Uso responsable de la tecnología

En los últimos días han llamado la atención noticias que, apenas dos o tres años atrás, habrían parecido impensables. Países que a nivel mundial son considerados líderes y ejemplo en educación, como Suecia o Noruega, analizan el impacto de las pantallas dentro de las aulas y consideran volver al uso del papel, a la escritura manual y al uso de libros impresos como parte del proceso educativo.
A esto, se suma la tendencia de varias naciones con regulaciones para proteger a niñas, niños y adolescentes frente a los riesgos que representan las redes sociales y los contenidos generados mediante inteligencia artificial.
No se trata de un rechazo a la tecnología. Sería absurdo verlo desde esa óptica, ya que el desarrollo tecnológico ha ampliado el acceso al conocimiento y seguirá siendo pieza clave indispensable en nuestra sociedad.
Lo que hoy preocupa es algo mucho más profundo: el impacto que el entorno digital está teniendo en la forma en las nuevas generaciones construyen su autoestima, procesan sus emociones, establecen relaciones personales y entienden la realidad.

En México tampoco podemos ignorar esta discusión. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares, ENDUTIH, 2024 (1), elaborada por el INEGI, prácticamente la totalidad de los jóvenes entre 18 y 24 años utiliza internet, siendo el teléfono celular el principal medio de acceso, y documenta que millones de personas han experimentado algún tipo de violencia digital, una problemática que afecta particularmente a adolescentes y jóvenes (2).
Sin embargo, preocuparnos solo por cuánto tiempo que pasan frente a una pantalla nuestras niñas y niños sería atender nada más una parte del problema. En lo que debemos poner atención es en aquello que se muestra en los dispositivos.
Las redes sociales no solo entretienen; también compiten por nuestra atención, moldean aspiraciones, condicionan la búsqueda de reconocimiento y, con frecuencia, convierten la aprobación de desconocidos en una medida del valor personal.
La comparación permanente, la ansiedad por pertenecer, la necesidad de aceptación y la exposición constante a contenidos cada vez más difíciles de distinguir entre reales y falsos son desafíos que ninguna generación había enfrentado con esta intensidad.
Como seres humanos, construimos nuestra identidad a partir de vínculos de confianza y conexión emocional con personas cercanas a nosotros, como la familia y amigos. Cuando esos vínculos se debilitan, otros ocupan ese espacio, como un creador de contenido digital, un grupo en redes sociales y, en casos extremos, un individuo que busca manipular emocionalmente a los adolescentes para incorporarlos a dinámicas de violencia o criminalidad.
Ahí es donde el asunto deja de ser únicamente tecnológico para convertirse en un tema de desarrollo social y de seguridad pública.
Cada vez existen más evidencias de que el reclutamiento de adolescentes por parte de organizaciones criminales no inicia con una amenaza, sino con una conversación. No comienza con un arma, sino ofreciendo lo que el joven no encuentra en su comunidad, en su grupo cercano, en su familia: atención, admiración, confianza. La conexión emocional se convierte en la puerta de entrada para la manipulación (3).
Frente a esa realidad, resulta preocupante que la visión de la autoridad a nivel federal continúe privilegiando el apoyo económico como principal herramienta para prevenir que las y los jóvenes sean atraídos por la delincuencia.

El crimen organizado no está reclutando únicamente a jóvenes con necesidades económicas. Está reclutando adolescentes que buscan pertenencia, reconocimiento, identidad y un proyecto de vida. Por eso preocupa que el fortalecimiento emocional, familiar y comunitario siga dejándose como algo secundario en el ámbito nacional.
Si los grupos delictivos entienden que para atraer a un adolescente primero deben conquistar su confianza, sus emociones y sus aspiraciones, resulta difícil comprender por qué la política pública continúa concentrando gran parte de sus esfuerzos en atender únicamente las carencias materiales. Ningún apoyo económico puede sustituir la autoestima que fortalece una familia, la disciplina que enseña un entrenador, la confianza que inspira un maestro o el sentido de pertenencia que construye una comunidad. Ahí comienza la verdadera prevención social y una parte fundamental de mi responsabilidad al frente de la Secretaría de Desarrollo Social del Municipio de Aguascalientes.
Durante el ciclo escolar que acaba de concluir, en coordinación con el IMASAM impartimos pláticas de crianza positiva a estudiantes de secundaria en más de 20 planteles para fortalecer el uso responsable de la tecnología, la autorregulación emocional y el pensamiento crítico frente a los contenidos digitales.
Pero la prevención también se construye fuera del aula y abarca a toda la familia. A través de talleres comunitarios, más de 11 mil personas en situación de vulnerabilidadparticiparon en actividades de cocina, belleza, manualidades, box, zumba y activación física, fortaleciendo la convivencia y el tejido social en distintas colonias del municipio. A ello se suman los talleres de verano, las actividades artísticas, el fomento a la lectura y los paseos guiados dirigidos a niñas, niños, adolescentes y jóvenes, con el propósito de ampliar sus oportunidades de aprendizaje y desarrollo.
Las vacaciones de verano que apenas comenzaron representan una oportunidad para recuperar aquello que ninguna pantalla de celular o tablet puede reemplazar: la conversación en familia y la convivencia cara a cara con los amigos, teniendo como herramientas la lectura, el deporte y el arte.
Cada espacio donde un adolescente descubre una habilidad, fortalece su autoestima o encuentra un grupo al que pertenece, es también un espacio donde disminuye la posibilidad de que otros ocupen ese lugar.
No se trata de retirar la tecnología de las manos de nuestros jóvenes, sino de poner freno a la búsqueda constante de likes, a la aprobación por parte de personas que no conocemos, a intentar copiar estándares irreales de éxito o belleza, que no hacen otra cosa que dañarlos emocionalmente.
Para mí, el mayor desafío de nuestra generación no consiste en decidir si debemos usar más o menos tecnología. El verdadero reto consiste en evitar que las pantallas sustituyan aquello que da sentido a nuestra vida: el afecto, la comunidad, la familia, los valores y la conexión humana.
Porque desconectarnos por un momento de una pantalla no significa alejarnos del mundo. Significa volver a conectar con quienes pueden ayudarnos a construir un mejor futuro.
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Fuentes:
(1) INEGI. Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024.
(2) INEGI. Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA).
(3) El Colegio de México. Seminario sobre Violencia y Paz. Conexión emocional y procesos de reclutamiento.







