VOCES DE AGUASCALIENTES
El título se ha utilizado en infinidad de ocasiones para referirse a episodios, historias, recuerdos y más. En otras se habla, en efecto, de personas cuya característica principal es la voz: cantantes, actores, locutores, etc., y si bien Aguascalientes tiene mucho que contar en este aspecto, pues son inolvidables voces como las de Juan Manuel Orenday, Constantino Juárez, Eusebio “Chebo” Morales, Juan Antonio Barrón, locutores de distintas radiodifusoras, y en el caso del último mencionado, cronista de toros, basquetbol, y durante muchos años la “voz oficial” del Patronato de la Feria. No son los únicos desde luego, pero no es el objetivo hablar de ellos ahora, puesto que cada uno por sí solos, merece un texto aparte.
Otras voces nostálgicas de nuestra patria chica la tuvieron algunos cantantes como David Reynoso, que además de actor fue cantante y antes locutor en el terruño. Hubo otros cantantes más locales, es decir, con menos popularidad fuera de nuestro Estado, como los tenores Pedro de Lara, Jesús “Tuto” Morfín, Salvador Rodríguez Aguayo o Antonio Ortiz, entre otros. Pero tampoco tratará este texto de ellos.
También se recuerdan otras voces que corrían (en auto) por las calles rompiendo el silencio con sus altavoces vendiendo desde medicinas milagrosas, ungüentos y pomadas, hasta los llamados polvos de avión, que nunca supe lo que eran o para qué servían, si es que servían. El más recordado de quienes se dedicaban a este oficio casi desaparecido, era Gilberto C. Mauricio, quien también solía oírse como presentador en el Teatro del Pueblo, durante la Feria de San Marcos.
Los aficionados al llamado rey de los deportes, el beisbol, recordarán a Gabriel Valadez Reyes. ¿No? ¿Y si les digo que era conocido como “El Chato”? ¿Y que era infaltable su grito: ¡Aliba los Lielelos!? Por cierto, con una conmovedora historia que merece ser contada en otro momento.
Es casi seguro que cada espectáculo tuviera su voz, o voces gritando consignas: como en los toros, las carreras, la lucha libre, etc.
Se tendría que hacer toda una enciclopedia para no dejar fuera a nadie.
Nuestra atención por ahora se va al Mercado Terán.




Un poco de historia.
El lugar que ahora ocupa, era utilizado durante la primera mitad del S. XIX para montar una precaria plaza de toros, que era conocida como: Plaza de toros del Mercado o también Plaza de toros El Calvario, dado que por entonces, la Feria se celebraba en el Parián.
El 22 de octubre cumple años el Mercado Terán, como es conocido, pero su nombre completo es: Mercado Jesús Terán Peredo. Aunque no son pocos quienes le llaman simplemente: El mercado de las flores, para distinguirlo de otros mercados, como el mercado de los huaraches o el mercado de la comida, etc.
Si bien la primera piedra fue colocada el 22 de mayo de 1880, se inauguró cinco meses después, el 22 de octubre, por supuesto en el marco de las celebraciones por aniversario de la fundación de nuestra ciudad.
Dicho mercado tiene desde su fundación cuatro portales los cuales fueron bautizados de manera distinta: la entrada poniente lleva el nombre de Isidro Calera; la del lado oriente, el de Felipe Cosío; José María Arteaga la del norte, y la del sur, José María Chávez, aunque esto poca gente lo sabe. Hoy día, ya no existe ni siquiera una placa que recuerde tal denominación.
La arquitectura del edificio seguía la forma clásica para este tipo de comercios:
un corredor circundante y por dentro la típica forma de cruz, es decir cuatro bloques unidos por 54 arcos de cantera labrada soportados por pilares del mismo material. Es muy probable que en un principio el mercado, propiamente dicho, estuviera al interior de dicho corredor, pero la necesidad de espacio hizo que se instalaran puestos entre éste y la calle, por entre los pilares que sostenían la estructura. Así el corredor se convirtió en pasillo.
En el lado poniente, hacia lo que hoy es la calle 5 de mayo, había un espacio grande que ocupaban unas pilas llenas de agua, que usaban los locatarios para el aseo de sus mercancías, o los vecinos del mercado para proveerse del líquido, dado que por entonces la ciudad no contaba con red de agua potable. Ese espacio era también aprovechado para que los carreteros subieran o descargaran su mercancía. Poco a poco este sitio fue ganado por comerciantes que con materiales muy distintos a la sólida cantera, fueron construyendo tendajones usando láminas, malla, cartón y más. Ahí se vendían mercancías disímbolas, como jaulas de madera y alambre para pájaros, escobas, trapeadores, tinas, bateas, y en general, todo lo que no era comestible, que se vendían en el interior del mercado.
Durante su vida sufrió algunos incendios sin mayor importancia, el primero de ellos el 7 de mayo de 1922; otro en 1968. Pero luego de pocos meses de cumplir el siglo, en 1981 durante una noche se inició un incendio que a la postre debilitó a niveles peligrosos la estructura del mercado por lo que el Gobierno tomó la decisión de demolerlo. Por algunos meses el mercado funcionó con bastante incomodidad en la explanada detrás del templo de San Diego, área que quedó vacía tras ser demolida la cancha del Estado, “José María Rodríguez”. Por ese año el Gobierno de Aguascalientes libraba también una batalla contra los locatarios del viejo Parián que se negaban a abandonarlo. Corrió por entonces un chiste en el cual le achacaban al famoso teniente Lupillo ser el incendiario del mercado.
Se decía que lo había llamado a cuentas el Gobernador para decirle:
–¡Te dije que quemaras el Parián, no el Terán!
Cobró tal fuerza el chascarrillo, que el mismo oficial Guadalupe Esparza, “Lupillo”, tuvo que desmentirlo en repetidas ocasiones.
Sin embargo subyace la sospecha, sobre todo de antiguos locatarios, que tal conflagración sí fue intencionada, pero habrían sido unos policías los encargados del acto.
Ahora, de nuevo en su sitio, el mercado Terán agregó un segundo piso y un sótano de estacionamiento. Sin duda es más funcional que antes.
El mercado Terán, por muchos años el principal centro de comercio en el ramo, fue perdiendo hegemonía, dado el crecimiento de la ciudad, a manos de otros Centros comerciales como el Agropecuario, o el de Abastos, por mencionar sólo dos de ellos. Sin embargo lejos de rendirse, ahí sigue dando sustento a cientos de locatarios, y abasteciendo a las familias vecinas del mismo.
En casi siglo y medio de vida, el mercado Terán ha visto pasar miles de personas ganándose la vida con el comercio; con toda seguridad sus voces yacen en algún rincón, en alguno de sus ladrillos, o simplemente flotando en el aire del recuerdo.
Al entrar al mercado, por cualquiera de sus puertas, se oía un rumor confuso de voces y sonidos. Pero de entre esos millares de voces, hubo una que era imposible no escuchar ofreciendo su mercancía, siempre fruta. Quienes la conocían le llamaban “Lola, la gritona”. Esa voz característica se dejaba oír en todo el mercado, no importa dónde estuviera uno, resonaba hasta el último espacio del recinto.




M. Dolores Navarro Castro, inicia su vida de comerciante por el año 1945 instalándose precariamente en la puerta de acceso oriente. Por entonces no tenía puesto en forma; se las arreglaba con unas tablas o con rejas para acomodar su mercancía, que guardaba en unos cuartos de la vecindad que se ubicaba enfrente de la Cancha del Estado, donde también vivía con su familia.
Ella nace el 15 de febrero de 1917. La necesidad de sacar adelante a sus dos hijas la lleva a esta actividad. Cuando el mercado regresa a su sitio, le es asignado un local fijo donde continuó ofertando su mercancía empleando esa voz tan característica, pues los años no hicieron mella en su garganta, pese a que nunca dejó de fumar cigarros de hoja primero, y Faros, después. Quizá su voz se tornó un poco más aguda, pero siguió siendo fuerte.
Ella misma transportaba la fruta en su “diablito” desde “su bodega” hasta el mercado, practicando a su paso un juego de palabras con los demás locatarios; juego de palabras conocido como albur, en el cuál era muy versada. Si no, que le pregunten a D. Filemón Franco, el popular “Mono”, el de los tacos; bueno, a sus hijos porque también El Mono, ya falleció.
La señora Dolores Navarro, ya con 95 años a cuestas, seguía acudiendo al mercado, si bien ya los últimos meses de aquel 2012, en forma muy irregular.
La edad no afectó en modo alguno su cabeza. Dueña de una mente siempre ágil y despierta, podía todavía hacer cuentas y llevar ella misma la contabilidad de su negocio, pero sus piernas, sobre todo una rodilla, le cobraron la factura de los años y es así que decidió poner fin a su vida de comerciante.
Luego de cerrar en definitiva su puesto de frutas, todavía vivió siete años, falleciendo el 11 de enero de 2019 a la edad de 102 años.
Si hubiera que elegir una voz de ese mercado, sin duda sería la de “Lola, la gritona”.

