El privilegio roto: pasquines, propaganda y la vieja pregunta sobre quién puede hablar

Una réplica a Aníbal Salazar, en diálogo con Umberto Eco, Néstor García Canclini y la larga historia del miedo a las nuevas tecnologías de la palabra
Leo el texto de Aníbal Salazar en Ciudad de Aguascalientes y me detengo en una escena que conozco de memoria, aunque no la haya vivido exactamente así: “un grupo de estudiantes de comunicación maquetando en CorelDraw, un pasquín tabloide de dieciséis páginas, financiado por un operador político, impreso en la rotativa de un semanario policíaco y repartido por todo el estado. Ocho ediciones, un bono generoso al final, un viaje de celebración a Zipolite.”Lo que me interesa de ese relato no es la anécdota, sino su honestidad: Salazar no disfraza lo que hicieron. Dice, con una franqueza poco común en este oficio, que fueron “soldados” al servicio de intereses comerciales y políticos, no periodistas independientes, y que no se arrepiente.
No leo ahí una añoranza ingenua del pasado. Leo, sobre todo, una pregunta abierta sobre el presente: si hace treinta años hacer un pasquín exigía una rotativa, una maquila y semanas de trabajo artesanal, y hoy cualquiera puede generar un portal, publicar un meme o producir contenido con inteligencia artificial en minutos, ¿qué distingue ya a un medio de comunicación de una herramienta de propaganda?
Esa pregunta, no la anécdota, no la nostalgia, es lo que me interesa discutir aquí. Y creo que merece una respuesta que no se quede en la coyuntura de Aguascalientes, sino que discuta algo más amplio: qué ocurre, históricamente, cuando una tecnología nueva abarata de forma radical la producción y circulación de información.
Antes de matizar conviene ser justos. Salazar no pide que se restablezcan las barreras de entrada de antaño. No dice que la rotativa fuera mejor que la inteligencia artificial, ni convierte su anécdota en una defensa corporativa del periodismo tradicional frente a los nuevos medios. Al contrario: reivindica explícitamente el lugar legítimo de la propaganda política y sitúa la diferencia entre periodismo y propaganda no en el formato ni en el costo de producción, sino en lo que llama “la disciplina de origen”: verificación y pluralidad de fuentes.
“La democracia se construye también desde el ruido, desde la disputa por la narrativa, desde el pasquín”, escribe Salazar. La observación es más generosa con los nuevos medios de lo que una lectura apresurada podría suponer.
Ese diagnóstico es en lo esencial correcto. El problema no es cuántos medios existen ni cuánto cuesta producir uno; el problema es si ese medio se somete o no a una disciplina de verificación. Donde el artículo original deja una pregunta abierta y donde esta réplica quiere intervenir, es en su observación, casi de pasada, sobre los más de cuatrocientos nuevos medios de comunicación que menciona y la duda de cuántos de ellos están ofertando un contenido propio. Esa pregunta es legítima. Pero si no se acompaña de un marco histórico y sociológico, corre el riesgo de leerse como una nostalgia por la escasez: como si la saturación misma y no la ausencia de verificación fuera el síntoma que debiera preocuparnos.
Esta réplica no busca corregir a Salazar en lo que dijo, sino extender, con herramientas de la sociología de la cultura, la historia de las tecnologías de comunicación y la teoría política liberal, la distinción que él mismo ya intuyó: la que existe entre defender estándares de calidad y defender, sin quererlo, las barreras de entrada que durante décadas decidieron quién podía hablar.

La tesis: democratizar no es degradar
La aparición de nuevos medios, las herramientas digitales y la inteligencia artificial no deben interpretarse automáticamente como una degradación del periodismo o de la cultura. Constituyen, también, una reducción histórica de las barreras económicas, técnicas y culturales que durante generaciones determinaron quién tenía la capacidad material de producir y distribuir información. Esa democratización no garantiza calidad, siempre habrá propaganda, superficialidad, manipulación y ruido, y de hecho los habrá en abundancia, pero la respuesta a esos problemas no puede consistir en añorar, así sea sin proponérselo, la reconstrucción de las barreras que antes concentraban la producción cultural y simbólica en pocas manos.
Hay una diferencia que debe mantenerse siempre visible: una cosa es defender estándares profesionales de verificación, y otra muy distinta es defender aunque sea indirectamente, aunque sea con buena fe las condiciones de escasez que hacían que producir un medio fuera privilegio de quien tenía rotativa, concesión, capital o contactos.
Que ahora cualquiera pueda abrir un portal no significa que cualquiera vaya a hacer buen periodismo. Significa algo distinto, y probablemente más importante: que hacer un medio dejó de ser privilegio exclusivo de quien tenía las condiciones económicas y tecnológicas para hacerlo.
La democratización del acceso no elimina la necesidad de calidad; cambia, radicalmente, quién tiene siquiera la posibilidad de intentar producirla.
Apocalípticos e integrados: el error de interpretar toda innovación como decadencia
En 1964 el semiólogo italiano Umberto Eco publicó Apocalittici e integrati, un libro que sigue siendo la herramienta conceptual más útil para pensar estos debates. Eco describió dos posturas frente a la cultura de masas, en ese entonces era la televisión, el cómic, la canción popular, que se repiten, casi sin variación, cada vez que aparece una tecnología cultural nueva. Los “apocalípticos” interpretan la proliferación de contenidos como una caída irreversible, una traición a la alta cultura, un signo de decadencia. Los “integrados”, en el extremo opuesto, celebran la novedad de forma acrítica, sin preguntarse por sus costos ni por quién concentra el poder dentro del nuevo ecosistema. Umberto Eco no se colocaba en ninguno de los dos extremos: él proponía una mirada lúcida que reconociera los problemas reales de la cultura de masas sin renunciar a comprenderla como una transformación, no como un apocalipsis.
Este marco es indispensable para leer el debate sobre la IA y el periodismo digital. Frente a la proliferación de portales, memes políticos y contenido generado por inteligencia artificial, es tentador y en algunos casos es justificado alarmarse. Pero la alarma se vuelve apocalíptica cuando deja de distinguir entre el problema real (ausencia de verificación, saturación de ruido, manipulación deliberada) y el fenómeno que lo hace posible (el abaratamiento del acceso a la producción). No hay que celebrar acríticamente la IA como herramienta editorial, sería caer en la ingenuidad de los integrados, pero tampoco se puede tratar la multiplicación de voces como si fuera, en sí misma, síntoma de deterioro cultural.

Sócrates y el miedo más antiguo a la escritura
Conviene recordar que la angustia frente a una nueva tecnología de la palabra no nació con internet. En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates una crítica a la escritura que hoy resulta asombrosamente familiar. Según el mito que Sócrates relata, cuando el dios Theuth presentó la escritura al rey egipcio Thamus como un remedio para la memoria, Thamus respondió que ocurriría lo contrario: quienes aprendieran a escribir dejarían de ejercitar la memoria, confiarían en signos externos y ajenos, y llegarían a parecer sabios sin serlo, cargados de una erudición que no habían digerido internamente. Sócrates añade que los textos escritos tienen un defecto adicional: no pueden responder preguntas, se repiten siempre de la misma manera y circulan indiscriminadamente entre quienes los entienden y quienes no, sin control sobre quién los recibe.
La ironía es doble. Primero, que ese argumento contra la escritura sobrevive precisamente porque alguien lo escribió. Segundo, y más importante para este debate: la preocupación de Sócrates no era descabellada, la escritura efectivamente transformó la relación humana con la memoria y el conocimiento, pero su conclusión, si se hubiera impuesto, habría bloqueado una de las tecnologías que más ha democratizado el acceso al saber en la historia humana. La ansiedad ante una nueva tecnología cultural, entonces, no es un fenómeno de la era digital: es una constante antropológica. Eso no significa que toda ansiedad sea infundada; significa que hay que examinar cada una en sus propios términos, sin asumir que el simple hecho de sentirla la vuelve verdadera.
De la imprenta a la inteligencia artificial: una genealogía
La historia de las tecnologías de comunicación puede leerse como una sucesión de episodios en los que una innovación reduce el costo de producir o circular información, y esa reducción es recibida, primero, como amenaza. La imprenta de Gutenberg, en el siglo XV, rompió el monopolio eclesiástico y aristocrático sobre la copia de textos; la Iglesia y las monarquías reaccionaron con censura, licencias e índices de libros prohibidos, precisamente porque la nueva tecnología alteraba quién podía difundir ideas. La prensa popular del siglo XIX, el llamado periodismo amarillo, pero también los panfletos políticos y la prensa obrera, fue denunciada como vulgarización de la opinión pública por las élites letradas que hasta entonces habían controlado los periódicos serios. La fotografía inquietó porque parecía sustituir el juicio artístico por un mecanismo; el cine, porque masificaba narrativas fuera del control de la escuela o la iglesia; la radio y la televisión, porque concentraban audiencias inmensas en manos de unos pocos emisores y aquí, de hecho, la preocupación se invirtió: ya no era solo el temor a la vulgarización, sino el temor a la concentración del poder de emitir.
Internet y las redes sociales reprodujeron el patrón dos veces: primero como promesa de descentralización total, después como advertencia sobre la desinformación y las cámaras de eco. La inteligencia artificial generativa es, en este relato, el episodio más reciente, no el primero ni previsiblemente el último. El patrón histórico no es una equivalencia simplista entre Gutenberg y un modelo de lenguaje, es ingenuos quienes igualan ambos fenómenos sin matices, pero sí revela algo constante: las sociedades tienden a experimentar cada reducción de las barreras de entrada a la producción cultural como una amenaza antes de comprender plenamente las posibilidades que abre. Eso no prueba que la IA sea inofensiva. Prueba que la sola novedad tecnológica no es, por sí misma, evidencia de decadencia.
Industrias culturales, capital y barreras de entrada
El error más común en este debate es reducir la discusión a una frase: “ahora la IA hace barato diseñar un periódico”. Es cierto, pero insuficiente. La producción mediática dependió, históricamente, de una acumulación de recursos que iba mucho más allá del diseño: rotativas e infraestructura de impresión, concesiones de radiodifusión otorgadas por el Estado, redes físicas de distribución, ingresos publicitarios suficientes para sostener pérdidas mientras se consolidaba una audiencia, personal especializado y, no menos importante, relaciones políticas que facilitaban o bloqueaban el acceso a esas concesiones. Pierre Bourdieu, en sus análisis del campo periodístico y del capital cultural y económico, mostró que el acceso a un campo de producción simbólica como el periodístico, el literario y el académico, nunca depende solo del talento: depende de la posesión previa de los capitales que permiten entrar y permanecer en ese campo. Quien carecía de capital económico para sostener una rotativa, o de capital social para obtener una concesión, sencillamente no podía competir, por talentoso que fuera.
Lo que las tecnologías digitales han hecho no es eliminar el capital de la ecuación, es ingenuo afirmarlo, ya que lo que ocurre es una reducción drástica del umbral de entrada. Publicar ya no exige una rotativa; distribuir ya no exige una concesión; producir contenido audiovisual de calidad razonable ya no exige un estudio profesional. El argumento correcto no es que “el capital desapareció”, sino algo más preciso: las nuevas tecnologías permiten que actores con mucha menor disponibilidad de capital compitan en terrenos que antes exigían inversiones que solo unos pocos podían costear. Eso no equivale a decir que las viejas industrias culturales fueran simples monopolios en el sentido técnico del término; con frecuencia fueron oligopolios, o estructuras de fuerte concentración y economías de escala, sostenidas por lo que podría llamarse, siguiendo la tradición sociológica, una forma de hegemonía cultural: no la prohibición explícita de que otros hablaran, sino la organización de las condiciones materiales que hacía que, en los hechos, muy pocos pudieran hacerlo con alcance masivo.
Vale la pena traer aquí, aunque sea de paso, a Robert Michels, cuyo concepto de la ley de hierro de la oligarquía he usado en esta misma columna para analizar partidos políticos, y que aplica sin demasiado esfuerzo a las industrias mediáticas. Robert Michels observó que toda organización que crece termina generando una minoría dirigente que concentra los recursos, la información y la capacidad de decisión, incluso cuando su origen fue igualitario. Los viejos sistemas mediáticos no escaparon a esa lógica: la concentración no era una anomalía del periodismo del siglo XX, era casi su condición de posibilidad estructural. Preguntarse hoy si las plataformas digitales reproducirán una oligarquía equivalente que termine siendo dueña ya no de la rotativa sino del algoritmo, no es pesimismo tecnológico; es, simplemente, aplicar la misma sospecha institucional a un objeto nuevo y que de hecho está ocurriendo en favor de quien conoce el algoritmo y el manejo de escala de grandes grupos de datos.

Néstor García Canclini y la transformación del consumo cultural
El antropólogo y filósofo argentino-mexicano Néstor García Canclini, en su libro Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad (Grijalbo, 1990), documentó y explicó cómo las prácticas de consumo cultural en América Latina se transforman de manera constante mediante procesos de hibridación entre lo culto, lo popular y lo masivo, sin que ese cruce implique automáticamente una pérdida de valor. Néstor García Canclini, insistió en que las industrias culturales no destruyen sin más las culturas populares o tradicionales, sino que reorganizan las condiciones de acceso y participación: quién produce, quién consume, y a través de qué mediaciones circula el sentido.
Aplicado a este debate, el aporte de Néstor García Canclini sirve para evitar dos errores simétricos. El primero es asumir que la multiplicación de medios digitales equivale automáticamente a mayor pluralismo real, ya que el acceso a producir no garantiza que las audiencias diversifiquen su consumo; los algoritmos y los hábitos pueden concentrar la atención en unos pocos nodos incluso en un ecosistema técnicamente abierto. El segundo error es asumir que la cultura profesional tradicional era, por definición, superior a la cultura híbrida que ahora emerge de plataformas, redes y herramientas de IA. Néstor García Canclini invitaría más bien, a preguntar qué nuevas mediaciones surgen ante el uso de las métricas, algoritmos, y plataformas generativas que están organizando hoy el acceso a la producción y al consumo simbólico, y sobre todo a quién benefician esas mediaciones.
Tecnología, redes y la descentralización del poder
Ahora recurriendo al sociólogo y futurólogo Alvin Toffler, en su libro La tercera ola (1980), anticipó que la revolución de la información produciría una descentralización de la producción frente al modelo industrial masivo y centralizado, permitiendo lo que llamó “prosumidores”: personas que dejan de ser meras receptoras de contenido para producirlo también. Marshall McLuhan, décadas antes en diferentes pláticas que dio y en su libro La galaxia Gutenberg: génesis del homo typographicus (1962), ya había insistido en que los medios no son canales neutros que transmiten contenido, sino estructuras que reconfiguran las relaciones sociales, su fórmula “el medio es el mensaje” sigue siendo la advertencia más útil contra la tentación de analizar la IA solo por lo que produce, ignorando cómo transforma quién puede producir. Manuel Castells, en su trilogía sobre la era de la información, describió cómo las redes digitales reorganizan el poder alrededor de la capacidad de conectar y desconectar nodos, y no exclusivamente alrededor de la propiedad de medios de producción en el sentido clásico.
Pero conviene no caer aquí en un optimismo ingenuo. Las mismas plataformas que democratizan el acceso a la producción mediante el uso y acceso a redes sociales, herramientas de IA generativa, sistemas de distribución algorítmica, pueden generar nuevas formas de concentración: monopolios de infraestructura, control sobre los algoritmos que deciden qué contenido llega a quién, dependencia de unas pocas empresas tecnológicas para poder ser leído o visto. Internet y la inteligencia artificial no son espacios naturalmente libres de poder concentrado; simplemente desplazan el lugar donde ese poder se ejerce, de la rotativa y la concesión hacia el servidor y el algoritmo. Y aún más desconocidos por los usuarios de estos sistemas es que en muchos casos como en Facebook y X, por nombrar algunas de ellas, al momento de aceptar el uso de ellas, se renuncia a legislaciones locales y aceptamos a someternos a la legislación del Estado de la Unión Americana de California y a las leyes federales de los Estados Unidos (lo sorprendente es que pongan miles, grito en el cielo por no querer ni aceptar el registro de líneas telefónicas cuando a las compañías extranjeras se les ha aceptado y permitido completo acceso a nuestros dispositivos e información para usos de mercado y seguridad en favor al pueblo Norteamericano). Reconocer esto no invalida el argumento de la democratización; lo hace más honesto.
Estado, capital y el control de los medios
La discusión sobre quién controla los medios suele simplificarse en una oposición entre “el Estado” y “los medios libres”, como si el poder solo pudiera concentrarse en instituciones públicas. Esa caricatura es tan falsa como su inversa. El poder sobre la producción simbólica puede concentrarse en el aparato estatal mediante censura, control de concesiones, publicidad oficial condicionada (así como nos la quieren hacer con leyes contra narco corridos y leyes que califican el contenido que van dirigidos a criminalizar el consumo y peor aún el pensamiento), pero también en el capital privado, en la propiedad concentrada de medios, en las plataformas tecnológicas que hoy deciden qué circula y qué no, o en redes de intermediarios que filtran el acceso a audiencias mediante avisos de privacidad y licencias que pocos leen.
La tradición liberal ofrece aquí un marco más útil que la disputa Estado-mercado. John Stuart Mill defendió la libre circulación de ideas no porque todas fueran igualmente verdaderas, sino porque incluso el error, expuesto al debate público, contribuye a que la verdad se sostenga con mejores razones; silenciar una opinión, sostenía, es una forma de infalibilidad presumida que ninguna autoridad —estatal o privada— debería arrogarse. Alexis de Tocqueville, al observar la vida asociativa estadounidense, advirtió que la dispersión de espacios de participación era una defensa contra la tiranía, fuera esta ejercida por el Estado o por una mayoría social homogénea. Friedrich Hayek, desde una tradición distinta, insistió en que ningún centro de decisión público o privado, posee suficiente información para organizar de manera óptima procesos complejos, y que la dispersión de la capacidad de actuar y decidir es preferible a su concentración, venga de donde venga.
La defensa liberal del pluralismo mediático no consiste en sustituir un monopolio estatal por un oligopolio privado, sino en limitar las concentraciones de poder allí donde aparezcan y ampliar, de manera simultánea, la libertad de entrada, expresión, asociación y competencia.
El caso mexicano
En México, la reducción de las barreras técnicas y económicas para producir información ha coincidido con la aparición de un ecosistema mucho más amplio de periodismo independiente, medios digitales nativos, colectivos de investigación y comunicadores que operan sin la estructura de una empresa periodística tradicional y mejor aún, sin la imposición de paradigmas culturales y científicos que como señala Thomas Kuhn en su libro Las estructuras de la revolución científica (1962) pueden hacer que quienes practican la doxa de la ciencia o la tecnología limiten el progreso al negarse a ubicar por seguir el paradigma.
Estos procesos de democratización no ha sustituido a los medios históricos ni ha resuelto los problemas estructurales del periodismo mexicano, la violencia contra periodistas, la dependencia de la publicidad oficial en muchos medios locales, la precariedad laboral del gremio, pero sí ha ampliado, de manera verificable en la experiencia cotidiana del oficio, el número de actores capaces de investigar, publicar y sostener una audiencia sin depender de una concesión de radiodifusión o de una rotativa propia. La discusión pública mexicana sobre desinformación en los últimos años demuestra, al mismo tiempo, que esa apertura trae consigo riesgos reales que sería irresponsable minimizar.
El caso de Aguascalientes
El propio texto de Aníbal Salazar es sin proponérselo, un testimonio de este proceso a escala local. La existencia misma de un ecosistema con múltiples portales, columnistas y comunicadores en Aguascalientes, del cual tanto Ciudad de Aguascalientes como Diálogos en Pluralidad forman parte, sería impensable bajo la estructura de costos que exigía una rotativa y una maquila hace apenas dos o tres décadas. La pregunta que plantea Aníbal Salazar sobre ¿cuántos de esos medios producen contenido propio, con investigación y verificación, frente a cuántos operan como vehículos de posicionamiento político?, es exactamente la pregunta correcta. Pero es una pregunta sobre la calidad y la disciplina profesional de cada proyecto editorial, no sobre si debería haber menos actores compitiendo por producir información en la vida pública local. La respuesta a la saturación no es la escasez; es la verificación.
Los límites de la democratización digital
Ninguno de estos argumentos debe leerse como una negación de los riesgos reales. La inteligencia artificial puede producir propaganda a una escala y velocidad sin precedentes; puede fabricar apariencia de pluralidad, decenas de portales que en realidad son la misma operación repetida, sin la sustancia de fuentes múltiples y verificadas; puede saturar el espacio público con contenido de baja calidad que desplaza, por pura acumulación, al periodismo que sí investiga. La democratización de la producción no democratiza automáticamente la atención del público, y los sistemas algorítmicos que distribuyen ese contenido pueden premiar el sensacionalismo por encima de la verificación. Reconocer estos límites no es una concesión táctica a los apocalípticos: es parte de la posición matizada que este mismo texto defiende.

Contraargumentos y respuestas
Cabría objetar que equiparar la angustia de Sócrates ante la escritura con la angustia actual ante la IA banaliza los riesgos reales de esta última, desinformación automatizada, montajes audiovisuales fraudulentos, manipulación electoral a escala. La objeción tiene fuerza, y por eso este texto no ha planteado una equivalencia, sino un patrón: la forma de la ansiedad se repite, no necesariamente su magnitud ni sus consecuencias. También es importante objetar que hablar de “democratización” idealiza un proceso que en los hechos, beneficia sobre todo a quienes ya tienen visibilidad y siguen concentrando la atención pese a la proliferación de emisores. Es un riesgo real y por eso este texto ha insistido en que las plataformas tecnológicas pueden generar sus propias concentraciones. Finalmente, cabría objetar que el argumento sirve, en la práctica, para justificar la precarización del periodismo profesional frente a la competencia de contenido barato. Esa es,ñ quizá, la objeción más seria, y la respuesta no puede ser retórica: el periodismo profesional necesita encontrar, como el propio Aníbal Salazar sugiere, un modelo sostenible que lo distinga por su disciplina de verificación, no protegerse detrás de barreras de entrada que ya no existen ni deberían reconstruirse artificialmente.
La pregunta que deja abierta el texto de Aníbal Salazar, qué distingue hoy a un medio de una herramienta de propaganda, tiene una respuesta que él mismo esbozó: la disciplina de verificación y pluralidad de fuentes, no el costo de producción ni el tamaño de la audiencia. He tratado de mostrar aquí por qué esa respuesta es correcta y por qué merece un andamiaje histórico y teórico más amplio. Desde Sócrates hasta la imprenta, desde la prensa popular hasta la inteligencia artificial, las sociedades han tendido a experimentar cada abaratamiento de la producción cultural como amenaza antes de comprenderlo como transformación.
No escribo esto desde la abstracción. Llevo años en este oficio en Aguascalientes, y he visto de cerca cómo se disputan tanto el acceso a la palabra como el control sobre quién la tiene legítimamente. Por eso me parece importante decirlo con claridad: la tarea de quienes hacemos periodismo profesional o editorialízanos contenidos periodísticos, no es lamentar que ya no haga falta una rotativa para hablar en público, sino demostrar, con el rigor del oficio, por qué nuestra palabra sigue mereciendo más confianza que la de un portal sin nombre. Esa es una batalla que se gana con verificación y corrección, no con nostalgia.
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