Miradas de lo humano
Eliminar el color no es un gesto técnico; es una toma de postura. El blanco y negro suspende el ornamento y obliga a mirar sin distracciones. Allí, donde el recurso se retira, la vida aparece con crudeza con luces que insisten, sombras que pesan, contrastes que no admiten consuelo. Así se presenta Miradas de lo humano, una serie donde seis retratos narran una sola historia.
El paletero, de espaldas al ruido, sostiene una economía mínima que rara vez entra en los discursos. No promete futuro ni progreso; garantiza presencia. La organillera hace sonar una máquina que no evolucionó, pero tampoco desapareció. Su música gira como la memoria: insiste, aunque el tiempo la declare obsoleta. El artista, concentrado, entrega el cuerpo a una partitura que no busca aplauso. En su silencio hay orden, disciplina y contención.
El danzante porta un rostro intervenido que no oculta identidad, la reafirma. Su cuerpo recuerda lo que la homogeneización intenta borrar.
El ciclista avanza entre estructuras ajenas, cargando lo indispensable, adaptándose a un espacio que no fue pensado para él. No invade, persiste. El perro, frontal, sin relato ni consigna, sostiene una lealtad ajena al cálculo. La mirada de Kobie no argumenta, existe.
Estas figuras no reclaman visibilidad. Funcionan. Y en ese funcionar sostienen un tejido social que rara vez se reconoce. Cuando el país se fragmenta, cuando el lenguaje político se endurece y la concentración del poder reduce los matices, lo humano no desaparece, se repliega hacia lo cotidiano. No confronta desde la consigna, resiste desde la presencia.
La serie no idealiza. Tampoco acusa de forma directa. Observa. Y en esa mirada emerge una tensión inevitable, mientras el mundo se ordena bajo lógicas hegemónicas que uniforman deseos, ritmos y aspiraciones, la pluralidad sobrevive en oficios, cuerpos y vínculos que no generan control ni rentabilidad. Allí donde no hay discurso, hay vida.






Estas imágenes no piden empatía ni indulgencia. Interpelan desde el silencio. Preguntan qué queda cuando el relato se agota. Qué sostiene a una sociedad cuando el poder se disputa arriba y el suelo se fragmenta abajo. El blanco y negro no suaviza la escena, la deja expuesta. Y lo que aparece no es heroicidad, sino algo más incómodo y firme: dignidad ejercida sin permiso.
Más allá de la mirada: En 2024, más del 55 % de la economía laboral en México opera desde la informalidad. No es excepción, ya forma parte de la sobrevivencia.
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