EL PODER POLÍTICO: ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO

EL PODER POLÍTICO: ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO

A manera de constructo puede definirse al poder como la capacidad institucionalizada de tomar decisiones obligatorias para una colectividad, orientadas a organizar la vida común y respaldadas por un principio de legitimidad.

El poder político promete estabilidad frente al caos, transformación de estructuras sociales y dirección colectiva. Se presenta como necesidad histórica, como responsabilidad inevitable, como servicio público. Pero detrás de esa racionalidad institucional pulsa otra dimensión menos visible: el deseo.

En efecto, el poder no se comprende únicamente desde una lógica instrumental. No basta con ejercerlo; se aspira a él. No se busca únicamente gobernar, sino ocupar el centro del escenario público, ser reconocido como quien decide. 

El poder no es un accidente moral ni una desviación individual: es un componente constitutivo de la política. Seduce no solo por lo que permite hacer, sino por lo que simboliza: autoridad, centralidad, validación social.

Para Georg Wilhelm Friedrich Hegel, la lucha por el reconocimiento funda la vida social. El poder concentra esa validación; afirmación ante los otros.

Friedrich Nietzsche habló de la voluntad de poder como una fuerza constitutiva de lo humano: no necesariamente política, sino impulso de expansión y autoafirmación. La política no escapa a esa dimensión. El problema no es desear el poder; el problema es cuando el poder deja de ser medio y se convierte en un fin en sí mismo. El problema es cuando el deseo antecede al sentido de servicio y desplaza al sentido de responsabilidad.

En la película Ese oscuro objeto del deseo, Luis Buñuel retrata el deseo como una fuerza obsesiva que nunca se satisface del todo y desestabiliza al sujeto que desea. El personaje femenino, encarna dos facetas contrapuestas: una distante y racional; otra ambigua y fragmentada, imposible de poseer del todo. El deseo aparece como inestable, contradictorio, escindido: atrae y rechaza, promete y se niega.

Su significado cambia según la mirada de quien lo ambiciona: para unos representa transformación; para otros, estabilidad. Para algunos, justicia; para otros, dominación y, sin embargo, nunca colma completamente a quien lo ejerce.Este núcleo de ambigüedad es lo que lo vuelve fascinante.

El poder político seduce porque promete aquello que falta. Se desea no solo ejercerlo, sino ser visto ejerciéndolo. La validación pública alimenta tanto como la capacidad efectiva de mando. Pero su lógica es inestable: nunca se satisface del todo y puede terminar protegiéndose incluso a costa de los principios que lo justificaban

Cuando el poder deja de entenderse como medio y se convierte en fin en sí mismo, su lógica cambia. Ya no importa transformar la realidad, sino conservar la posición. 

Michel Foucault advirtió que el poder no es algo que simplemente se posee: circula, se infiltra en discursos, normas y prácticas. Por eso su dimensión más inquietante no siempre es visible. Se presenta como sentido común, como necesidad histórica, como voluntad popular indiscutible. Y cuando se reviste de moral superior, su cuestionamiento parece casi sacrilegio.

El poder es una de las realidades más omnipresentes y, al mismo tiempo, más elusivas de la vida social. Se invoca para explicar decisiones, jerarquías y conflictos, pero rara vez se examina en su dimensión más profunda. Llamarlo oscuro objeto del deseo alude a su carácter ambiguo y seductor, así como a la dificultad de aprehenderlo sin quedar atrapado en sus efectos.

Cuando el poder se vacía de contenido el poder suele banalizarse. Hannah Arendt mostró que el mal no siempre proviene de la perversión consciente. Del mismo modo, el deseo de poder no es necesariamente perverso, pero puede tornarse peligroso si se ejerce sin una finalidad objetiva y si se conserva sin justificación moral.

El poder no es ni neutral ni puro, refleja las ambivalencias de la condición humana. Puede organizar la vida colectiva y, al mismo tiempo, degradarla; proteger derechos o anularlos; ser instrumento de emancipación o de dominación.

Llamar oscuro al poder no implica demonizarlo ni declararlo incomprensible o inevitable. Por el contrario, el pensamiento crítico tiene la obligación ética de hacerlo visible, en sus prácticas, discursos y efectos, someterlo al juicio democrático y evitar que su ambigüedad se convierta en destino.

Comprender el poder exige renunciar a explicaciones simplistas y asumir que toda sociedad debe vigilar críticamente la forma en que se ejerce, se justifica y se reproduce. Pensarlo como ese oscuro objeto del deseo permite desmontar dos ilusiones: la neutralidad del poder y la pureza de las intenciones.

En última instancia, toda sociedad enfrenta la misma disyuntiva: permitir que el deseo de poder se imponga sobre el poder como servicio, o someterlo a vigilancia democrática constante. 

El uso distorsionado del poder no se evita esperando políticos virtuosos. La contención del poder no depende de la pureza moral de quienes lo ocupan, sino de instituciones sólidas, ciudadanía crítica y cultura política madura. El límite no debe residir en la buena voluntad, sino en reglas claras y contrapesos efectivos.

Jesús Medina Olivares
Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

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