EL PODER DE LOS HECHOS

EL PODER DE LOS HECHOS

Nadie vale más que otro sino por lo que hace

Parafraseando a Aristóteles: no somos definidos solo por lo que somos, sino por nuestros actos, por la virtud puesta en práctica. No basta con tener potencial; lo que cuenta, al final, es cómo se ejerce.

En efecto, en la vida pública mexicana abunda la tentación de sustituir los hechos por el relato. En muchas ocasiones se gobierna con palabras, se administra la percepción y se confunde la lealtad con el mérito. Como si bastara con parecer, aunque no se haga.

Esta circunstancia produce un círculo vicioso: los hombres tienden a complacer al poderoso porque decir la verdad cuesta, y ello da pie a otro fenómeno igualmente pernicioso: la adulación. 

Nicolás Maquiavelo es implacable con los aduladores. Para él, la adulación no es un vicio menor ni una simple debilidad humana: es una de las causas principales de la ruina política.

Aunque Maquiavelo también reconoce que no hay forma de eliminar completamente la adulación, porque es estructural al poder. Lo único que puede hacer un gobernante inteligente es reducir su efecto.

Por eso advierte: un príncipe que no sabe defenderse de los aduladores o será engañado o se volverá arrogante.

Pero hay una verdad incómoda que resiste el paso del tiempo: nadie vale más que otro si no hace más que otro. La política en su sentido ético, no debería ser un escenario de simulación, sino un espacio de resultados. La primera gran responsabilidad de un gobernante, más allá del performance, es dar resultados.

En cualquier sistema, lo que legitima a una persona, a un gobierno o a una causa no es el discurso, sino la realidad que produce. Todo lo demás es accesorio.

El problema es que, con frecuencia, el poder se reviste de una legitimidad que no nace de sus acciones, sino de su capacidad para imponerse como discurso dominante. Entonces la crítica deja de incidir, la rendición de cuentas se diluye y la mediocridad encuentra refugio en la normalización. Ya no se exige hacer más; basta con parecer suficiente.

Y, sin embargo, incluso en esos contextos, hay algo que no termina de someterse: la realidad. Puede tardar, puede distorsionarse, pero finalmente acaba por imponerse. No es un consuelo fácil, es una advertencia: el tiempo termina por poner a cada quien en su lugar. La realidad tarde o temprano, desborda la narrativa.

Ahí es donde la política recupera su sentido más exigente: no en lo que promete, sino en lo que cumple. Porque, al final, no hay retórica capaz de sustituir el juicio más simple —y más severo— de todos: el de los hechos.

El poder no está en la palabra que se pronuncia, sino en el hecho que transforma. Porque la palabra seduce, pero el hecho demuestra. Ese es, en última instancia, su verdadero poder.

Jesús Medina Olivares
Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

Jesús Medina Olivares

Politólogo y actor político de Aguascalientes. Militante con conciencia de izquierda.

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