El valor de la verdad

El valor de la verdad

Una estudiante llega de la escuela a casa y, entre la charla habitual, sus padres le preguntan cómo va con sus calificaciones. Ella responde que se esfuerza para que todo vaya bien. Sus padres, confiando en ella, no insisten más el tema. 

Pero después descubren que la realidad es diferente. Reprobó una materia, tiene varias tareas sin entregar y sus calificaciones están muy bajas. Mirando hacia atrás, debemos aceptar que ella no mintió al decir que se esforzaba, pero definitivamente hay que señalar que decidió no contar toda la verdad.

Una verdad a medias puede ser tan peligrosa como una mentira, y eso es precisamente lo que debería preocuparnos cuando hablamos del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, que prácticamente se convirtió en un ejercicio de autocelebración, en el que se enumeran los logros y se destacan las cifras favorables, pero claramente se manipulan problemas que podrían incomodar.

Cierto, no todo lo que se dijo es falso. De hecho, distintas afirmaciones del informe han sido verificadas como verdaderas. El problema aparece cuando algunos datos son presentados de manera imprecisa, engañosa o, de plano, resultan simulados.

Una revisión realizada por Verificado, medio de comunicación especializado en confirmar, comprobar o desmentir datos públicos, encontró que, de 21 afirmaciones analizadas del informe, nueve fueron verdaderas, seis falsas, tres imprecisas, dos engañosas y una no pudo ser verificada. Entre los temas revisados aparecen economía, empleo, salud, seguridad, petróleo y libertad de expresión.

Aquí es donde debemos detenernos, porque gobernar no consiste únicamente en enumerar los resultados que nos favorecen; también significa reconocer aquello que no está funcionando o que no resultó como debería ser.

Si existen personas que todavía enfrentan desabasto de medicamentos, hay que decirlo. Si las cifras de seguridad mejoran, hay que reconocerlo; pero si la reducción real no corresponde exactamente con el porcentaje anunciado, también hay que decirlo.

Si se crean empleos, hay que celebrarlo; pero también debemos hablar de la informalidad laboral. Y si la economía presenta indicadores positivos, hay que mostrarlos; pero sin utilizar una cifra favorable para esconder aquellas que todavía representan un desafío.

Eso es rendir cuentas, y señalar tales inconsistencias no es solo hacer política. Cuando hablamos de cifras de seguridad, salud, economía, empleo o cualquier otro asunto que afecta directamente la vida de los mexicanos, la precisión de los datos importa.

Durante años, uno de los principales argumentos de la 4T fue precisamente que combatiría a las prácticas del viejo régimen, ese que en los años setenta, ochenta y noventa convirtió la comunicación política en una herramienta para controlar el relato. Presumía logros, minimizaba problemas y prefería administrar la percepción pública antes que enfrentar públicamente sus propias contradicciones.

La promesa fue cambiar eso, pero hoy la contradicción resulta imposible de ignorar, porque algunos de los personajes -y sus prácticas- terminaron encontrando un nuevo espacio dentro del propio movimiento que hoy está en el poder en el ámbito nacional.

No nos extraña, entonces que deliberadamente omiten hablarnos a los ciudadanos con la verdad, más cuando esa verdad resulta sumamente incómoda.

Viene a mi mente la película Titanic y su infortunado accidente contra un iceberg. Mientras la situación del barco comienza a volverse crítica, la tripulación hace un esfuerzo por mantener en calma a los pasajeros y transmitir que la situación está bajo control.

Si ponemos atención, nos daremos cuenta que la confianza de los viajeros no desaparece cuando se enteran del problema, sino al descubrir que quienes tenían la responsabilidad de advertir del peligro sabían más de lo que estaban diciendo.

En pocas palabras, la tranquilidad de los pasajeros no cambió la grave situación del barco, y lo mismo pasa ahora en México. Nuestro país no puede resolver sus problemas si sus gobernantes, sus instituciones y sus ciudadanos no somos capaces de reconocerlos.

México necesita datos reales, no propaganda que nos divida. Necesita rendición de cuentas, no aplausos sin fundamento. Y necesita, sobre todo, recuperar el valor de la palabra verdad.

Porque decir la verdad cuando todo marcha bien es sencillo, pero la prueba máxima de honestidad aparece cuando la verdad incomoda. Ahí es donde un gobierno demuestra de qué está hecho. Y ahí también es donde una sociedad demuestra qué está dispuesta a exigir.

Solamente conociendo nuestra verdadera posición podremos saber hacia dónde debemos dirigirnos, y y si hay un iceberg frente a nosotros, lo peor que podemos hacer seguir navegando mientras repetimos que no pasa nada.

No se necesita un gobierno que solamente nos diga que el barco navega bien. Nuestro país necesita saber los daños, y tener la certeza de que quienes están al frente tienen la honestidad de reconocerlos, así como la capacidad de solucionarlos.

En política, como en la vida, la honestidad y la honradez no solamente consisten en no robar sino, además, en no manipular. Es rendir cuentas sin limitarse a presentar resultados positivos. Al contrario, hacerlo debidamente implica explicar los logros y avances, pero también los pendientes, los errores y las decisiones que deben modificarse.

La nefasta clase política que estuvo acabada y revivió gracias a la cuarta transformación, cree haber encontrado formas de presentar una realidad que simplemente no existe. Los ciudadanos no podemos permitir que esa práctica se convierta nuevamente en una costumbre, mucho menos bajo un proyecto político que llegó prometiendo terminar con ella.

Así como los padres de la estudiante, no buscamos que nos entreguen una boleta perfecta, pero sí queremos conocer nuestras verdaderas calificaciones.

Solamente cuando sepamos dónde estamos podremos decidir hacia dónde queremos ir y, si tenemos el valor de reconocer que algo no está funcionando, todavía estaremos a tiempo de corregir el rumbo.

El peligro no consiste en descubrir que el barco tiene problemas. Lo verdaderamente peligroso es no hablar con la verdad; seguir navegando mientras alguien insiste en decirnos que todo está bien.

Christian Gutiérrez Márquez

Christian Salvador Gutiérrez Márquez. Actualmente se desempeña como secretario de Desarrollo Social del Municipio de Aguascalientes. Es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) y cuenta con maestría en Gobierno y Administración Pública. En su trayectoria política y administrativa ha ocupado diversos cargos dentro del servicio público municipal y estatal, entre ellos regidor del Ayuntamiento de Aguascalientes (2019-2021), secretario de Administración del Municipio (2021-2023) y anteriormente titular del Instituto de la Juventud del Estado de Aguascalientes. Su perfil se ha caracterizado por una formación orientada a la gestión pública, administración gubernamental y operación institucional.

Christian Gutiérrez Márquez

Christian Salvador Gutiérrez Márquez. Actualmente se desempeña como secretario de Desarrollo Social del Municipio de Aguascalientes. Es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) y cuenta con maestría en Gobierno y Administración Pública. En su trayectoria política y administrativa ha ocupado diversos cargos dentro del servicio público municipal y estatal, entre ellos regidor del Ayuntamiento de Aguascalientes (2019-2021), secretario de Administración del Municipio (2021-2023) y anteriormente titular del Instituto de la Juventud del Estado de Aguascalientes. Su perfil se ha caracterizado por una formación orientada a la gestión pública, administración gubernamental y operación institucional.

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