La Comuna de París (16) Tres días de vida
Lissagaray (Historia de la Comuna de París de 1871, publicada en 1876), integrante de la Comuna, actor y testigo del auge y caída de la Comuna, como he señalado en entregas anteriores, narra con detalle la sucesión de acontecimientos que culminaron tanto en “la semana sangrienta” como en sus consecuencias. (Capítulos XXVI al XXXIII, pp. 251-330).
El nuevo Comité de Salud pública advierte que “la situación militar de la Comuna … se agravaba a partir de La Muette” [barrio elegante en el distrito 16, famoso por el Château de la Muette, transformado de pabellón de caza a un castillo utilizado por Luis XV, Luis XVI y María Antonieta. Actualmente alberga la sede de la OCDE], ya que “la batería de Montretout [campo de batalla durante el asedio de París en la guerra franco-prusiana de 1870], así como la de Meudón [ayuntamiento al sudoeste de París] y la del monte Valérien cubrían “Passy [Distrito XVI de París] de obuses y abrían hondas brechas en las fortificaciones”.
Añade que la noche del 12 atacaron el liceo de Vanves. “El 13 de abril se integró un Consejo de Guerra… El pueblo de Issy estaba en manos de los versalleses [gobierno de Thiers]… el desorden de guerra hacía que la resistencia [de la Comuna] fuese quimérica … Los versalleses seguían avanzando … El 15, toman el seminario de Issy. El 16, París no tenía ya ningún defensor … El enemigo pudo continuar adelantando sus fortificaciones y armar los dos bastiones del fuerte de Issy … Su fuego [superior al de la Comuna] se unió al de las baterías que barrían el distrito XVI” (pp. 252-254).
Cunden las divisiones entre “la mayoría” y “la minoría” en el seno de la Comuna. Cruzan acusaciones: dictadura y traición. “Una explosión interrumpe la querella … acaba de volar la fábrica de cartuchos de la avenida Rapp … Todo el barrio de Grenelle está alborotado. Un haz de llamas, de plomo fundido, de restos humanos, de vigas ardiendo que han volado hasta una altura enorme. Cuatro casas se derrumban; más de cuarenta personas están mutiladas … Una multitud enloquecida llega y cree en un crimen” … “Podía ser muy útil a los conspiradores sembrar a la vez el pánico de guerra, en la Escuela Militar, en el parque de artillería y en las barracas del campo Marte … París creyó firmemente en un complot …” (p. 256).
“Al París de la Comuna no le quedan más que tres días de vida. Grabemos la historia de su luminosa fisonomía”, afirma Lissagaray. Quienes “han respirado tu vida … llorado en tus suburbios … han cantado la gloria de tus revoluciones … oír bajo tus piedras la voz de los mártires … cada una de tus arterias es un nervio, aún no te hacen justicia gran París de la rebelión … la mayor ciudad del continente europeo en manos de los proletarios” (p. 258).
Advierte Lissagaray que, en tanto los versalleses “piden fusilamientos en masa para cuando las tropas hayan vencido a París”, la Comuna nunca incitó la matanza ni el pillaje (p. 259). “…En la zona de combate … La avenida de los Campos Elíseos presenta su larga línea desierta … Los obuses rebotan en la fachada [del Arco del Triunfo], mutilan los bajorrelieves … Los cascos de la metralla extienden en torno de sí su mortal rociada. El arco principal está cegado para detener los proyectiles que enfilan la avenida … París es bombardeado desde hace cuarenta días ‘por su propio gobierno’” (p. 261).
“… Salamandras humanas se agitan entre sus escombros … Los obuses trituran o siegan los pasos a nivel de ferrocarril. El gran viaducto se cae a pedazos … Las locomotoras blindadas han sido destrozadas y derribadas. La batería versallesa … dispara al ras de nuestras cañoneras, echa abajo una de ellas…” (p. 262).
París de noche. Se abren los teatros … El Lyrique, La Ópera, la Gaîté, El Gymnase, el Châtelet, el Teatro Français, el Ambigue-Comique, los Délassements se abren todas las noches … “los espectáculos que París no ha visto desde 1793 … Se abren las Iglesias, y la revolución sube al púlpito … Los bulevares se llenan con la multitud que sale de los teatros. En el Café Peters una afluencia escandalosa de mujeres y de oficiales del Estado Mayor…” (pp. 264-265).
La una: “París duerme con su aliento regular … el París de los bandidos … [se le ha visto] pensar, llorar, combatir, trabajar; entusiasta, fraternal, severo con el vicio. Sus calles, libres durante el día … son seguras en el silencio de la noche. Desde que París se encarga por sí mismo de su policía, los crímenes han disminuido … [no hay] libertinaje vencedor. Estos obreros que podrían nadar en millones, viven con una paga ridícula en comparación sus salarios ordinarios. A merced suya están los ricos hoteles de los que los bombardean. ¿Dónde están los saqueadores?”
Hace la apología de los trabajadores de París y enfatiza: “… este París siete veces ametrallado desde 1789 … siempre en pie para la salvación de Francia. Estas fortificaciones humeantes, estas explosiones de heroísmo, estas mujeres, estos hombres de todas las profesiones, confundidos, todos los obreros de la tierra aplaudiendo nuestra lucha [de la Comuna], todas las burguesías coaligadas contra nosotros … dicen claramente que aquí se lucha por la República y por el advenimiento de una sociedad social … Dígales a las provincias republicanas: ‘esos proletarios parisienses combaten por vosotros, que seréis los perseguidos de mañana. Si sucumben, quedaréis por espacio de varios años enterrados bajo sus funerales’” (p. 265).

