Pues sí: yo tuve una madre a toda madre

Pues sí: yo tuve una madre a toda madre

Mamá es algo más, mucho más, que cuatro letras. Es la palabra más reconocida. El más digno ejemplo. La más noble profesión. El tesoro más preciado. Sin su amor, impulso, tolerancia, comentario y reprimenda, el ser humano se vuelve nada. Sus sabios consejos son la guía moral más importante para transitar por los azarosos caminos de la vida.

Enseñan el amor a Dios por encima de todas las cosas. Inculcan los valores congregados en la ética. Insisten en el respeto a sí mismo para respetar a los demás. Justiprecian la cuantía de la honestidad, el esfuerzo, la perseverancia y la tenacidad.

Muestran la valía de sentir, decir, discernir y decidir; del corazón y del amor; del error y de la rectificación; de la equivocación y el perdón; del estudio y la preparación; de la alegría y del buen humor. 

Y muchas de ellas —solteras, casadas o en pareja— también enseñan la diaria calidad del hogar, de la familia y del trabajo, que en triple y simultánea faena, atienden con apasionada entrega, diligencia, inteligencia y mucho cariño. 

Mi mamá —querida, adorada y extrañada— murió el 13 de febrero de 2005. Inmediatamente después de rendirle los honores correspondientes llegué a casa. Prendí la computadora. Y descargué mis emociones maltrechas en el texto La muerte que nunca vemos, publicado el 16 de febrero en el diario Página 24.

En su esquela dejamos constancia de nuestro sentimiento y de lo que representó para su descendencia: “Con profundo dolor, pero llenos de fe y esperanza, sus hijos, hijos políticos, nietos, bisnietos y demás familiares les participamos su fallecimiento, agradeciéndole a Dios y a la vida que durante 85 años haya compartido con nosotros su amor y su ternura, su ejemplo y alegría y los sabios consejos que han sido la guía moral más importante en nuestras vidas”.

Seguramente las amistades de la familia rememoran su simpatía. Tan inmensa como el océano. Tan brillante como el sol. Tan luminosa como la estrella. Tan agradable como la luna. Tan chispeante como la reconocida champaña. 

Recuerdo algunas de sus frases típicas, dichas en momentos aciagos —para mí, claro—, a fin de hacerme saber su malestar: “Pero vas a ver Marito cuando llegue tu papá”. En esos instantes supuse, para aligerar mis temores, que el informe versaría sobre mi excelente comportamiento. 

O cuando retumbaba en su centro la tierra al echarme en cara: “Mira el ejemplo que le estás dando a tu hermano menor”. La recriminación me pareció injusta, desde siempre, porque mi ejemplo —el dorado ejemplo en términos cualitativos y cuantitativos— fue como una luz en el camino de Otto, hasta llevarlo a la gubernatura de Aguascalientes, digo. 

Pero independientemente de los jalones de orejas, cada segundo de mi existencia, suelo recordar que yo tuve una madre muy padre.

Porque alguien debe de escribirlo: Ni hablar, la Feria Nacional de San Marcos 2026 llegó a su fin. A los guerreros de arduas batallas se les empezaba a notar el cansancio y los bolsillos de por si vacíos. 

Ahora queda esperar las cuentas alegres del Patronato para presumir los millones y millones de visitantes, y la derrama económica convertida en el chubasco que humedeció los ingresos de las unidades económicas en Aguascalientes.

marigra1954@gmail.com

Mario Granados Roldán
Mario Granados Roldán

39 años dedicados a la comunicación social pública en los tres niveles de gobierno. Desde hace más de 44 años viene publicando textos en diarios, revistas y portales noticiosos de Aguascalientes y otros estados del país, incluido el desaparecido Distrito Federal.

Mario Granados Roldán

39 años dedicados a la comunicación social pública en los tres niveles de gobierno. Desde hace más de 44 años viene publicando textos en diarios, revistas y portales noticiosos de Aguascalientes y otros estados del país, incluido el desaparecido Distrito Federal.

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