El barco que dejó de ser necesario

El Intrepid fue un portaaviones de guerra. Hoy es un museo atracado en Manhattan.
De frente, sin embargo, sigue imponiendo. Su proa ocupa casi todo el campo de visión, como si todavía estuviera hecha para avanzar. Sobre la cubierta permanecen aviones. Lo que alguna vez formó parte de una maquinaria concebida para combatir ahora recibe visitantes.
Ya no navega.
Hubo un tiempo en que barcos como éste no eran piezas de museo. Eran instrumentos de poder. De sus cubiertas despegaban aviones; en sus pasillos se esperaban órdenes; sus armas, radares y motores podían influir en el curso de una batalla. Para quienes vivían aquel presente, aquello no era historia. Era urgencia.
Ahora hay turistas, familias y cámaras. Los aviones permanecen inmóviles. Las armas ya no apuntan a ningún enemigo. Los uniformes están detrás de vitrinas. Las fotografías conservan rostros de personas que combatieron, tuvieron miedo o esperaron volver a casa.
Los objetos parecen hablar por sí mismos, aunque quizá lo que dicen no tenga que ver solamente con la guerra.
El presente nunca es para siempre.
Cada época construye sus propias certezas. Hay tecnologías que parecen insustituibles, instituciones que parecen eternas, conflictos que ocupan todo el horizonte y poderes que parecen destinados a permanecer. Mientras estamos dentro de nuestro tiempo resulta difícil imaginar que algún día alguien lo observará desde fuera, con la misma distancia con la que hoy contemplamos un avión de combate detenido sobre la cubierta de un museo.
El museo no le quita grandeza al objeto. Cambia el significado de esa grandeza. Lo que antes imponía por su capacidad de combatir, desplazarse o destruir, ahora impresiona porque sobrevivió lo suficiente para convertirse en testimonio.
El Intrepid sigue siendo gigantesco. Lo que envejeció fue aquello para lo que fue construido.
No perdió su tamaño; perdió su función. Su fuerza está ahora en permanecer quieto y permitir que otros intenten comprender una época en la que máquinas como ésta parecían indispensables.
Tal vez ésa sea una de las lecciones más discretas de los museos: lo que una generación considera definitivo, otra puede encontrarlo detrás de una placa explicativa.

El barco permanece. La época que lo necesitó, no.
La fotografía la tomé el 28 de diciembre de 2018 frente al Intrepid Sea, Air & Space Museum, en Manhattan, Nueva York.
Más allá de la mirada: La fotografía muestra la proa de un antiguo portaaviones. Lo que no muestra es el tiempo que tuvo que pasar para que una máquina concebida para combatir terminara recibiendo visitantes. También el poder envejece: lo que una época necesitó para la guerra, otra lo conserva para tratar de comprenderla.
mariogranadosgutierrez@outlook.com







