Sonido del instante
La imagen revela una espalda erguida en el vestíbulo de Bellas Artes. No se observa el rostro del artista, resulta innecesario porque el gesto corporal dice todo. El músico sostiene su instrumento con firmeza, como quien se aferra a aquello que le permite seguir respirando. Las notas de la partitura aún no estallan, pero ya existen en algo así como los sonidos del silencio. Ese instante suspendido contiene siglos.
Desde que el ser humano descubrió el sonido como lenguaje invisible, cada civilización ha encontrado en la música un refugio, una guía, una forma de ordenar el caos. Platón entendía que educar el oído significaba moldear el carácter; Pitágoras intuía que las vibraciones dialogaban con el universo, sanando cuerpo y conciencia. Entre ambos pensamientos se despliega una certeza compartida: la armonía no es ornamento, es estructura.
El intérprete participa de algo mayor que él mismo. Su papel no busca protagonismo, sino equilibrio. Cada nota se enlaza con otras manos, otros pulsos, otras respiraciones. Se enfoca en la parte de la ejecución musical. No observa a sus compañeros de orquesta, confía en ellos. En conjunto, la melodía adquiere sentido. Ninguna cuerda basta por sí sola; ninguna voz sostiene la obra completa. Así funciona también la comunidad al ser parte de la suma de responsabilidades para crear estabilidad.
Resulta imposible no establecer paralelos. Un músico no puede existir sin su instrumento, del mismo modo que una colectividad se fractura cuando carece de servidores íntegros, profesionales, éticos; de empresarios comprometidos; de ciudadanos responsables. La armonía social exige ritmo compartido. Cuando un componente falla, el conjunto resiente el desajuste.
El ejecutante continúa. Permite que la música lo atraviese, que lo guíe. No hay duda en sus movimientos, solo atención plena. Cada gesto responde a una memoria ejercitada, a una pasión cultivada durante años.
El público observa, reconoce, agradece. El aplauso no es ruido, es reconocimiento a la entrega pulcra y silenciosa.
La elección del blanco y negro desnuda la escena. Elimina distracciones. Enfatiza lo esencial. Luz y sombra dialogan como lo hacen vida y muerte. La ausencia de color no empobrece, al contrario, revela grandeza. La música, invisible, completa lo que la fotografía sugiere: una comunión momentánea donde el arte recuerda a la humanidad su capacidad de sincronía.
La humanidad debería aprender de una orquesta. Escuchar antes de imponer. Acompañar antes de sobresalir. Comprender que el equilibrio colectivo sostiene la grandeza moldeaba por la unión, como el ladrillo con la mezcla. En ese vestíbulo, antes de que la gran sinfonía comience, alguien ya nos lo ha recordado. La fotografía la tomé el 2 de noviembre de 2025 en Bellas Artes, CDMX.

Más allá de la mirada: Estudios en neurociencia han demostrado que la práctica musical fortalece la empatía y la cooperación social. Al tocar en conjunto, el cerebro sincroniza patrones neuronales con otros intérpretes, generando vínculos profundos y mejorando la capacidad de trabajo colectivo.
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