REFLEXIONES DEL PODER. NO. 2 PODER Y LEALTAD

REFLEXIONES DEL PODER. NO. 2 PODER Y LEALTAD

El poder y la lealtad configuran una relación tensa, casi siempre asimétrica. Y es que el poder siempre conserva la capacidad de remplazar, la lealtad, en cambio, difícilmente puede existir al margen de quien lo ejerce, porque necesita de poder para validarse y su permanencia depende de su reconocimiento.

En política, la lealtad se invoca con frecuencia, pero rara vez se somete a examen. Se le presenta como virtud incuestionable, como prueba de carácter y compromiso. Sin embargo, no toda lealtad es saludable, ni toda lealtad fortalece al poder o a las instituciones; Algunas, de hecho, las erosionan desde dentro.

La lealtad puede ser un vínculo libre, sostenido en convicciones, valores compartidos y reconocimiento mutuo; o puede convertirse en una moneda de cambio cuando entra en juego el poder.

Maquiavelo entendió con claridad que el poder no se sostiene solo en la fuerza, sino en los vínculos que lo rodean. Pero también supo distinguir entre lealtad funcional y lealtad ciega. La primera sirve al gobierno; la segunda lo debilita. Por eso advertía que el verdadero termómetro de un gobernante no está en su discurso, sino en su entorno. “El juicio primero que se forma de un soberano y de su entendimiento se apoya en el examen de los hombres que le rodean”. No es una frase menor: es una regla elemental de política.

Cuando la lealtad se define como obediencia personal y no como compromiso con principios y resultados, deja de ser virtud y se convierte en un mecanismo de control. El leal ya no es quien advierte, corrige o cuestiona, sino quien protege, justifica y calla. En ese punto, la lealtad deja de servir al poder público y pasa a servir al poder personal.

Es aquí donde aparece otro tema igual de controvertible. La amistad, no como valor en sí mismo, sino como coartada. En este contexto, los cargos otorgados por amistad suelen presentarse como gestos de confianza, pero en realidad revelan otra cosa: Inseguridad y la incapacidad del poder para tolerar la autonomía.

Este representa uno de los nudos más caros del poder. No se puede tratar al Estado y sus instituciones como si fueran simplemente medios para el reparto de prebendas. Weber ya anticipa el concepto de “mercado electoral” en tal sentido

Cuando los cargos públicos se asignan por lealtad y no por mérito, las consecuencias no son solo administrativas: son institucionales, políticas y sociales, y se acumulan con el tiempo.

Maquiavelo fue implacable en esto. Rodearse de amigos antes que de personas capaces no es un acto de generosidad, sino una señal de debilidad política. El gobernante que confunde cercanía con competencia termina gobernado por afectos y no por razón.

El fondo del problema es que la lealtad mal entendida produce entornos cerrados, impermeables a la crítica. Cuando la lealtad se orienta a la persona y no al proyecto, se vacía de contenido: cuando no está anclada a algo que la trascienda, solo queda la fidelidad personal.

Nadie contradice, nadie alerta, nadie asume el costo de decir lo que no conviene escuchar. Así, el error se acumula, la realidad se distorsiona y el poder empieza a creer su propio relato. No es casual que los gobiernos más opacos estén rodeados de leales absolutos y de instituciones viciadas y vaciadas.

En democracias formales, esta lógica resulta especialmente dañina. La lealtad personal desplaza a la lealtad institucional; el vínculo con la líder pesa más que la ética de la responsabilidad y la ley. Quien cuestiona es señalado como traidor, y quien obedece sin reservas es premiado. Se crea entonces una moral invertida: la sumisión se confunde con virtud y la crítica con deslealtad.

Hannah Arendt advertía que uno de los síntomas de la degradación del espacio público es la incapacidad de distinguir categorías. Cuando todo se reduce a lealtades binarias —amigo/enemigo— el pensamiento desaparece y queda solo la adhesión.

Maquiavelo no proponía la desconfianza universal, sino la lucidez. Sabía que el poder necesita colaboradores capaces, no devotos. Consejeros que piensen, no que aplaudan. La lealtad que realmente fortalece al soberano —y hoy, al gobernante democrático— es aquella que se ejerce hacia el cargo, hacia la función y hacia el interés público, no hacia la persona que lo ocupa.

Al final, el juicio sobre un gobernante sigue siendo el mismo que formuló Maquiavelo hace siglos: basta mirar a quiénes elige, a quiénes protege y a quiénes escucha. Allí, en ese círculo íntimo de lealtades, se revela no solo su estilo de gobierno, sino su verdadera comprensión del poder.

Jesús Medina Olivares
Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

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