Las becas son el piso, no el techo
Construir oportunidades reales de desarrollo humano para los jóvenes.
En el texto anterior expliqué qué son y cuánto valen los programas de becas del gobierno federal. Lo hice con una intención concreta: muchos jóvenes en Aguascalientes no saben que existen. Pero ahora quiero ir un paso más allá, porque la información sobre becas no es el destino, es el punto de partida.
Una beca resuelve el problema inmediato: el dinero que falta para que un joven no abandone la escuela. Eso es real y es importante. Pero hay una pregunta que ningún monto bimestral responde por sí solo: ¿qué va a hacer ese joven con su vida cuando termine de estudiar?
Eso es desarrollo humano. Y no es lo mismo que educación, aunque la educación forme parte de él.
Las becas dan tiempo y recursos. Lo que hacemos nosotros con ese tiempo —cómo acompañamos al joven, qué le ofrecemos mientras estudia y cuando termina— es lo que convierte un apoyo económico en una oportunidad real de vida.
El problema que las becas no resuelven
Cuando hablo con jóvenes en San Francisco de los Romo, en Ojocaliente o en Los Arellano, escucho dos tipos de frustración.
La primera es económica: no puedo pagar, no tengo para el camión, mis papás me necesitan trabajando. A esa frustración le responden los programas que describí la semana pasada.
La segunda es más difícil de nombrar. La podría resumir así: terminé la prepa y no sé para qué. O: me recibí y no encuentro trabajo en lo que estudié. O simplemente: nadie me dijo que había opciones.
Esa segunda frustración no es un problema personal. Es estructural. Tiene que ver con que en México, y en Aguascalientes en particular, el trayecto entre terminar una carrera y construir una vida digna está lleno de brechas que el sistema educativo no cierra y que el mercado laboral no llena solo.
Tres brechas concretas
La primera es la de habilidades. No estoy hablando de que los jóvenes sean flojos ni de que las escuelas sean malas. Hablo de algo más específico: la distancia entre lo que se aprende en el aula y lo que el entorno laboral y comunitario necesita. Un joven puede saber contabilidad y no saber cómo registrar un negocio familiar ante el SAT. Puede saber historia y no saber cómo elaborar un proyecto ciudadano. El conocimiento existe, pero no está conectado con la acción.
La segunda es la de redes. En sociología en diferentes cursos de liderazgo que me han dado en Morena, me han mencionado que hay un concepto muy claro que describe esto: el capital social. En términos simples, a quién conoces determina buena parte de lo que puedes lograr. Un joven de clase media tiene acceso, muchas veces sin saberlo, a una red de contactos que le abre puertas: el conocido de su papá que lo acepta en prácticas, la maestra que lo recomienda con alguien que contrata, el vecino que ya hizo lo que él quiere hacer. Un joven de colonia popular generalmente no tiene esa red. Las becas no la construyen. Alguien tiene que hacerlo a propósito.
La tercera es la de perspectiva. Hay jóvenes que no contemplan la universidad porque nunca han conocido a nadie de su entorno que haya ido. Hay jóvenes que no se imaginan en ciertas carreras porque no las ven como accesibles. Hay jóvenes que no saben que pueden emprender, organizarse, participar en la vida pública de su colonia. La perspectiva es un recurso distribuido de manera muy desigual, y esa desigualdad también se reproduce.
La perspectiva no se transfiere en un trámite. Se construye con presencia, con mentores, con experiencias concretas que le demuestren a un joven que hay más opciones que las que ve desde su cuadra.
Lo que hay que hacer
Desde Morena Juventud en Aguascalientes tenemos una tarea que va más allá de difundir becas, aunque eso también sea parte de ella. La tarea es más concreta: construir espacios donde los jóvenes no solo reciban apoyos sino que desarrollen capacidades, redes y perspectivas.
En términos prácticos, eso implica tres cosas.
Primero, vinculación real. Los jóvenes que terminan la preparatoria o salen de la universidad necesitan conectarse con espacios de práctica: organizaciones comunitarias, proyectos locales, instancias de gobierno donde puedan aprender haciendo. No estoy hablando de programas decorativos. Estoy hablando de pasantías con consecuencias reales, de espacios donde equivocarse y aprender tenga valor.
Segundo, mentoría intergeneracional. Hay adultos en Aguascalientes, en San Francisco, en Rincón de Romos, que construyeron algo, que resolvieron problemas parecidos a los que enfrentan los jóvenes de hoy. Esa experiencia acumulada no tiene un canal formal de transmisión. Conectar deliberadamente a jóvenes con personas de trayectoria en su mismo territorio es una inversión de bajo costo y alto impacto.
Tercero, participación política como formación. No como adoctrinamiento: como escuela de ciudadanía. Participar en asambleas, en consultas, en la elaboración de propuestas, enseña cosas que ningún libro de texto enseña: cómo argumentar, cómo escuchar, cómo construir acuerdos, cómo defender una posición sin destruir al que piensa diferente. Esas habilidades son desarrollo humano en sentido pleno.
El Estado hace su parte. La organización hace la nuestra.
Sería cómodo quedarse en el diagnóstico o en la exigencia hacia arriba. Pero la verdad es que el gobierno federal está haciendo lo que le corresponde: 178 mil millones de pesos en apoyos educativos no son un dato menor. La pregunta ahora es qué hacemos los que estamos en el territorio con lo que ese piso habilita.
Las becas le dan a un joven tiempo y recursos. Lo que hacemos nosotros con ese tiempo —cómo lo acompañamos, qué le ofrecemos mientras estudia y cuando termina— es lo que convierte un apoyo económico en una oportunidad real de vida.
Eso no lo resuelve ninguna política federal. Lo resuelve el trabajo territorial, la organización comunitaria, la presencia constante. Y eso, por definición, es lo que nos toca a nosotros.
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