PODER Y DESPRECIO
“Delante del emperador nadie se sienta”
Poder y desprecio podría parecer el título de un tango: una historia de pasiones intensas y heridas mal cerradas. Pero en política no hay metáforas románticas; hay consecuencias.
En efecto, cuando el poder se coloca por encima de la dignidad de las personas, en lugar de ser instrumento, se convierte en abuso. Y esa es, en política, una combinación peligrosa, por al menos dos razones.
La primera: el poder es, por definición, efímero. Es prestado, transitorio, condicionado por el humor público y por el tiempo. Hoy se ejerce; mañana se pierde. Ningún cargo es eterno, ninguna investidura es inmune al desgaste.
La segunda: una ofensa, un desdén, una humillación pública, a diferencia del poder, no se disuelven. Persisten. Se alojan en la memoria, se sedimentan en el agravio y, tarde o temprano, encuentran cauce.
Por eso, cuando en el ejercicio del poder se confunde autoridad con superioridad, se comete un error de cálculo: creer que el poder protege de las consecuencias del desprecio que se siembra. En realidad, ocurre lo contrario. El día que el poder se extingue, lo único que queda es la memoria de cómo se ejerció. Y la memoria política, aunque silenciosa, es implacable.
Martín Luis Guzmán lo advirtió con claridad; por lastimar la dignidad de las personas, han caído imperios. En política, nunca se debe subestimar a las personas, y menos su dignidad. Este factor, una y otra vez, ha cambiado el rumbo de la historia.
Como revela un pasaje histórico. Santa Anna, entonces comandante general de Veracruz, máxima autoridad local, en una recepción ofrecida a Iturbide, en el salón donde discurría el convite, fue ignorado y, habiéndose sentado en presencia de Iturbide, el capitán de la guardia le dijo en voz alta: “Señor brigadier, delante del emperador nadie se sienta”.
La humillación fue inmediata. Santa Anna, apenado y como resorte, se levantó de inmediato. Años después escribiría que aquel pasaje le dejaría una marca profunda; había sido herido en su dignidad y en su pundonor militar.
Al día siguiente, como dictaba el protocolo, acompañó a Iturbide a cierta distancia y, habiendo salido de Jalapa, mientras la comitiva se alejaba rumbo a México, lo observó por última vez y lanzó una frase que era más advertencia que arrebato: “Pronto veremos, señor brigadier, si delante del emperador nadie se sienta”.
En el trayecto de regreso a Veracruz, comenzó a tomar forma la respuesta. Pensó cómo destituir a Iturbide. Llegando, proclamó la República, una idea que aún no comprendía del todo. Y a su causa se sumaron, ni más ni menos, que Vicente Guerrero y Nicolás Bravo.
Nada debilita más a un poderoso que la sensación de sentirse intocable. Es ahí donde el poder se vuelve descuido. Lo quecomienza como distancia termina en desdén; y el desdén, en indiferencia. En política, la indiferencia es siempre una forma de desprecio.
Porque el desprecio rara vez se queda en lo abstracto: se vuelve personal. Y lo personal, en política, nunca es inocuo.
A diferencia del agravio común, el desprecio no se disipa con el tiempo: se acumula. Y en ese sedimento silencioso suele incubarse una pulsión de venganza.
El problema es el gesto que humilla, la palabra que degrada, la actitud que reduce al otro. Se olvida, con demasiada frecuencia, que el poder es transitorio.
El poder puede sobrevivir al error; lo que difícilmente resiste es el desgaste silencioso que produce el desprecio cuando no se respeta la dignidad de las personas. Cuando se cruza esa línea, se rompen códigos, los agravios se vuelven memoria y, tarde o temprano, el resentimiento encuentra la forma de cobrarse
Las viejas crónicas del poder lo enseñan sin ambigüedades: cuando el poder se termina, las consecuencias permanecen. Y siempre, tarde o temprano, alcanzan a quien gobernó desde el desprecio.
Finalmente la historia no suele ser indulgente con el desprecio. El poder pasa, se disuelve, cambia de manos. Cuando eso sucede, en política, como en la historia, no hay agravio menor; hay deudas que solo esperan turno.

