Piel del abandono
El semblante que ocupa el encuadre no pertenece únicamente a una mujer entrada en años. Es un mapa. Cada pliegue conserva la presión de una existencia marcada por la intemperie. No son huellas del calendario, sino rastros de una vida erosionada por decisiones impuestas desde el poder. En esa piel se acumulan silencios administrativos, promesas incumplidas, discursos bananeros que nunca se tradujeron en derechos efectivos.
Su expresión no se agotó por el paso del tiempo, sino por la reiteración del atropello. Instituciones fallidas que gestionaron la precariedad como destino inevitable. Funcionarios que confundieron autoridad con impunidad y progreso con simulación.
A esta mujer se le cerraron puertas esenciales: la enseñanza como herramienta de emancipación, el empleo como afirmación de dignidad, el acceso al agua como derecho elemental, la seguridad social como garantía mínima, porque la ciudad operó como un espacio hostil, más preocupada por aparentar orden que por ofrecer justicia.
El cuerpo aprendió a mantenerse en pie sin heroísmos. Resistir fue un ejercicio cotidiano. Criar hijos bajo esa presión exigió una fortaleza silenciosa, hasta que la migración emergió como única salida posible. Ellos cruzaron fronteras buscando lo que aquí fue negado. Al otro lado encontraron otro muro. Otro idioma del desprecio. Otro uniforme. Otro temor. Sus hijos enfrentaron redadas, persecuciones, expulsiones ejecutadas por un engranaje que transforma la ley en amenaza. El anhelado refugio está convertido en vigilancia.
La imagen detiene un gesto de sobresalto. No hay ingenuidad. Es incredulidad acumulada. Ese estupor nace al confirmar que el mundo decidió normalizar el desorden. Conflictos armados transmitidos como espectáculo, autócratas reciclados como líderes legítimos, populistas premiados por amplificar el odio, la corrupción convertida en método. El siglo veintiuno irrumpió sin pedir disculpas y arrasó con cualquier expectativa mínima de dignidad.
Esos pliegues de la mujer abandonada por la suerte mundana jamás imaginaron presenciar semejante colapso global. Se formaron creyendo en la noción básica de avance. Hoy observan un planeta exhausto, administrado por la brutalidad sin filtros. El rostro se orienta hacia adelante, no por la esperanza, sino por la inercia maldita.
Esta fotografía no solicita compasión. Demanda un mundo igualitario. Obliga a reconocer que el fracaso no es individual, sino sistémico. Que la vejez, cuando ha sido precedida por abandono, se convierte en un archivo viviente de la responsabilidad colectiva. Contemplar este rostro es aceptar que el asombro también duele. La fotografía la tomé el 21 de diciembre de 2025 en Calvillo, Aguascalientes.

Más allá de la mirada: En México, una proporción significativa de personas mayores envejeció sin jubilación, pensión ni seguridad social. Sus cuerpos conservan el registro de políticas públicas fallidas. El testimonio humano captado por la cámara interpela al presente y cuestiona la comodidad de quienes aún observan desde la distancia sin mover un dedo.
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