El último bastión tricolor: anatomía de una victoria y el colapso silencioso de tres partidos en Coahuila

El último bastión tricolor: anatomía de una victoria y el colapso silencioso de tres partidos en Coahuila

Análisis político y prospectiva electoral

Las elecciones del 7 de junio de 2026 al Congreso de Coahuila revelaron que la organización territorial, la disciplina interna y la gestión del gobierno en funciones pueden superar holgadamente al marketing digital y a las siglas nacionales. Lo que Coahuila enseña, Aguascalientes haría bien en aprender antes de 2027.

La noche del domingo 7 de junio de 2026 en Coahuila no produjo sorpresa en el primer lugar, sino en los últimos. El Partido Revolucionario Institucional, en coalición con la organización estatal Unidad Democrática de Coahuila (UDC), obtuvo 684 mil 211 votos que representaron el 55.02 por ciento de la votación total, ganando los dieciséis distritos de mayoría relativa del Congreso local sin excepción. Morena y el Partido del Trabajo quedaron en segundo lugar con el 26.20 por ciento. Hasta aquí, el resultado confirma una tendencia conocida: Coahuila es el territorio donde el PRI mejor ha resistido el vendaval de los últimos tres ciclos electorales federales.

Lo que resultó verdaderamente revelador fue la magnitud del derrumbe de las fuerzas que debían representar la oposición plural. El Partido Acción Nacional, que en 2017 estuvo a punto de arrebatarle la gubernatura al tricolor, obtuvo apenas el 2.16 por ciento, quedando en quinto lugar general. El Partido Verde Ecologista de México alcanzó el 2.60 por ciento y Movimiento Ciudadano el 2.05. Los tres quedaron por debajo del umbral del 3 por ciento que el artículo 28 del Código Electoral del Estado de Coahuila de Zaragoza establece como mínimo para conservar financiamiento público estatal y acceso a la asignación de diputaciones plurinominales. El partido local México Avante, además, perderá su registro completo al haber obtenido apenas el 0.58 por ciento. La única nota discordante con la lectura bipartidista fue la irrupción de Nuevas Ideas, organización local de reciente creación que alcanzó el 5.89 por ciento y se instaló como tercera fuerza política del estado.

Cuando tres partidos pierden simultáneamente su acceso al financiamiento estatal, no estamos ante un mal ciclo electoral. Estamos ante un colapso organizativo, identitario y estratégico que tardó años en gestarse y una sola noche en volverse visible.

Este editorial propone una lectura estructural de lo ocurrido. Rechaza las explicaciones que reducen el triunfo del PRI a compra de votos, denuncia que Morena presentó ante el IEC sin acreditar dimensión sistémica y las que atribuyen el colapso opositor a un simple error de campaña. Los resultados del 7 de junio obedecen a procesos de largo plazo: la acumulación de capital político territorial del PRI en Coahuila, la ausencia de construcción organizativa autónoma por parte de sus competidores, y la decisión del PAN de romper la alianza que le había permitido sobrevivir. La tesis que aquí se defiende es que los partidos que dependen de coaliciones coyunturales, figuras nacionales o presencia digital sin infraestructura territorial tienden, bajo determinadas condiciones, a colapsar cuando se enfrentan solos a una maquinaria político-electoral consolidada. Coahuila es el laboratorio más reciente de ese fenómeno.

EL MAPA ELECTORAL DEL 7 DE JUNIO: NÚMEROS, TERRITORIOS Y PARTICIPACIÓN

Las 4 mil 275 casillas instaladas en los dieciséis distritos electorales en Coahuila registraron una participación ciudadana del 50.73 por ciento, según reportó el Instituto Electoral de Coahuila (IEC), con 4 mil 313 de 4 mil 319 actas computadas al corte del 8 de junio. Sobre una lista nominal de aproximadamente 2.4 millones de ciudadanos, eso implica una asistencia real de alrededor de 1.24 millones de votantes, cifra relevante para una elección legislativa local de año no federal.

Los resultados del PREP con el 99.86 por ciento de las actas capturadas arrojaron el siguiente cuadro: la coalición PRI-UDC con 684 mil 211 votos y 55.02 por ciento; la coalición PT-Morena con 325 mil 824 votos y 26.20 por ciento; Nuevas Ideas con aproximadamente 51 mil 209 votos y 5.89 por ciento. En los partidos que perdieron el umbral: PAN con 27 mil 016 votos y 2.16 por ciento; PVEM con 32 mil 533 votos y 2.60 por ciento; Movimiento Ciudadano con 24,617 votos y 2.05 por ciento; y México Avante con 7 mil 263 votos y 0.58 por ciento. El PT, aliado de Morena, logró mantenerse apenas por encima del 3 por ciento de manera autónoma, aunque su futuro como organización relevante también genera interrogantes.

La distribución territorial fue inequívoca. Los datos preliminares de la Mitofsky mostraron porcentajes de la coalición PRI-UDC que oscilaron entre el 49.4 y el 58.2 por ciento en los distritos de la región sureste, y cifras similares o superiores en el norte industrial y la zona metropolitana de Saltillo. No existe un solo distrito donde el PAN, MC o el PVEM hayan concentrado un voto residual competitivo. Esa uniformidad geográfica del colapso es en sí misma, un dato analítico: no se trató de debilidad focalizada en determinadas regiones sino de una ausencia territorial generalizada.

Respecto a la comparación histórica, el contraste es elocuente. En 2017, el PAN compitió por la gubernatura con una diferencia de apenas 2.5 puntos porcentuales frente al PRI. En 2023, la coalición PRI-PAN-PRD ganó los dieciséis distritos del Congreso y el PAN aportó cinco diputaciones dentro de la alianza, alcanzando individualmente más del 6 por ciento dentro de ese bloque. En 2026 compitiendo en solitario por decisión de la dirigencia nacional encabezada por Jorge Romero, el PAN quedó en séptimo lugar general. El ciclo de caída es de nueve años y su aceleración en el último proceso es proporcional a la pérdida de la protección de la alianza. Algo semejante, aunque menos dramático en términos absolutos, ocurrió con Movimiento Ciudadano, que ya en 2023 se había mantenido por debajo del umbral mínimo estatal.

LOS FACTORES DEL TRIUNFO PRIISTA: TERRITORIO, DISCIPLINA Y LA ECUACIÓN GOBIERNO-PARTIDO

El politólogo Giovanni Sartori advirtió hace décadas, que la competencia entre partidos no se reduce a la calidad de sus propuestas sino a la estructura de oportunidades que ofrece el sistema: el umbral de representación, el calendario electoral, la forma de gobierno y, sobre todo, la distribución de recursos organizacionales. En Coahuila el PRI lleva décadas acumulando ventajas en cada una de esas dimensiones.

El primer factor es la estructura territorial. El PRI coahuilense mantiene comités seccionales activos en prácticamente la totalidad de sus dieciséis distritos electorales, incluyendo zonas rurales, ejidales y semiurbanas donde la presencia de otros partidos es nominal o inexistente. Esta red no se construyó durante la campaña de 2026; se cultivó durante décadas de gobierno ininterrumpido y se mantuvo con cierta continuidad incluso en los periodos de mayor debilidad nacional del tricolor. La teoría del capital social de Robert Putnam ilumina este punto la cual parafraseo con la afirmación de que las organizaciones cívicas y partidistas que mantienen vínculos horizontales y verticales sostenidos producen densidad organizacional que los recién llegados no pueden replicar con recursos de campaña ordinarios.

El segundo factor es la relación entre gobierno y partido. El gobernador Manolo Jiménez Salinas emanado del PRI, condujo una administración que combinó la atención a demandas sociales básicas con una gestión discreta de la imagen pública y una coordinación activa con la maquinaria electoral del partido. Sin llegar al clientelismo grosero que caracterizó décadas anteriores del priismo nacional, el gobierno estatal funcionó como plataforma de legitimidad para los candidatos del partido. La distinción entre recursos gubernamentales y recursos partidistas es siempre borrosa en contextos de partido gobernante; en Coahuila esa borrosidad ha sido, por años, una ventaja competitiva sostenida.

El tercer factor es la disciplina interna la cual puede ser la principal fortaleza del PRI y que los demás partidos no han logrado imitar. A diferencia de lo que ocurre en partidos como el PAN donde las diferencias entre corrientes internas suelen escalar públicamente y fragmentar el voto, el PRI en Coahuila presentó candidaturas sin fracturas visibles en los dieciséis distritos. Maurice Duverger ya señalaba en Los partidos políticos que los partidos con mayor cohesión orgánica tienden a superar a los partidos de cuadros o de opinión en entornos de competencia concentrada. En 2026, esa cohesión fue la diferencia entre una victoria de 55 puntos y la dispersión del voto opositor.

El cuarto factor es la gestión de la coalición. La alianza con Unidad Democrática de Coahuila no fue un arreglo de última hora sino la consolidación de una relación política que permitió al PRI proyectarse como fuerza de convergencia estatal frente a un Morena percibido como imposición federal. El nombre mismo de la coalición Alianza Ciudadana por la Seguridad capturó la agenda dominante del Estado: la violencia derivada del crimen organizado, especialmente en la región de La Laguna, fue el sustrato sobre el cual el PRI construyó su narrativa de gobierno estable frente a la inseguridad que asoció, con cierta eficacia retórica, con los territorios controlados por Morena. En la campaña los priistas supieron culpar de la inseguridad al gobierno federal y los representantes de Morena en el Estado lo dejaron pasar sin que de manera eficiente respondiera, o en el peor de los casos como ocurre en Aguascalientes, ni siquiera respondieron.

El quinto factor, menos mencionado pero igualmente relevante, es la capacidad del PRI para adaptarse a las nuevas condiciones del sistema político sin abandonar sus ventajas heredadas. Samuel Huntington argumentó que la institucionalización política produce organizaciones capaces de sobrevivir a los cambios de entorno porque han interiorizado rutinas, normas y mecanismos de selección de liderazgo que trascienden a los individuos. El PRI de Coahuila ha institucionalizado su maquinaria electoral al grado de que puede funcionar con eficiencia independientemente de quién encabece la candidatura, siempre que se mantenga la red territorial y la disciplina de operadores locales, elemento con el cual PRI en Aguascalientes no cuenta, el presidente estatal actual no ha podido conservar ni articular una red territorial institucional.

El PRI no ganó en Coahuila a pesar de ser el PRI. Ganó precisamente porque en ese territorio el partido sigue siendo lo que Duverger llamó un partido de masa: una organización con presencia continua, cuadros locales y capacidad de movilización que no depende de ciclos de campaña.

EL COLAPSO DEL PAN, DEL PVEM Y DE MOVIMIENTO CIUDADANO: UNA AUTOPSIA ORGANIZATIVA

La pérdida del umbral mínimo por parte de tres partidos simultáneamente no es un accidente estadístico. Es el resultado acumulado de decisiones estratégicas equivocadas, ausencia de construcción territorial y, en el caso del PAN, una ruptura con el socio que le garantizaba supervivencia electoral.

El caso del PAN es el más instructivo porque contiene la mayor caída relativa. En 2017, el partido casi ganó la gubernatura. En 2026 quedó en séptimo lugar. La causa inmediata es conocida: la dirigencia nacional, bajo Jorge Romero, decidió que el PAN debía romper con el PRI y competir de manera autónoma en Coahuila, en línea con el reposicionamiento nacional que busca diferenciarse del priismo como condición para captar electores de centro-derecha que migraron hacia Morena. El problema es que esa lógica nacional ignora las condiciones locales. El PAN de Coahuila no tenía, a la fecha de la ruptura, una estructura territorial propia que le permitiera competir sin el andamiaje de la alianza. Lo que el partido nacional interpretó como emancipación estratégica fue en los hechos, un suicidio electoral en diferido.

La decisión de Romero de ir solo revela un problema más profundo: la tensión permanente entre las exigencias de coherencia nacional de un partido y las necesidades de sobrevivencia de sus organizaciones estatales. Pierre Bourdieu hablaría aquí de un conflicto entre el campo político nacional y el campo político subnacional, donde las apuestas, los recursos y las lógicas de funcionamiento difieren sustancialmente. La dirigencia nacional del PAN operó con la lógica del campo nacional; los militantes de Coahuila padecieron las consecuencias en el campo local.

La debilidad del PVEM en Coahuila responde a una lógica distinta pero igualmente estructural. El Verde nunca construyó identidad política propia en el Estado, es más en ningún lado ha construido una identidad política propia que los permita distinguirse más allá que un partido que no le importa ideologías mientras se logre triunfos en posiciones de representación proporcional que les facilite vivir del presupuesto público: es un partido que históricamente existe como satélite de quienquiera que gobierne federalmente. Sin ese cobijo, su presencia electoral se evapora. En Coahuila donde el PRI gobierna casi de manera ininterrumpida y que el Verde nunca pudo disputar operadores locales, convierte al PVEM en una organización sin contenido organizativo real.

Movimiento Ciudadano presenta otro diagnóstico. El partido de Dante Delgado ha tenido éxito en entidades donde construyó liderazgos propios con alta personalización, Jalisco con Alfaro, Nuevo León con Samuel García y donde el electorado urbano de clase media encontró en MC una alternativa de oposición con identidad diferenciada. Coahuila no cumple ninguna de esas condiciones. El Estado tiene un perfil sociodemográfico con fuerte peso de la industria pesada, agricultura y sectores populares donde la retórica naranja del cambio generacional no encontró resonancia. Además MC nunca logró retener ni el 3 por ciento en procesos previos. La pregunta no es por qué cayó en 2026; la pregunta es por qué alguien esperaba un resultado diferente sin haber modificado ninguna de las variables que explican su debilidad crónica.

En los tres casos opera un patrón común que la ciencia política identifica como el problema de las organizaciones de campaña versus las organizaciones de partido. Un partido que solo existe operativamente durante los ciclos de campaña no tiene capacidad de movilización propia, no genera lealtades ciudadanas duraderas y no puede competir con una organización que mantiene presencia continua entre elecciones. La infraestructura territorial no se improvisa en tres meses de campaña, se construye en años de trabajo de base, y esto es justo lo mismo que le ocurre en Aguascalientes, que recientemente cambiaron de dirigencia y realmente nadie fuera de los tres interesados se entusiasmaron por la trascendencia de renovación partidista.

IMPLICACIONES PARA EL SISTEMA DE PARTIDOS MEXICANO

Los resultados del 7 de junio en Coahuila deben leerse en el contexto más amplio del sistema de partidos que emergió tras la elección presidencial de 2024 y el segundo triunfo de Morena. El sistema mexicano de partidos se está reconfigurando en torno a una dinámica que tiene pocas precedentes en la historia del país: una fuerza gobernante hegemónica a nivel federal, un partido que fue hegemónico durante setenta años y que sobrevive como actor relevante en geografías específicas, y una oposición fragmentada incapaz de articular una alternativa nacional coherente.

Giovanni Sartori clasificó los sistemas de partidos en función del número de actores relevantes y la distancia ideológica entre ellos. El sistema mexicano actual no encaja con precisión en ninguna de sus categorías clásicas, pero se aproxima a lo que él llamó un sistema de partido predominante: una formación que gana elecciones de manera consistente sin necesariamente ser la única presente, pero donde las demás fuerzas carecen de la capacidad de alternancia real en el corto plazo. Morena ocupa ese rol a nivel federal; el PRI lo ocupa, todavía, a nivel de Coahuila. En Aguascalientes el escenario es a nivel local con el PAN.

La supervivencia del PRI en Coahuila como fuerza mayoritaria es un dato empírico que complica las narrativas sobre su muerte como organización. El tricolor no está muerto; está regionalizado. Y esa regionalización tiene consecuencias para la política nacional: un partido con anclaje territorial fuerte en un Estado puede ser un aliado valioso o un competidor incómodo para cualquier proyecto de coalición de alcance nacional. El mensaje implícito de Alejandro Moreno Cárdenas la noche del 7 de junio que solo el PRI puede derrotar a Morena en ciertos territorios, no es retórica vacía. Es una proposición que, en Coahuila, tiene sustento empírico.

La pérdida del registro estatal de tres partidos ilustra, además, una tendencia que la legislación electoral mexicana de las últimas dos décadas ha reforzado: los umbrales mínimos de representación empujan hacia la concentración del sistema de partidos y castigan la fragmentación. Marice Duverger ya anticipó que los sistemas de representación con umbral tienden a reducir el número de competidores viables. En el corto plazo, la pérdida de financiamiento estatal por parte del PAN, PVEM y MC en Coahuila debilitará aún más su capacidad organizativa local, generando un círculo vicioso: sin recursos, sin estructura; sin estructura, sin votos; sin votos, sin recursos.

Hay un elemento adicional que merece atención: la irrupción de Nuevas Ideas como tercera fuerza con el 5.89 por ciento revela un espacio político disponible para organizaciones locales que ofrecen identidad regional frente a los partidos nacionales. Aunque el partido fue vinculado con redes del exgobernador Humberto Moreira, su desempeño sugiere que existe un electorado dispuesto a apoyar etiquetas nuevas cuando las tradicionales han perdido credibilidad. Eso es un dato relevante para cualquier análisis de la dinámica futura en estados como Aguascalientes, donde la desafección con los partidos nacionales también tiene expresión.

LAS LECCIONES DE COAHUILA PARA AGUASCALIENTES

Aguascalientes celebrará elección de gobernador en 2027, en un contexto político que guarda similitudes y diferencias relevantes con Coahuila. Las similitudes: un partido gobernante con larga trayectoria en el Estado que es el PAN, que ha gobernado casi de manera ininterrumpida desde 1998 y una oposición que aspira a construir alternativa pero que todavía no ha demostrado capacidad de movilización propia en el nivel de la gubernatura. Las diferencias: la composición sociológica del electorado hidrocálido es distinta, el ciclo económico es diferente y la presencia de Morena como fuerza emergente tiene en Aguascalientes una dinámica propia. Pero las lecciones estructurales del caso de Coahuila son transferibles.

Primera lección: la cohesión interna es condición necesaria, aunque no suficiente, para el triunfo. El PAN en Coahuila fracasó, entre otras razones, porque la decisión de competir en solitario se tomó en la cúpula nacional sin suficiente consulta con las estructuras estatales. En Aguascalientes tanto el PAN como Morena tienen divisiones internas visibles. Para el PAN, la sucesión en torno al candidato que representará la continuidad del gobierno de Tere Jiménez será el primer y más importante campo de batalla. La experiencia en Coahuila sugiere que quien pierda esa disputa interna y no logre incorporarse al proyecto ganador podría restar votos decisivos en la elección general.

Segunda lección: las alianzas deben construirse con lógica territorial, no solo con lógica de imagen. El PAN nacional tomó una decisión de posicionamiento nacional que destruyó la viabilidad electoral del PAN en Coahuila. En Aguascalientes cualquier decisión sobre coaliciones debe partir de una pregunta concreta: ¿qué partido aporta qué territorios, qué operadores y qué votos propios? Las alianzas que suman siglas sin sumar estructura son un espejismo. El PRI en Aguascalientes ha perdido músculo desde 2010, pero aún conserva alguna presencia en municipios y colonias populares que podrían ser decisivos en una elección de gobernador competida. Ignorar eso sería cometer el mismo error que cometió el PAN en Coahuila al decidir no participar en alianza.

Tercera lección: la popularidad de un gobierno en funciones no se transfiere automáticamente. El PRI ganó en Coahuila con el respaldo de un gobierno Estatal activo y bien valorado, pero ese apoyo operó sobre una maquinaria territorial preexistente que le dio capilaridad hasta la casilla. En Aguascalientes el gobierno de Tere Jiménez tiene niveles de aprobación que se ubican en rangos favorables según mediciones de consulta pública, pero la aprobación ciudadana de un gobierno no se convierte mecánicamente en votos para el candidato del mismo partido si este carece de organización propia. El electorado vota por candidatos y estructuras, no por abstractas continuidades gubernamentales.

El capital político de un gobierno en funciones es un activo real, pero su conversión en votos depende de la capacidad de movilización territorial del partido. Sin esa infraestructura, el capital se evapora en la noche de la elección.

Cuarta lección: Morena en Aguascalientes necesita resolver su paradoja de identidad. El partido que gobierna el país debe construir en Aguascalientes una narrativa de alternativa local sin que esa narrativa contradiga su narrativa nacional. En Coahuila, Morena fue percibida como imposición federal más que como alternativa genuina al PRI Estatal, y eso le costó votos en los sectores de clase media urbana que desconfían tanto del tricolor como de la federalización de las decisiones estatales. En Aguascalientes, donde el escepticismo hacia el centralismo tiene raíces históricas profundas, Morena deberá apostar por liderazgos locales con perfil propio, no solo portavoces de decisiones tomadas en Palacio Nacional si es que en verdad aspiran a ser competitivos en 2027.

Quinta lección: Movimiento Ciudadano en Aguascalientes enfrenta el mismo dilema estructural que en Coahuila. Tiene votantes dispersos sin organización propia, y depende excesivamente del voto de protesta. Sin un liderazgo hidrocálido de alto perfil que convoque identidad propia, el partido corre el riesgo de repetir el patrón en Coahuila: perder el umbral mínimo y desaparecer del mapa de la representación proporcional estatal. La experiencia del 7 de junio debería ser una señal de alarma institucional, no solo electoral.

Sexta lección: el PRI en Aguascalientes tiene en Coahuila un espejo y una advertencia simultáneamente. El espejo muestra que la organización territorial sostenida puede revertir ciclos adversos. La advertencia es que ese modelo solo funciona si el partido ha mantenido real presencia de base y no solo la apariencia formal de comités seccionales. El PRI hidrocálido necesita una evaluación honesta de cuántos de sus comités, cuántos de ellos son funcionales y cuántos son nombres en un directorio, porque seamos sinceros, en Aguascalientes las oligarquías que controlan y se reparten el partido tienen décadas simulando una competencia interna que no existe, eso le resta dinamismo y capacidad de representación ciudadana. De esa evaluación dependerá si el 2027 puede ser el inicio de una recuperación o el momento de un nuevo descalabro.

Séptima lección: la construcción de cuadros políticos propios no puede sustituirse con campañas digitales. El auge de las redes sociales ha generado la ilusión de que el activismo virtual equivale a organización electoral. No equivale. Las redes amplifican mensajes, pero no mueven votantes a las casillas. Los operadores territoriales, los representantes de casilla, los promotores del voto y los coordinadores de sección son trabajo de hormiga que se hace durante años y que no tiene sustituto digital. Los partidos de Aguascalientes que descuidan ese trabajo porque su director de comunicación produce contenido viral están apostando al mejor tweet o post en lugar de a la mejor red de transporte al módulo de votación. Si es importante la estrategia digital y abandonarla también tiene mucho riesgo, ambas deben de coexistir dentro de la estructura de una campaña.

ESCENARIOS PARA LA ELECCIÓN DE GOBERNADOR DE AGUASCALIENTES 2027

La construcción de escenarios electorales a dieciséis meses de distancia es un ejercicio de prospectiva fundamentada, no de predicción. Las variables que determinarán el resultado de 2027 incluyen factores que hoy son inciertos: el desempeño económico de la entidad, la evolución de la seguridad pública, el comportamiento de la economía nacional bajo la segunda administración de Morena ahora en manos de Claudia Sheinbaum, y las decisiones que cada partido tome sobre candidaturas y alianzas en los próximos meses. Con esas reservas metodológicas explícitas, se proponen cuatro escenarios razonados.

Escenario uno: continuidad panista. Este escenario supone que el PAN logra resolver internamente la disputa de candidatura con un proceso que genera unidad en lugar de fracturas, que la candidatura representa continuidad con el gobierno de Tere Jiménez en materia de gestión económica y seguridad, y que la oposición llega dividida a la elección. En este escenario, el PAN parte con la ventaja histórica de ser el partido de gobierno en un Estado que ha crecido económicamente, y con la inercia organizativa de veintinueve años continuos de gobierno. El riesgo para este escenario es interno: una candidatura que sea percibida como imposición de la gubernatura podría generar deserción de operadores y votantes panistas hacia la abstención o hacia opciones de protesta. El resultado en este escenario sería una victoria panista en primera vuelta, probablemente con un margen menor al de 2022 pero suficiente para preservar la gubernatura.

Escenario dos: avance significativo de Morena. Este escenario requiere que el partido logre construir una candidatura de perfil local no un funcionario federal trasplantado con capacidad de convocatoria propia, que defina alianzas con el PT y al menos neutralice al PRI en los municipios donde esté aún tiene operadores funcionales, y que aproveche el desgaste natural de cualquier gobierno tras tres décadas de partido único. La transferencia de programas sociales federales como factor de movilización es real pero no suficiente: Aguascalientes tiene un electorado con niveles educativos más altos que la media nacional y una clase media amplia que evalúa con mayor autonomía. Un candidato de Morena que logre posicionarse como alternativa de renovación regional y no como extensión del gobierno federal, tiene posibilidades reales de entrar a una segunda vuelta que, hoy por hoy, no está prevista en la legislación estatal pero que el voto competido haría políticamente relevante.

Escenario tres: recuperación del PRI. Este escenario es el más especulativo pero no el más improbable si se consideran las condiciones. Requiere que el tricolor hidrocálido decida no ser caudatario de ninguna alianza y postule un candidato propio con perfil municipal o regional, alguien reconocido en los territorios donde el PRI aún tiene presencia real, con una campaña que evite la nostalgia y apueste por la competencia técnica. La lección de Coahuila es pertinente: el PRI puede ganar cuando tiene estructura, disciplina y un gobierno Estatal que le respalda o al menos no le obstruye. En Aguascalientes, ninguna de esas condiciones está garantizada, pero tampoco están descartadas. Un PRI que logre canalizar el voto de sectores populares urbanos desencantados tanto del PAN como de Morena podría convertirse en el factor de definición del resultado, incluso si no gana la gubernatura.

Escenario cuatro: protagonismo de la fragmentación. Este escenario contempla que ninguno de los partidos principales logra construir la cohesión necesaria y que la elección se dirima con márgenes muy estrechos en un contexto de alta fragmentación del voto. La presencia de Movimiento Ciudadano como cuarta fuerza con presencia urbana, la posible emergencia de candidaturas independientes con perfil municipal, y la dispersión del voto de protesta podrían producir un resultado donde el ganador obtenga menos del 40 por ciento de la votación total. En ese escenario, la organización territorial y la movilización el día de la elección adquieren una importancia decisiva: una diferencia de veinte o treinta mil votos entre el primer y el segundo lugar podría resolver el resultado, y esa diferencia se produce en las colonias populares con mayor abstención, no en los fraccionamientos de clase media con alta participación histórica.

En todos los escenarios, tres variables actúan como ejes de definición: la calidad de las candidaturas, la coherencia de las alianzas y la capacidad de movilización territorial el día de la jornada. Coahuila demostró que el partido que mejor domine esas tres variables tiene una ventaja competitiva que ninguna campaña de comunicación puede compensar. Aguascalientes en 2027 no será la excepción.

LO QUE COAHUILA LE DICE AL SISTEMA

El resultado del 7 de junio de 2026 en Coahuila no es una anomalía que el tiempo borrará de los libros de ciencia política mexicana. Es una demostración empírica de algo que los politólogos llevan décadas argumentando en abstracto: que la organización importa más que la comunicación, que el territorio importa más que las tendencias nacionales, y que los partidos que abandonan el trabajo de base a cambio de la comodidad de las alianzas coyunturales se vuelven prescindibles en cuanto esas alianzas se disuelven.

Para el PRI, la victoria en Coahuila ofrece un argumento de legitimidad renovada que sus dirigentes intentarán proyectar hacia 2027 en los Estados donde el tricolor aún conserva organización. Ese argumento tiene fundamento en los datos electorales, pero su alcance es geográficamente limitado: lo que funciona en Coahuila no se replica automáticamente en entidades donde el partido lleva años sin gobernar y donde su estructura territorial se ha deteriorado de manera irreversible. El PRI que ganó el 7 de junio es un partido de un estado específico; la pretensión de generalizarlo como modelo nacional requeriría condiciones organizativas que no existen en la mayoría del país.

Para el PAN, la noche de Coahuila es una factura que la dirigencia nacional deberá pagar durante los próximos procesos electorales. La ruptura de la alianza con el PRI fue una decisión de posicionamiento nacional que ignoró las consecuencias subnacionales. No es la primera vez que el PAN nacional sacrifica a sus organizaciones estatales en el altar de la piedra de los sacrificios en nombre de una estrategia nacional que después no se materializa. Si esa conducta se repite en Aguascalientes donde la tentación de romper con los actores locales para construir una imagen de partido independiente podría ser real, las consecuencias podrían ser semejantes.

Para Morena, Coahuila es la primera derrota electoral significativa del ciclo 2025-2027 y un recordatorio de que la hegemonía federal no se traduce mecánicamente en hegemonía estatal. Los estados donde existe una combinación de partido gobernante consolidado, organización territorial funcional y un candidato con identidad local son terrenos difíciles para la expansión morenista. Reconocer esa limitación es el primer paso para construir estrategias más eficaces en los procesos subnacionales que vienen. Morena sigue necesitando en Aguascalientes, crear más cuadros visibles y de diferentes dinámicas sociales, por que los que tiene no alcanzan y no todos ellos convencen de lo positivo de su intenciones.

Coahuila no es el pasado que regresa. Es el presente que permanece. Mientras los partidos nacionales oscilen entre la euforia de las tendencias digitales y el pánico de los resultados nocturnos, los partidos con raíces territoriales profundas seguirán cosechando lo que sembraron durante décadas de trabajo de base. Esa es, quizás, la lección más dura y más útil de esta elección.

Aguascalientes tiene dieciséis meses para aprender. No es mucho tiempo.

Bibliográficas

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Duverger, M. (1951). Los partidos políticos. Fondo de Cultura Económica.

El Financiero. (8 de junio de 2026). PRI ‘barre’ con Morena en las elecciones al Congreso de Coahuila 2026. https://www.elfinanciero.com.mx

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Infobae. (8 de junio de 2026). Elecciones Coahuila 2026: ¿PAN, Movimiento Ciudadano y PVEM perderán su registro? https://www.infobae.com

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Instituto Electoral de Coahuila. (2026). Proceso Electoral Local 2025-2026: Resultados PREP. https://iecoah.org.mx

La Silla Rota. (8 de junio de 2026). PREP Coahuila 2026: Así van los resultados de las elecciones. https://lasillarota.com

Putnam, R. D. (1993). Making democracy work: Civic traditions in modern Italy. Princeton University Press.

Sartori, G. (1976). Parties and party systems: A framework for analysis. Cambridge University Press.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

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