Dignidad, familia y futuro

Hay libros que pudieran leerse en una tarde, pero que se quedan en la memoria y en el corazón para siempre. Es el caso de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, una obra que he releído en varias ocasiones por el puro placer de hacerlo.
Esta lectura presenta la historia simple de un anciano pescador en el mar Caribe luchando contra un gran pez. Pero en el fondo, es una lección inolvidable sobre dignidad, constancia, fe en la experiencia y el valor de no rendirse jamás, incluso cuando todo parece estar en contra. Es un texto cargado de sabiduría sobre la vida, la resiliencia y el respeto a nuestros mayores. Los invito a leerlo o releerlo para descubrir en Santiago un espejo en el cual mirarse.
Esta obra trasciende el papel y se convierte en brújula ética para la vida pública. En una parte del libro el pescador refiere una frase fundamental mientras coloca sus anzuelos: «Yo los mantengo con precisión. Lo que pasa es que yo ya no tengo suerte. Pero ¿quién sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto».
Sin duda alguna, estas líneas guardan una enseñanza profunda, y es que, frente a la incertidumbre, no podemos atar el bienestar colectivo al azar. Además, nos recuerdan que nuestra sociedad tiene una deuda histórica en el reconocimiento e integración plena de las personas adultas mayores.
Durante décadas se ha pretendido medir el valor de las personas solo por su capacidad de producción inmediata, relegando la sabiduría a un segundo plano. Desde mi punto de vista esto es un error grave, ya que las abuelas y los abuelos no son el pasado que se archiva, sino el cimiento sobre el cual se sostiene el presente y la guía hacia el futuro. Sus manos curtidas y su visión de la vida representan un capital humano inestimable que no podemos ignorar.
En el centro de esta reflexión se encuentra la familia como núcleo fundamental donde se transmiten valores, respeto intergeneracional y solidaridad. Nos deja ver que una comunidad fuerte no se edifica con discursos abstractos, sino fortaleciendo los lazos cotidianos, y que proteger a la familia implica garantizar entornos donde las infancias crezcan seguras, los jóvenes encuentren oportunidades reales y las personas mayores reciban un trato digno, cuidado integral y afecto.
Deja en claro que cuando una sociedad descuida a sus familias o margina a sus adultos mayores, pierde su ancla moral; además, no basta con hablar de desarrollo social si este no se traduce en tranquilidad en los hogares. Entonces, apoyar al núcleo familiar significa facilitar condiciones para que permanezca unido y respaldado, reconociendo el papel esencial de abuelas y abuelos como pilares de cohesión y principios.
El viejo Santiago nos enseña que las circunstancias externas no se controlan a voluntad, pero sí podemos actuar con precisión y rigor. Esto me hace volver a plantear que la política con vocación de servicio no debe esperar pasivamente a que las cosas mejoren por arte de magia, antes bien, corresponde trabajar con método, honestidad y cercanía para que, cuando surjan las oportunidades, estemos listos para aprovecharlas.
La esperanza es la certeza activa de que cada día ofrece una nueva oportunidad para corregir el rumbo, siempre que mantengamos el esfuerzo constante y la fidelidad a nuestras convicciones. Además, colocar a la familia en el centro de las decisiones públicas y brindar a las personas mayores el lugar de honor que les corresponde es el camino más claro hacia una sociedad justa.
Para terminar, insisto que debemos seguir la lección del mar y del viejo pescador, que plantea no dejar de lado el compromiso de trabajar día a día con precisión, cuidar lo más valioso que tenemos que son nuestras familias, y estar siempre preparados para construir el porvenir que nuestra gente merece.







