El fomento a la lectura

Vivimos tiempos contradictorios donde se han multiplicado las fuentes donde todo el interesado puede allegarse de información, abrevar de ella, una información recientemente leída sobre los temas que los atraigan, complejos bancos de datos, bibliotecas enteras al acceso del interesado. Pero en contrapartida, subsiste la impresión de que, las nuevas generaciones se han concentrado ya no digamos en la televisión, que antes era un foco nefasto de atracción y secuestro de la atención de los espectadores mediante cuestionados contenidos. Ahora lo han sufrido las redes sociales y la utilización de algoritmos a modo.
Es decir, se ha desaprovechado la abundancia de medios para allegarnos de información, no obstante de las iniciativas que se han implementado en los últimos años en el fomento a la lectura, aunque no es la única iniciativa que tendríamos que atender, pero que si es necesario multiplicar.
Al respecto, me salta negativamente la lectura de una afirmación recientemente publicada, en el sentido que, la gente por lo menos debía de leer un libro al mes. Es decir, doce libros al año y así, si por lo menos haya esto en sesenta años de su vida, llegaría apenas a 720 a lo largo de su existencia, nada pues, con esa mísera cantidad no cabrían ni siquiera las relecturas.
En lo personal me siento insatisfecho por la cantidad de libros que he leído hasta ahora en el presente año, cerca de ochenta libros hasta mediados del mes de agosto. Con ese ritmo llegaría a aproximadamente 120, sin contar con otras lecturas adicionales, como varios periódicos nacionales y de la entidad, revistas y artículos sueltos, según el tema que le interesa en eses momento, para los textos que elaboro: en promedio, uno al día.
No ha sido un proceso fácil llegar a esta práctica diaria, que ahora se ha convertido en parte de mi cotidianidad, como bañarme o lavarme la boca. Implica invertirle un buen tiempo al día, alternándolo con el esparcimiento y con las conversaciones con los demás. Siempre, en todo momento hay algo que aprender, algo nuevo que conocer, lo cual abre una ancha puerta hacia el conocimiento. Por esto desde niño siempre he recordado una frase de Malebranche: “Más sabe el que más ignora”, que después descubrí que provenía de Sócrates: “sólo se que no se nada”.
Periodista empírico, mi padre fue un gran lector, siempre lo encontré leyendo, sobre todo en las noches y las madrugadas. De él surgió mi curiosidad y después el hábito de la lectura. Siempre he concebido que en cada hogar debe de haber libros, pero no para que adornen polvosos libreros, sino para abrir una puerta rica para mirar de mejor manera el mundo en el que vivimos.
También entiendo porque la gente no escribe. Alguien que no lee no puede escribir. Ese primer paso lleva al segundo. El tercero es la conversación y el intercambio de ideas, versadas, sustentadas, no a la manera mcluhiana. También se sale de lo monotemático. Solo de la familia o el futbol o la carrera y el oficio.
La lectura nos hace libres…







