Fomento a la lectura II

Hay mucho que escribir de este tema, más de lo que se imaginan, pero lo dicho hasta ahora me llevan a mis primeros años y la experiencia de la cual abrevé. Algo hay que hacer con los demás. El pasado fin de semana, platicando con mi nieto Ferrán, me preocupaba por su desdén por la lectura, concluyendo que así están muchos niños y niñas, los cuales no encuentran elementos de atracción, desconociendo que hacerlo les puede despertar la imaginación y ampliar su visión sobre el mundo y el entorno en el cual se mueven.
Ya mencioné el papel que jugo mi papá en el hábito que sigo manteniendo. Ahora señalaría los primeros libros que recuerdo y me sellarían, antes incluso de las lecturas estrictamente infantiles, partiendo de una cuestión que no tengo claro cuándo llegó y que determinaba que había que leer todo lo que me caía en las manos, tomaba notas sobre lo leído, apuntaba las palabras que desconocía, para después ir al tumbaburros y conocer su significado. Para mis adentros era como una meta que diariamente conociera una palabra nueva. Es una práctica que sigo haciendo, anotándola en mi cuaderno que he bautizado como “de todología y de auxilio para la desmemoria”
De esta manera no solo eran libros sino historietas y revistas. Recuerdo una que se llamaba Historias ejemplares, donde conocí quién fue Andrés Bello, un escritor clásico venezolano, que ahora me ha costado encontrar Literatura suya en las librerías de viejo. El otro es Pierre Cambbronne, que participó en las fuerzas napoleónicas en la Batalla de Waterloo y que desde entonces recuerdo una frase suya: La Guardia muere, pero no se rinde.
Siempre me gustó la historia, no solo la Literatura, de tal manera que hubo un libro de Alfonso Toro, sobre la Independencia de México, que leí y casi aprendí de memoria, cuando no había cumplido los diez años de edad. En él aprendí que a Hidaldo le conocían como El Zorro y me aprendí los pormenores de la Batalla del Puente de Calderón, a pocos kilómetros de Guadalajara, que ganaron los realistas, pero donde perdió la vida uno de sus comandantes: Manuel Flon, Conde de la Cadena.
Antes de llegar a Salgari, Verne o Twain. Llegaron otros cinco libros que recuerdo, quizá hubo más, pero éstos los tengo presentes: el primero es Corazón, diario de un niño, meloso y cristiano, pero que por entonces me fascinó, sobre todo el cuento De los Apeninos a los Andes. El diario de Ana Frank. Contado inicialmente por la directora de la primaria donde iba: Carmen Ibarra de Loyola. Tercero, Me llamaban Casandra, de la periodista francesa Geneviève Tabouis, un libro que compré a un peso de entonces en la librería de Cristal, ubicada a un costado del Palacio de Bellas Artes, en la Alameda Central, durante en una de mis habituales vacaciones de verano de cada año. Aunque es una autobiografía, de este libro (que no he podido conseguir hasta ahora. Quizá fue el primer libro que compré con mi dinero), solo recuerdo el pasaje donde se habla del hijo que fuera del matrimonio tuvo la emperatriz Carlota. El cuarto fue Los de abajo de Mariano Azuela, que fue el primer texto sobre la revolución mexicana que leí. El quinto fue una compilación de política internacional de Lenin, donde destacó una breve semblanza de Eugenio Pottier, autor de La Internacional. Este lirbo lo tomé prestado de la pequeña biblioteca que tenía mi tío Rafael Guel Jiménez.
Lo anterior me selló y condujo a un camino de sendero interminable.







