¿Recuerdan el cuento del traje nuevo del emperador?

Todos miraban al rey y fingían admirar un traje que, en realidad, no existía. Los adultos tenían miedo de decir la verdad. Hasta que un niño, sin intereses, sin compromisos y sin temor, simplemente dijo lo que estaba viendo: el emperador estaba desnudo.
Ahora imaginemos qué habría pasado si un adulto le hubiera dicho ‘cállate’ a ese pequeño. Si le hubieran dicho que no podía opinar porque podía ofender al rey o que señalar la verdad era una falta de respeto a quien tenía el poder.
Tal vez todos habrían seguido aplaudiendo un traje inexistente.
Por eso, en medio de la discusión nacional que ha generado la llamada “ley antimemes”, creo que vale la pena recordar algo que no debe negociarse: nuestro derecho como personas a expresarnos y a cuestionar a quienes ejercemos una responsabilidad pública.
Nuestra Constitución es clara. El artículo 6 reconoce el derecho a buscar, recibir y difundir información e ideas por cualquier medio; el artículo 7 establece que es inviolable la libertad de difundir opiniones, información e ideas y señala que ninguna ley ni autoridad puede establecer censura previa.
Eso no significa que todo lo que se diga esté exento de responsabilidades. La propia Constitución establece límites cuando se afectan derechos de terceros, se cometen delitos o se vulneran otros bienes jurídicos. Pero una cosa es establecer responsabilidades conforme a la ley y otra muy distinta pretender que la ciudadanía permanezca callada para que quienes tenemos una responsabilidad pública no escuchemos aquello que resulta incómodo.
Como servidor público, lo tengo claro: no estamos para que solamente nos digan cosas bonitas. Estamos para escuchar.
Escuchar al ciudadano que reclama porque la basura no pasó a tiempo. Escuchar a vecinos consideran que una obra debe ser prioritaria para su colonia. Escuchar a una persona con discapacidad que nos señala una barrera que quizá nosotros no habíamos visto.
Y también, estamos para escuchar al ciudadano que cuestiona una decisión, que señala un error o que critica nuestro trabajo.
Porque gobernar no puede consistir en esperar a que alguien termine de hablar solamente para contestarle frases bonitas que no solucionan ningún problema.
Y aún más importante, escuchar no es esperar nuestro turno para responder. Escuchar es intentar comprender; ponerse en los zapatos de quien tenemos enfrente.
Es conocer lo que está viviendo una familia. Es entender las dificultades de quien emprende. Es reconocer las necesidades de quien enfrenta una discapacidad. Es aceptar que una autoridad también puede equivocarse y que, muchas veces, la ciudadanía puede ayudarnos a ver aquello que desde una oficina no alcanzamos a percibir.
El derecho a expresarnos no puede depender de que nuestras palabras resulten agradables para quien tiene el poder. Si algo nos enseña la historia es que una sociedad que puede criticar también puede exigir, cuestionar y contribuir a mejorar la vida pública.
En la actualidad son los memes de las redes sociales. En el pasado fueron los cartones en la prensa y mucho antes las obras teatrales o las canciones de protesta. Cambian los medios, pero permanece la necesidad de expresar aquello con lo que no estamos de acuerdo.
Me preocupa, y lo digo con claridad, que desde gobiernos emanados del partido que hoy tiene la responsabilidad de conducir al país se esté normalizando el descalificar las voces críticas, minimizar información incómoda y evitar dar la cara frente a los problemas.
El poder público no puede acostumbrarse a escuchar solamente aquello que se acomoda a su discurso. Gobernar también significa responder ante las preguntas difíciles.



Por eso, para mí, escuchar a la gente implica estar cerca de ella, en las colonias, en el mercado, en las calles y en los espacios donde transcurre todos los días la vida de nuestra comunidad.
Ahí es donde podemos conocer de primera mano lo que preocupa a las y los aguascalentenses, entender sus necesidades y atender aquello que está en nuestras manos resolver. Ese contacto directo, sin intermediarios y sin esperar a que la gente tenga que venir a una oficina a tocar nuestra puerta, ha sido una constante en mi manera de entender el servicio público.
Porque cuando estamos cerca de las personas, no solamente escuchamos lo que dicen: también aprendemos a comprender lo que viven. Prefiero tener la oportunidad de explicar, corregir y mejorar, antes que vivir con la idea equivocada de que todo está bien.
Del cuento del emperador podemos rescatar que el poder necesita escuchar a quien se atreve a decir la verdad, y quienes tenemos una responsabilidad pública debemos entender que escuchar a la gente no es una concesión, sino parte de nuestra responsabilidad.
Que nadie tenga miedo de hablar ni deba pedir permiso para expresar una opinión, porque una sociedad donde la gente puede hablar es una sociedad que puede avanzar.







