Sendero de luces
La imagen detiene un instante de la avenida donde el ruido parece lenguaje y la prisa un estilo de vida. En Broadway, esa franja urbana, el asfalto guarda memorias superpuestas: primero huella indígena, después trazo colonial, más tarde arteria mercantil, finalmente escenario global.
El distrito no nació del espectáculo; surgió del camino. Antes del neón existió barro, antes del aplauso hubo silencio, antes del poder apareció tránsito apacible. La transformación revela cómo la historia avanza sin pedir permiso, apropiándose de lo que encuentra, resignificando cada piedra.
La fotografía capturada en Manhattan, Nueva York en enero de 2015, revela fachadas convertidas en pantallas. Rostros multiplicados. Promesas luminosas. Que compiten por atención del paseante. Sin embargo, a pesar de esa coreografía eléctrica persiste una pregunta esencial: ¿qué sostiene realmente a los imperios culturales? No son únicamente capitales ni discursos triunfalistas, sino mezclas, desplazamientos, encuentros forzados. Aquella senda nativa, custodiada por comunidades originarias, fue ampliada por colonizadores neerlandeses, luego adoptada por migrantes diversos, hasta volverse símbolo planetario. El brillo actual no borra ese origen; lo delata.
Resulta incómodo aceptar que la grandeza se construye desde la exclusión, no desde la suma. Frente a la narrativa oficial que proclaman autosuficiencia o supremacía —como las impulsadas por Donald Trump, insistentes en muros y fronteras—, la realidad urbana contradice con hechos, porque ningún centro cultural surge aislado. Cada teatro, cada marquesina, encarna viajes, acentos, oficios heredados. El arte no reconoce pasaportes; reconoce pulsiones compartidas.
Desde el sur, México observa ese escenario con una mezcla de cercanía y distancia. Existe una relación profunda entre ambas tradiciones teatrales, un diálogo constante donde partituras, libretos, escenografías, cruzan idiomas y regresan transformadas. La Ciudad de México se consolidó como plaza creativa capaz de reinterpretar grandes producciones, demostrando que el talento no pertenece a un solo país.
En tiempos recientes, el discurso gubernamental mexicano ha defendido soberanías ajenas y señalando decisiones de la potencia vecina. Surge entonces el razonamiento: ¿cómo confrontar al socio principal sin romper el equilibrio? Tal vez la respuesta no reside en la confrontación directa, sino en la afirmación identitaria. Un país se mide por su capacidad de dialogar sin renunciar a principios, de comerciar sin someter conciencia, de crear sin pedir permiso.

La avenida fotografiada enseña una lección silenciosa, porque toda potencia comenzó siendo cruce. Olvidarlo implica negar la propia raíz. Recordarlo abre posibilidades de convivencia más honestas, donde la cultura antecede al conflicto y la memoria modera la soberbia.
Más allá de la mirada: Antes del teatro, la avenida fue sendero indígena. Cada paso actual pisa capas invisibles. La ciudad avanza cuando reconoce esas huellas y dialoga con ellas, sin borrarlas.
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