimiento, a mi familia y, sobre todo, al maravilloso pueblo de Aguascalientes.
Gracias por estar aquí.
Hace un año dije convencida que nada ni nadie detendría la transformación y que, tarde o temprano, esta llegaría a nuestro estado.
Hoy afirmo con claridad que México atraviesa una etapa de profunda transformación marcada por la recuperación de la responsabilidad social del Estado.
Y puedo afirmar que, cada vez con mayor fuerza, crece en Aguascalientes una conciencia pública sobre la necesidad de tener gobernantes que realmente estén al servicio del pueblo y no de unos cuantos.
Frente a los tiempos que hoy vive el país, cada vez somos más quienes comprendemos que nuestro estado no puede permanecer ajeno al proceso de transformación nacional que vive México.
Tiempos en los que se confrontan dos visiones profundamente distintas sobre el rumbo del país: una que busca un modelo basado en la justicia social y la prosperidad compartida, y otra, muy distinta, que apuesta por alianzas internacionales para instaurar agendas e intereses extranjeros que pretenden vulnerar la soberanía nacional y arrebatar el poder al pueblo.
Y precisamente frente a ese momento histórico, el sabio pueblo de México tomó una decisión de fondo: elegir un gobierno que entiende que el poder se ejerce para servir y no para servirse.
Y ese rumbo lo encabeza nuestra presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo.
Una mujer con formación científica, con sensibilidad social y con un profundo compromiso con el desarrollo del país.
Bajo su liderazgo, México no solamente ha dado continuidad al proceso iniciado en 2018 por el licenciado Andrés Manuel López Obrador; hoy en nuestro país se consolida el segundo piso de la transformación mediante el crecimiento económico con bienestar social, a través del fortalecimiento institucional y la ampliación de derechos para millones de mexicanas y mexicanos.
Y desde esa perspectiva conviene preguntarnos qué es, en realidad, una transformación.
Porque los cambios profundos en la vida pública de las naciones no comienzan cuando se modifica una ley ni cuando termina un periodo de gobierno.
Las transformaciones auténticas ocurren cuando una sociedad redefine sus prioridades, fortalece sus instituciones y construye una nueva visión sobre su propio futuro.
Durante décadas, los gobiernos del PRI y del PAN privilegiaron sus intereses políticos y económicos por encima de los del pueblo y, en consecuencia, la prosperidad permaneció reservada para una élite.
Aquella lógica también transformó la manera de ejercer el gobierno. La función pública dejó de concebirse como herramienta para ampliar oportunidades, reducir desigualdades y proyectar el desarrollo de largo plazo. En su lugar, se asumió que el crecimiento económico, por sí solo, resolvería los principales desafíos sociales del país.
Sin embargo, los resultados de ese modelo terminaron revelando -tarde o temprano- sus propias limitaciones.
La exclusión social persistió en amplios sectores de la población, la desigualdad continuó condicionando las oportunidades de millones de personas y las instituciones fueron perdiendo capacidad para responder eficazmente a desafíos cada vez más complejos.
Esa realidad obligó a replantear una pregunta fundamental: ¿cuál debe ser el papel del Estado en la construcción del desarrollo compartido?
Por ello, uno de los cambios más significativos que vive hoy México bajo el liderazgo de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo consiste en la recuperación de una idea fundamental: el servicio público existe para servir al pueblo y ampliar sus oportunidades de bienestar, no para preservar privilegios o intereses particulares.
Y precisamente ahí radica la importancia de este cambio de paradigma: sus resultados comienzan a reflejarse en distintos ámbitos de la vida nacional.
De acuerdo con el INEGI, más de 13.4 millones de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza entre 2018 y 2024.
Al mismo tiempo, la clase media registró un crecimiento cercano al 12%, pasando de representar poco más de una cuarta parte de la población a concentrar prácticamente cuatro de cada 10 mexicanos.
Al tiempo, la recuperación del ingreso laboral constituye otro de los indicadores más relevantes de este proceso.
Mientras en 2018 el salario mínimo general ascendía a apenas 88 pesos diarios, para 2026 supera ya los 315 pesos diarios.
Para este 2026, se proyecta que más de 42.9 millones de personas sean beneficiarias de alguno de los programas de Bienestar del Gobierno de México mediante una inversión pública superior a un billón de pesos.
Para el caso de Aguascalientes, aquí, más de 400 mil personas son beneficiarias de estos programas sociales que lograron elevarse a rango constitucional y convertirlos en un derecho de todas y todos.
Es así que detrás de este esfuerzo no existe únicamente una política de transferencias económicas, sino una concepción distinta del desarrollo que reconoce la obligación del Estado de generar condiciones para que todas las personas puedan acceder a más oportunidades que les permita mayor movilidad social.
A ello se suma una economía que continúa atrayendo inversiones productivas y consolidando su posición estratégica dentro de América del Norte.
Tan sólo durante el primer trimestre de 2026, la inversión extranjera directa alcanzó una cifra histórica superior a los 23 mil 500 millones de dólares.
Y a pesar de narrativas de la derecha que promueven una presunta catástrofe económica, Estados Unidos, España, Japón, Canadá y Australia continúan viendo en México una plataforma atractiva para la expansión industrial, logística y tecnológica.
Incluso en un contexto internacional marcado por el proteccionismo comercial, conflictos bélicos, incertidumbre financiera y reconfiguración de cadenas productivas, México ha mantenido condiciones de estabilidad que permiten planear un futuro con mayor certidumbre.
La inflación permanece bajo control y el tipo de cambio ha conservado niveles de estabilidad cercanos a los 17 pesos por dólar.
Más allá de estas cifras, lo verdaderamente relevante consiste en comprender qué hace posible estos avances.
Después de todo, ninguna transformación se sostiene exclusivamente sobre indicadores.
Su permanencia depende de instituciones eficaces, visión estratégica y gobiernos capaces de pensar más allá de la inmediatez para construir condiciones de desarrollo compartido para las próximas generaciones.
En ese sentido, la calidad de un gobierno se mide por políticas públicas, programas y condiciones que garanticen bienestar y desarrollo para su población.
Es decir, gobernar implica mucho más que administrar el presente; implica construir los cimientos del futuro.
Y precisamente bajo esa reflexión debemos analizar el momento que vive Aguascalientes, pues también está llamado a responder a los desafíos de su tiempo y a las exigencias de su propia realidad.
Sin embargo, durante los últimos años hemos observado cómo las prioridades públicas se han centrado en la construcción de percepción, la promoción permanente de la imagen gubernamental y la búsqueda constante de aprobación del pueblo.
Mientras tanto, temas fundamentales para el futuro del estado, como el agua, la seguridad, la movilidad social, la diversificación económica o la planeación de largo plazo, continúan exigiendo respuestas de fondo.
Es ahí donde Aguascalientes enfrenta uno de los mayores desafíos de su historia reciente.
Porque nuestro estado posee condiciones extraordinarias para convertirse en uno de los polos de desarrollo más importantes del país.
Su ubicación estratégica, vocación industrial, infraestructura, sistema educativo y la calidad de su talento humano le otorgan ventajas excepcionales frente a otras regiones de México.
Nuestra historia así lo demuestra.
Aguascalientes surgió como punto de articulación económica y territorial del país.
Fue una ruta y espacio de intercambio comercial, tierra ferroviaria, líder textil y hoy referente de productividad automotriz.
Aquí se consolidó una cultura del trabajo, de disciplina, de mérito y de movilidad social que continúa definiendo el carácter de nuestra sociedad, una tierra de gente buena.
Por ello, el principal desafío de Aguascalientes ya no es la visión de su sector empresarial y de sus instituciones educativas.



Es de su conducción pública.
Porque ninguna sociedad desarrolla plenamente su potencial cuando las instituciones gubernamentales quedan atrapadas en una visión reduccionista de marketing político y compra de voluntades.
Y precisamente ahí aparece uno de los grandes debates de esta tierra: qué tipo de servicio público necesita Aguascalientes para aprovechar plenamente sus capacidades históricas, productivas y humanas.
Josefa Ortiz Téllez-Girón dejó una reflexión que conserva plena vigencia para nuestro tiempo: “No debe premiarse a quien sirve a la patria, sino castigar a quien se sirve de ella”.
Bajo esa misma convicción, nuestra presidenta Claudia Sheinbaum ha establecido una premisa fundamental para la vida pública: sin influyentismo, sin nepotismo, sin corrupción y sin impunidad, recordando también algo esencial: el presupuesto no pertenece a los funcionarios; es dinero del pueblo que debe ser cuidado y bien invertido.
En tanto, el filósofo Alfonso Reyes Ochoa comprendía que la política debía ejercerse con inteligencia, sensibilidad y sentido histórico; no desde la frivolidad, la improvisación o la superficialidad administrativa.
En resumen, estas ideas coinciden en algo fundamental: el servicio público exige integridad, preparación, responsabilidad intelectual y una noción de deber frente a la sociedad.
Esa tradición republicana del servicio público —austera, profesional, culta y profundamente comprometida con el interés colectivo— es la que hoy debemos reivindicar en Aguascalientes.
Y ello sólo es posible bajo un principio irrenunciable: ninguna persona y ningún grupo por poderoso que parezca pueden estar por encima de la ley.
Porque una cosa es aparentar que se gobierna y otra muy distinta gobernar. Lo primero depende de la propaganda; lo segundo, de la capacidad técnica para construir instituciones, resolver problemas y generar bienestar para las personas.
En esa tesitura, Aguascalientes requiere visión estratégica y planeación de largo plazo como:
- Combate a la corrupción y reingeniería gubernamental para evitar duplicidad de funciones.
- Infraestructura que conecte con el futuro.
- Educación que combine innovación con humanismo.
- Salud universal para todas y todos.
- Inteligencia, coordinación y atención a las causas para una mejor seguridad
- Una economía de alto valor agregado.
- Gestión técnica del agua.
- Protección del medio ambiente con acciones transversales.
- Mayor movilidad social.
- Inclusión para grupos históricamente excluidos.
- Y una profunda recuperación ética e intelectual del servicio público.
Porque nuestro estado no merece resignarse a la superficialidad política cuando posee todas las condiciones para convertirse en referente nacional de innovación, desarrollo industrial, educación y competitividad.
Amigas y amigos:
Los cambios profundos en la vida pública ocurren cuando una sociedad entiende que ya no puede seguir viviendo por debajo de sus propias capacidades.
Y creo sinceramente que Aguascalientes ha llegado a ese punto.
Nuestro estado cuenta con condiciones extraordinarias para convertirse en un referente nacional de innovación y competitividad.
Hay talento, infraestructura, capacidad productiva y una sociedad que durante generaciones ha construido prestigio en una cultura de trabajo pacífica y sana.
Lo que hace falta ahora es una visión capaz de conducir todo ese potencial con seriedad y sentido de futuro.
Una que entienda que gobernar consiste en preparar el estado que queremos tener dentro de veinte años.
Y estoy convencida de que el pueblo hidrocálido ya está exigiendo legítimamente resultados concretos y una vida pública a la altura de lo que es Aguascalientes.
Amigas y amigos, quiero decirles que tengo claridad absoluta sobre algo:
Vienen meses, semanas, días y momentos decisivos para el futuro de Aguascalientes.
Y precisamente porque entiendo la dimensión del momento histórico que estamos viviendo, también tengo claro que seguiré poniendo toda mi capacidad, toda mi experiencia, todo mi corazón y toda mi convicción al servicio de esta tierra y de su gente buena.
Porque quiero profundamente a Aguascalientes y sé de lo que somos capaces.
Es hora de que Aguascalientes recupere su rumbo, su visión y que esté a la altura de lo que el pueblo exige.
Es hora de transformar Aguascalientes de la mano del pueblo.
¡Que viva Aguascalientes!







