Dos Méxicos en un salón de sesiones: La visita de Ayuso y la fractura civilizatoria de Aguascalientes
Una disección semiótica del 6 de mayo de 2026
Aguascalientes, 6 de mayo de 2026. Mientras Isabel Díaz Ayuso pronunciaba su discurso sobre los 600 millones de hispanohablantes que conforman, según ella, una sola familia, afuera del Congreso local un grupo de manifestantes cargaba pancartas con consignas como «Ayuso fascista, tu odio no conquista» y «Fuera, traidores a la patria». Adentro, la gobernadora Teresa Jiménez sonreía; afuera, en otro espacio, la senadora Nora Ruvalcaba la declaraba persona non grata. El mismo recinto y el mismo día albergaban a dos naciones sin posibilidad de diálogo.
Lo ocurrido hoy en el Salón de Sesiones «Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes» no fue un acto protocolario ni un incidente menor. Fue la condensación visible de una fractura civilizatoria que Guillermo Bonfil Batalla diagnosticó con precisión quirúrgica en 1987: el conflicto entre el México Imaginario y el México Profundo. Lo que esa mañana se escenificó no fue simplemente el choque entre el PAN y Morena, sino algo mucho más antiguo y difícil de resolver.
El escenario: Aguascalientes como laboratorio del México Imaginario
Ningún estado de la República ilustra mejor en estos momentos la tesis central de Bonfil Batalla que Aguascalientes. Esta entidad, que curiosamente carece de una población indígena estadísticamente significativa, cuenta con una identidad forjada en torno a la industrialización, la feria, el orden urbano y el catolicismo práctico. Es, en términos bonfilianos, la expresión más acabada del México Imaginario: ese proyecto de nación que desde la Independencia ha pretendido construir un país «a imagen y semejanza de los modelos externos de civilización occidental» (Bonfil Batalla, 1987, p. 11).
Esta no es una lectura acusatoria, sino una descripción estructural. Que el PAN gobierne Aguascalientes desde 1998 no es una anomalía, sino la expresión política de ese sustrato. La medalla entregada hoy por el Congreso local a Díaz Ayuso posee una coherencia interna perfecta: un gobierno que se concibe a sí mismo como parte del «espacio atlántico civilizado» reconoce a una figura que encarna exactamente ese mismo proyecto en España. Rodrigo Cervantes Medina lo dijo sin ambigüedad: Aguascalientes es un estado «abierto al mundo, a la cooperación y al diálogo«. Conviene precisar que el «mundo» al que se refiere no incluye referencia alguna a Mesoamérica. La pregunta de Bonfil Batalla sigue sin respuesta: si el México Profundo es negado no como accidente, sino como condición de posibilidad del proyecto nacional, entonces ¿quién habla cuando los políticos invocan a «México»? (Bonfil Batalla, 1987, p. 16).
Roland Barthes ofrece una clave analítica complementaria: el mito, sostiene el semiólogo francés, no niega las cosas, sino que tiene como función hablar de ellas y naturalizarlas (Barthes, 1957/2012, p. 239). La entrega de la medalla no requiere ser analizada como una conspiración; es un mito político que opera con perfecta naturalidad. El hispanismo no es una ideología que alguien eligió conscientemente esta mañana; es el agua en la que el PAN hidrocálido ha nadado durante décadas sin notar que es, precisamente, agua.
El discurso de Ayuso: Mitología colonial con lenguaje de marca personal
El texto del discurso de Díaz Ayuso ante el pleno del Congreso merece una atención precisa. La presidenta de la Comunidad de Madrid afirmó que México y España son «parte de una misma familia, con un idioma, una religión y unos valores compartidos desde hace cinco siglos«. Sostuvo que «donde algunos ven diferencias o reniegan de la historia, nosotros vemos oportunidades«, y que ambas naciones pertenecen a «una comunidad de más de 600 millones de personas que comparten una forma única de entender la vida«.
Esta es una estructura mítica clásica en el sentido barthesiano: el significante (cinco siglos de historia compartida) se convierte en un significado naturalizado (somos la misma familia) mediante la operación de borrar el conflicto constitutivo. «Cinco siglos de historia compartida» implica, entre otros eventos, la destrucción de las civilizaciones mesoamericanas, la esclavización de poblaciones africanas y la construcción de un orden colonial que Bonfil Batalla caracterizó como la «negación de la civilización propia» (1987, p. 19). Que esto sea presentado como una herencia común celebrable, sin ironía ni mediación crítica, es el gesto mítico por excelencia. La operación consiste en vaciar la historia de su contenido conflictivo para llenarla de «naturaleza«: cinco siglos de violencia colonial se convierten, por arte del mito, en «familia» (Barthes, 1957/2012, p. 251).
Aquí entra la aportación de Néstor García Canclini. En su trabajo sobre culturas híbridas, el antropólogo advierte que la modernización latinoamericana no implica la sustitución de lo tradicional por lo moderno, sino su rearticulación dentro de lógicas de poder específicas (García Canclini, 1990, p. 71). El discurso de Ayuso no propone una hibridación en este sentido analítico, sino una absorción. La «familia» hispánica que describe tiene un centro de gravedad inequívoco: Madrid. Los 600 millones de personas que «comparten una forma única de entender la vida» lo hacen, implícitamente, en los términos que España define como universales. Es el universalismo de quien tiene el poder de nombrar.
Roger Bartra, en su deconstrucción del carácter nacional, identifica un mecanismo similar en la construcción de la identidad criolla y mestiza: la necesidad permanente de validación externa como condición de la autoestima política (Bartra, 1987, p. 34). Lo ocurrido en el Salón de Sesiones fue la reproducción de ese mecanismo: el gobierno hidrocálido buscando, en la aprobación de la presidenta madrileña, la confirmación de su pertenencia a una modernidad que imagina atlántica, laica en sus formas y conservadora en sus valores.
La respuesta morenista: ¿México profundo o performance nacionalista?
La izquierda hidrocálida no sale mejor parada del análisis. Daniel Galván, secretario general de Morena en el Estado, calificó el acto de «malinchismo» y exigió a los diputados «mantener los pies en la tierra porque los distritos que representan son de personas mexicanas«. La regidora Martha Márquez subió al escenario del Teatro Morelos con una pancarta que rezaba: «No Tenemos Agua». Mientras tanto, los manifestantes afuera del Congreso gritaban: «Es un honor estar con Claudia«.
El concepto de «Cultura Propia» en Bonfil Batalla no refiere a la identidad nacional burguesa ni al culto presidencial, sino a los elementos culturales «cuya creación y recreación se encuentran bajo el control del grupo que los usa» (Bonfil Batalla, 1987, p. 49). Invocar a Claudia Sheinbaum como contrapunto simbólico de Díaz Ayuso no es una reivindicación del México Profundo; es la sustitución de un referente externo por otro igualmente institucionalizado. El México Profundo no tiene presidenta ni bandera: tiene milpa, tequio, asamblea comunitaria y memoria larga. Ninguna de estas categorías apareció en las consignas del mitin. El nacionalismo oficial mexicano ha sido siempre la forma en que el México Imaginario administra la amenaza del México Profundo: lo celebra en museos, lo explota en festivales y lo ignora en sus políticas (Bonfil Batalla, 1987, p. 173).
García Canclini aportaría aquí la categoría de «patrimonio cultural impugnado«: bienes simbólicos que distintos grupos reclaman como propios para legitimar posiciones de poder sin necesariamente habitarlos (1990, p. 183). La consigna «Fuera, traidores a la patria» y la medalla a Díaz Ayuso son operaciones simétricas: ambas reclaman una «mexicanidad» que ninguna representa de manera no mediada. El episodio más honesto del día fue, paradójicamente, el de Martha Márquez. La regidora no habló de civilización ni de soberanía, sino de agua. Esa es una demanda del México que habita el territorio, no del que se imagina en los discursos. Sin embargo, el gesto fue inmediatamente recodificado por su partido como capital comunicacional, reduciendo la crisis hídrica a escenografía del conflicto ideológico.
La disonancia específica de Aguascalientes
Existe una tensión interna al propio estado que merece ser nombrada. Aguascalientes celebra en este 2026 sus 450 años de fundación, y la ceremonia del Congreso fue encuadrada en este marco. No obstante, la fundación en 1575 fue un acto de colonización territorial: un presidio militar establecido para proteger el Camino de la Plata de los ataques chichimecas, población que resistió la expansión novohispana con una ferocidad que los cronistas describieron con espanto (Powell, 1977, p. 44).
Los chichimecas de Aguascalientes no sobrevivieron como grupo distinguible; su derrota fue total. En ese sentido, la afirmación de Díaz Ayuso sobre la historia local como «fruto de la mezcla de pueblos» es técnicamente un dato incompleto: la mezcla ocurrió sobre el vaciamiento. Bonfil Batalla lo formularía como la condición estructural del proyecto nacional: no hay México Imaginario sin la negación previa del México Profundo (1987, p. 18). Lo irresistible de la escena es que el salón donde se entregó la medalla se llama «Soberana Convención Revolucionaria«. El espacio nombrado en honor al episodio que concentró la mayor diversidad de fuerzas populares en 1914 fue el escenario elegido para condecorar a una política cuyo discurso reconstruye exactamente el orden que aquella Revolución pretendía desmantelar. La historia tiene un sentido del humor que los antropólogos estructuralistas y semiólogos agradecemos.
Barthes, el mito y el día después
El columnista Carlos Gutiérrez señaló con lucidez que ambas reacciones eran «congruentes» desde sus propias lógicas. Tiene razón descriptivamente, pero la congruencia no exime del análisis crítico. Barthes enseñaba que el mito de derecha es naturalista: presenta el orden existente como dado e inevitable. El mito de izquierda, cuando existe, suele ser artificialista: subraya la construcción, la voluntad y el conflicto (Barthes, 1957/2012, p. 286).
Lo que ocurrió hoy fue la colisión de ambas operaciones en un espacio que favorece estructuralmente a la primera. El hispanismo de Ayuso no necesita argumentarse en Aguascalientes: ya está naturalizado. El antihispanismo de Morena, en cambio, debe actuarse y dramatizarse afuera de las vallas. Esa asimetría semiótica es un indicador del estado real de fuerzas. El mito no oculta; su función es deformar, presentando la contingencia histórica como eternidad natural.
La civilización negada y sus dos banderas
Hay algo que ambos bloques comparten: ninguno habla en nombre del México Profundo. El México Profundo no es una metáfora romántica; es la constatación de que existe una civilización viva cuyos principios de organización y relación con la naturaleza son radicalmente distintos al horizonte occidental que ambos bloques comparten como incuestionable (Bonfil Batalla, 1987, p. 22).
La disputa entre quien entrega la medalla y quien la declara persona non grata es una disputa doméstica entre dos facciones del México Imaginario. García Canclini matizaría esto: el modelo de Bonfil Batalla puede esencializar la distinción entre lo propio y lo ajeno, dificultando el análisis de las formas híbridas (García Canclini, 1990, p. 264). Pero la pregunta de fondo permanece: en el conflicto del 6 de mayo, ¿alguno de los dos bloques habló de los milperos de Calvillo o de las condiciones en las maquiladoras, o las fosas de cadáveres que existen en Aguascalientes?. No. Hablaron de libertad, soberanía y agua como consigna. El México que habita el territorio siguió siendo el gran ausente.
Lo que el 6 de mayo de 2026 dejó en Aguascalientes fue la escenificación de una guerra de posiciones donde el terreno disputado son los símbolos del Estado. Ninguno de los dos bloques resuelve la negación estructural de la civilización negada. Como diría Bartra, ambos operan dentro del «laberinto de la soledad» de Octavio Paz, donde la identidad se construye siempre en relación a un «otro» externo (Bartra, 1987, p. 28). Mientras tanto, una regidora con una pancarta sobre el agua fue el personaje más honesto de la jornada. No por tener una teoría, sino por hablar de algo concreto que la gente necesita. Eso es lo más cercano al México Profundo que apareció hoy: no un discurso sobre la historia, sino una demanda sobre lo que falta.
Referencias
Barthes, R. (2012). Mitologías (H. Schmucler, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1957).
Bartra, R. (1987). La jaula de la melancolía: identidad y metamorfosis del mexicano. Grijalbo.
Bonfil Batalla, G. (1987). México profundo: una civilización negada. Secretaría de Educación Pública / CIESAS.
García Canclini, N. (1990). Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.
Powell, P. W. (1977). La guerra chichimeca (1550-1600) (J. Utrilla, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

