Operativo Mochila en Aguascalientes: entre la prevención y la puesta en escena
Hace cinco días, el director del Instituto de Educación de Aguascalientes (IEA), Luis Enrique Gutiérrez Reynoso, anunció la actualización del Operativo Mochila. Lo hizo en el mismo evento donde se presentó un programa de atención psicológica para estudiantes con problemas de conducta. Esa coincidencia no es menor. Dice sin querer decirlo, que el problema real no cabe en una mochila.
El operativo existe desde hace tiempo con otro nombre. Lo que la ciudadanía conoce como Operación Mochila es oficialmente el Programa de Prevención «Hazlo por Tu Hijo«. El cambio de nombre no es cosmético: el protocolo original establece que la revisión de útiles requiere consentimiento documentado de los padres y que el mecanismo central no es la requisa policial sino las pláticas de sensibilización familiar. Eso, sin embargo, rara vez aparece en las notas de prensa.
Lo que sí aparece una y otra vez, es la imagen de los binomios K9 recorriendo pasillos. Perros entrenados en escuelas primarias y secundarias. Es una imagen potente. Transmite urgencia, rigor, presencia del Estado. Y precisamente por eso merece examinarse con cuidado, porque las imágenes potentes tienen la costumbre de sustituir a los argumentos.
El propio titular del IEA reconoció que hasta el momento no se han detectado armas de fuego en ningún plantel. Lo que se ha retirado son juguetes peligrosos y proyectiles caseros.
Eso no es un saldo blanco. Es un diagnóstico. Si la amenaza real en las escuelas aguascalentenses son juguetes peligrosos, no armas, no drogas en volumen significativo, entonces la pregunta que el gobierno debería responder es si la movilización de la fuerza pública con binomios caninos guarda proporción con ese diagnóstico. O si, en cambio, la escala del operativo responde más a la ansiedad pública que a la evidencia disponible.
La evidencia por cierto, no abunda. Los propios diputados morenistas que en enero de 2026 propusieron hacer obligatorio el operativo en escuelas públicas y privadas admitieron en su exposición de motivos que no existe un registro público sobre la incidencia y la recurrencia de los hallazgos. Eso es relevante. Significa que no hay forma de saber si el operativo funciona, porque nadie lleva la cuenta de manera transparente. Se toman decisiones de política pública sobre seguridad escolar sin datos sistemáticos. Así es difícil distinguir la prevención real del triunfalismo mediático.
El problema está donde no entra ningún perro
Las propias autoridades de salud del estado reconocen que el consumo de sustancias en Aguascalientes se concentra en secundarias y preparatorias, no en primarias. Y el principal obstáculo que identifican no es la falta de operativos: es que los padres de familia no participan. En muchas ocasiones, el operativo «Mochila Segura» no se puede realizar porque la comunidad no colabora. Ningún binomio canino resuelve eso.
El problema tiene domicilio conocido: el hogar. Las adicciones no comienzan en la mochila del lunes. Comienzan en entornos familiares con poco acompañamiento, en colonias con alta desorganización social, en adolescentes que no encuentran a un adulto que los escuche antes de encontrar una sustancia que los calme. La revisión de útiles actúa en el extremo visible de una cadena cuyo origen está en otro lugar.
Eso no significa que el operativo sea inútil. Tiene un efecto de disuasión genuino y establece un mensaje institucional de que la escuela no es territorio sin reglas. Pero ese efecto tiene límites claros, y el gobierno de Aguascalientes no ha explicado con qué indicadores va a medir si la actualización del protocolo, la que Gutiérrez Reynoso anunció hace cinco días, mejora algo medible. ¿Menos incidentes? ¿Menor consumo declarado en encuestas? ¿Más derivaciones a servicios de salud mental? Sin esa respuesta, la actualización es solo una actualización de las conferencias de prensa.
La seguridad escolar no se garantiza vaciando mochilas. Se garantiza cuando un maestro sabe qué hacer cuando un alumno llega llorando al salón, o cuando un padre tiene a dónde ir antes de que su hijo llegue a la secundaria en crisis.
Lo que els operativo no puede hacer solo
La actualización del protocolo incluye, según el propio IEA, la presentación paralela de un programa de atención psicológica para estudiantes con problemas conductuales y emocionales. Si eso se cumple, es lo más valioso del anuncio. No porque la atención psicológica sea una solución mágica, sino porque reconoce algo que la revisión de mochilas no puede reconocer: que los chicos que representan un riesgo en el plantel generalmente son, antes que nada, chicos que están en riesgo.
La propuesta legislativa de Morena para hacer obligatorio el protocolo contempla también la capacitación de docentes y la sensibilización de padres de familia. Eso va en la dirección correcta. El problema es que esas dimensiones del programa no tienen imagen. No hay foto de un maestro aprendiendo a identificar señales de consumo temprano. No hay nota cuando un padre de familia asiste a una plática de prevención. Los perros, en cambio, salen bien en cámara.
No es un argumento contra los binomios K9. Es un argumento contra la jerarquía de atención. Cuando el recurso más visible y el recurso más efectivo no coinciden, la política pública tiende a seguir la visibilidad. Eso, en materia de seguridad escolar, tiene consecuencias reales: los programas de prevención integral se financian de manera marginal, los orientadores escolares siguen sin tener las herramientas ni el tiempo para hacer seguimiento de casos, y la familia —primer eslabón de cualquier estrategia de prevención real— sigue siendo la gran ausente del operativo.
La pregunta que queda
La actualización del Operativo Mochila en Aguascalientes puede ser muchas cosas. Puede ser un ajuste legítimo de protocolo. Puede ser una respuesta a la presión legislativa de enero. Puede ser una declaración de intención gubernamental antes de un ciclo electoral. Probablemente sea las tres cosas al mismo tiempo, que es como suelen funcionar las políticas públicas.
Lo que no puede ser, si se quiere tomar en serio el problema, es el eje central de la estrategia de seguridad escolar. El eje central tiene que estar en otra parte: en la salud mental escolar con presupuesto real, en la participación efectiva de las familias, en la vinculación entre la escuela y los servicios comunitarios de atención a adicciones. Todo eso es más lento, más caro y menos fotogénico que un binomio K9.
Pero también es lo único que tiene alguna posibilidad de funcionar más allá del ciclo de noticias.

