Burguesía de Europa unida contra el proletariado
La gran burguesía de Francia impulsa la guerra civil a fin de eliminar la revolución obrera, advierte Marx. Para ello cuenta con el apoyo de Prusia (Bismarck), para quien “no sólo es el exterminio de la revolución, es además el aniquilamiento de Francia, que ahora queda decapitada de veras, y por obra del propio gobierno francés…”. Culmina con la carnicería y las ruinas de París. “Bismarck se deleita ante las ruinas de París … Se deleita ante los cadáveres del proletariado de París” (La Guerra Civil en Francia, p. 317).
Marx acusa que los ejércitos de Francia y Prusia –derrotado y vencedor– “confraternicen en la matanza común del proletariado, hecho que significó “el desmoronamiento completo de la sociedad burguesa” [si no histórica ni materialmente, al menos moralmente]. Ello demostró –enfatizó Marx—que “la dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado”. Bajo el artificio de los nacionalismos, el propósito común de la burguesía de uno y otro país es abatir la lucha de clases. (p. 318).
Pero “el rojo sol de las discordias civiles hace caer las máscaras … Ahí están, unidos como en 1791, en 1794, en 1848, los monárquicos, los clericales, con los puños tendidos contra el pueblo … Su descentralización es la feudalidad rural y capitalista; su selfgovernment, la explotación del presupuesto por ellos, como todo el saber político de su estadista no es más que la matanza y el estado de sitio” (Lissagaray, Op. Cit. P. 137).
La Comuna no logró definir su propia naturaleza, pero ante el pueblo de París quedó claro que “era un campo de rebeldes”. Si bien las elecciones complementarias del 16 de abril fueron un fracaso … la comisión encargada de proclamar un programa, presentó un trabajo [aunque no fue obra suya, sino de un periodista, Pierre Denis] … (Op. Cit. Pp. 186-187).
El texto fue el siguiente:
“Qué pide París … El reconocimiento y la consolidación de la República. La autonomía absoluta de la Comuna, extendida a todas las localidades de Francia. Los derechos inherentes a la Comuna son: el voto del presupuesto comunal; el señalamiento y reparto del impuesto; la dirección de los servicios locales; la organización de su magistratura, de su política interior y de la enseñanza; la administración de los bienes comunales; la garantía absoluta de la libertad individual, de la libertad de conciencia y de trabajo; la organización de la defensa urbana y de la guardia nacional; que la Comuna se encargue exclusivamente de asegurar y vigilar el libre y justo ejercicio del derecho de reunión y de prensa. Nada más quiere París … a condición de que vuelva a encontrar en la gran administración central, delegación de las comunas federadas, la realización y la práctica de los mismos principios”. (p. 187)
Empero, cuestiona Lissagaray el excesivo centralismo de la Comuna de País. La declaración no especifica “cuáles serían los poderes de la delegación central, cuales las obligaciones recíprocas de las comunas” … [menciona el derecho de reunión y de prensa] pero “se olvidaba de mencionar el derecho de asociación …. Tal como era, este programa oscuro, incompleto, peligroso en más de un respecto, no podía, a pesar de las ideas fraternales, dar a las provincias lo que necesitaban … Esta revolución, hecha al grito de la República Universal, parecía como si no reparase en la inmensa familia obrera que la observaba ansiosamente…” (p. 187-188). Incluso, “la Comuna no fue capaz de someter a una discusión solemne una declaración que había de ser su programa, caso de que triunfase, y su testamento si sucumbía” (p. 188).
Al interior de la Comuna, por otra parte, prevalecen discusiones estériles, confrontaciones personales, indecisiones de los pasos a seguir. Al ser del conocimiento público “sus minúsculos cotarros formados por amistades o antipatías puramente personales”, la gran burguesía (Versalles) aprovecha esas fisuras internas (p. 190). La suma de todo ello fue el germen de la derrota, que se consumó mediante una inmisericorde y salvaje represión.

Refiere Marx: “Se decretó en París el estado de sitio. Dufaure hizo que la Asamblea aprobase a toda prisa nuevas leyes de represión” [anticipo de la previsible derrota de la Comuna y disponer de bases legales para el sanguinario escarmiento]. Con ello –describe Marx— con masivas detenciones y destierros, “comenzó una nueva era de terror … En su repugnancia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto nocturno que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central [de la Comuna] se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso…” (La Guerra civil en Francia, p. 293)
En el curso de varios meses de 1870, se urdió infinidad de confabulaciones contra la Comuna. Nació “toda una industria de tejedores de tramas tenebrosas, agentes que hacían comercio de entregar puertas, corredores de conspiraciones. Vulgares tramposos” … Simultáneamente. Le Mére de Beaufond, gobernador interino de Cayena, “proponía paralizar la resistencia valiéndose de agentes hábiles que provocarían defecciones y desorganizarían los servicios … El gobierno [nacional] tenía, además, otros sabuesos … estafadores… y conspiradores (Lissagaray, Op. Cit. Pp. 239-240).
“La imprudencia de algunos empleados de la Comuna favorecía la labor de los espías … por darse importancia, se expresaban en voz alta en los cafés de los bulevares, llenos de espías … Todos los conspiradores reunidos, en suma, no pudieron entregar una puerta, pero ayudaron a desorganizar los servicios” que la Comuna (ayuntamiento) debía ministrar (pp. 241-243).

