Oligarquía del dolor, silencio performativo y la deuda políticade un senador que prefiere olvidar

Oligarquía del dolor, silencio performativo y la deuda políticade un senador que prefiere olvidar

Oligarquía del dolor, silencio performativo y la deuda políticade un senador que prefiere olvidar

Hay un principio elemental en la teoría política clásica que Robert Michels formuló hace más de un siglo y que Gaetano Mosca refinó con precisión quirúrgica y que parafraseo aquí: toda élite, sin importar la ideología que profese, desarrolla mecanismos de autopreservación que anteponen la reproducción del grupo a cualquier imperativo de justicia. Lo que nadie terminó de decir con suficiente claridad es que ese principio aplica también y quizás sobre todo, cuando la élite administra el dolor ajeno.

El senador Juan Antonio Martín del Campo del Partido Acción Nacional, se autodefinió hace semanas como el «senador de la gente«. Anunció en conferencia de prensa su preocupación por las personas desaparecidas en Aguascalientes y prometió reunirse con los colectivos de madres buscadoras. Fue sin duda, una actuación impecable. El problema es lo que vino después, o más exactamente, lo que no vino: la reunión solo ocurrió con el colectivo del caso Maverick. El Observatorio de Violencia Social y de Género, que ha localizado osamentas, acompañado decenas de familias y recibido promesas incumplidas de la propia Fiscalía, no fue convocado, claro, no se desea que estén presentes los que te han puesto en evidencia por tu falta de trabajo. Tampoco los familiares de Sergio de Lara Hernández.

No todas las víctimas son iguales para quien necesita del dolor ajeno pero teme las memorias que ese dolor activa.

La jerarquía invisible del sufrimiento

Robert Michels identificó la tendencia de las organizaciones a concentrar el poder en una minoría dirigente que luego legisla —formal o informalmente— quién merece representación. Gaetano Mosca la tradujo en términos más crudos: la clase política no actúa por vocación de servicio sino por lógica de dominación. Aplicar ese marco al caso del senador no es exageración retórica; es descripción de los hechos.

Cuando Martín del Campo selecciona a qué colectivo escuchar y a cuál excluir, no comete un error de agenda ni una omisión burocrática. Produce una jerarquía. Segmenta el dolor social en dolor útil y dolor inconveniente. El dolor útil es aquel que puede exhibirse sin consecuencias para la élite que lo instrumentaliza: genera capital simbólico, produce fotografías de empatía, construye imagen de proximidad ciudadana. El dolor inconveniente es aquel que, si se escucha de verdad, interpela a actores específicos, a fechas precisas, a nombres que el senador preferiría que permanecieran en el olvido.

El caso de Sergio de Lara Hernández es paradigmático. Desapareció durante el periodo en que Felipe de Jesús Muñoz Vázquez encabezaba la Procuraduría General de Justicia del Estado, entre 2010 y 2015. El padre de Sergio ha denunciado en múltiples ocasiones que el propio Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, siendo aún titular del Ministerio Público, le dijo que dejara de buscar a su hijo «porque ya estaba muerto«. Cuando el padre exigió saber dónde encontrarlo, no obtuvo respuesta. Luego intentaron vincular a Sergio con el crimen organizado. Luego detuvieron al padre. El caso tuvo cobertura mediática nacional e intervención de la Oficina en México del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Y el senador de la gente no lo convocó.

No es que el senador ignore a este padre. Es que escucharlo obligaría a hablar de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez. Y hablar de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, para Martín del Campo, no es un ejercicio de memoria histórica: es un ejercicio de arqueología personal y de poder.

El teatro de la Purísima y la semiótica del silencio

En junio de 2013, durante la campaña de Antonio Martín del Campo a la presidencia municipal de Aguascalientes, la Procuraduría de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez cateó una casa en el barrio de La Purísima. El procurador insinuó: nunca acusó formalmente, pero tampoco negó, que esa finca estaba vinculada al entonces candidato panista. «Ustedes juzguen», dijo Felipe de Jesús Muñoz Vázquez ante los reporteros, al tiempo que exhibía fotografías en las que aparecía propaganda electoral con el rostro de Antonio Martín del Campo en el inmueble colindante.

La operación se desarmó horas después. Un periodista alcanzó a ver por la ventana que dentro de la “supuesta narcocasahabía propaganda de un candidato priísta y de uno de Movimiento Ciudadano. Felipe de Jesús Muñoz Vázquez tuvo que reconocerlo en conferencia de prensa. Martín del Campo organizó una marcha, la memoria colectiva nunca terminó de descifrar si era de protesta o de alivio. Ganó la alcaldía en julio. Nadie fue imputado. El episodio se archivó.

El silencio no es ausencia de significado. Es, en semiótica, el signo más cargado de todos: el que señala sin nombrar, el que acusa sin enunciar, el que obliga al interlocutor a completar lo que el emisor calló deliberadamente.

Desde la perspectiva semiótica, ese episodio no terminó en 2013. Los signos que produjo permanecen activos. La «narcocasa» de La Purísima es un significante sin significado judicial, nunca hubo condena, nunca hubo imputación formal, pero con una densidad simbólica que sigue operando en el campo político local. El «ustedes juzguen» de Felipe de Jesús Muñoz Vázquez no fue una frase inocente: fue un acto de habla deliberadamente incompleto, diseñado para instalar una sospecha sin asumir la responsabilidad de formularla. La insinuación, en tanto estructura semiótica, no requiere prueba. Requiere solo la imagen y el silencio posterior.

Lo que Martín del Campo aprendió de ese episodio, o lo que ese episodio reveló sobre él, es que el silencio puede ser más eficaz que la confrontación. No respondió acusando. No exigió investigación. Organizó una marcha de geometría variable y esperó que el tiempo hiciera lo que el tiempo siempre hace con los escándalos sin condena: diluirlos. Esa lección semiótica, aprendida bajo presión en 2013, explica con precisión inusual su conducta en mayo de 2026.

Cuando el senador evita al Observatorio de Violencia Social y de Género, cuando no convoca al padre de Sergio de Lara, cuando su «preocupación» se materializa sólo en la dirección que no roza a Felipe de Jesús Muñoz Vázquez, está reproduciendo exactamente la misma estructura: el signo de la empatía sin el referente incómodo. Es el mismo silencio. Es el mismo teatro. Solo que ahora ya no lo organiza Felipe de Jesús Muñoz Vázquez. Lo organiza el mismo Toño Martín del Campo.

El retorno del espectro y la deuda que no prescribe

Felipe de Jesús Muñoz Vázquez procurador de Aguascalientes de 2010 a 2015, acumula una documentación de violaciones a derechos humanos que sería difícil de igualar en la historia reciente del Estado. La Comisión Nacional de Derechos Humanos lo señaló en su Recomendación 17VG/2019 por tortura y abuso sexual contra al menos 19 víctimas con más de 180 denunciantes totales, la lista de denunicas alcanza incluso a funcionarios actuales y hasta un diputado del actual congreso del Estado. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU-DH lo documentó en el informe Hasta Perder el Sentido (2022). Pese a ello, Felipe de Jesús Muñoz Vázquez nunca pisó la cárcel. Se amparó contra las investigaciones en 2020. Y en agosto de 2025, reapareció en primera fila en un evento organizado por una senadora de Morena en Aguascalientes.

Este regreso no es anecdótico. Desde sectores del propio movimiento morenista se ha señalado que Felipe de Jesús Muñoz Vázquez opera como factor de influencia en la gestión de narrativas políticas sensibles en el Estado. Un actor que conoce archivos, que estuvo presente en episodios que varios legisladores preferirían olvidar, que sobrevivió a la alternancia y a los cambios de gobierno sin rendir cuentas a nadie. Para el senador Martín del Campo, ese retorno no puede ser indiferente.

La «amnesia selectiva» que el título de este artículo le atribuye no es, entonces, un defecto cognitivo ni una insuficiencia moral episódica. Es una postura política coherente con una deuda histórica sin saldar. La élite panista local aprendió a convivir con las violaciones a derechos humanos del periodo Felipe de Jesús Muñoz Vázquez sin enfrentarlas, en parte porque algunos de sus integrantes tenían razones propias para que ciertas memorias no circularan con demasiada libertad. El resultado es lo que vemos hoy: un senador que declara defender a las víctimas pero que diseña con cuidado qué víctimas pueden entrar a su despacho.

La élite no suprime la memoria de golpe. La administra: permite que ciertos dolores se vuelvan emblemáticos y convierte otros en invisibles. Esa administración no es crueldad arbitraria. Es política.

Las madres buscadoras que el senador no convocó no son una omisión. Son el negativo fotográfico de su relato. Lo que no aparece en la imagen define, con frecuencia, más que lo que sí aparece. En lo que Michel Foucault llama el paso del signo triple al binario, en el plano expresivo del vacío, o Ronald Barhes nos referiría a la expresión de la ausencia como fuera estructural, donde la falta del elemento material en el plano expresivo funciona como un significante lleno de sentido, y la ausencia de un significado fijo permite el libre juego de la lectura.

En esa ausencia, ese silencio administrado, en esa selectividad que se disfraza de logística está la respuesta a la pregunta que nadie en el Senado se ha atrevido a formular en voz alta: ¿por qué, senador, solo algunas víctimas merecen que usted las escuche?

La respuesta ya la conocemos. No porque alguien lo haya dicho. Sino precisamente porque nadie lo ha hecho.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

Diego de Alba Casillas

Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Sociólogo de profesión por la UAA. Aprendiz de reportero. Licenciado en Derecho.

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