La Paradoja de las Curules: entre la paridad formal y el abismo de la desconfianza ciudadana

Cada 15 de septiembre volvemos a la misma cita en el calendario. Nos llenamos la boca hablando de democracia y citamos las resoluciones de la ONU para recordar que, en teoría, los pueblos tienen derecho a elegir su propio destino. Suena impecable en el papel, la verdad. Y cuando miramos hacia los congresos locales de nuestro país, uno pensaría que ahí es precisamente donde debería palpitar con más fuerza esa voluntad popular. Al fin y al cabo, son los recintos pensados para el debate cara a cara, el contrapeso al poder y la construcción de leyes para la vida cotidiana.
Sin embargo, al echar un vistazo a las cifras más recientes que acaba de soltar el INEGI —a través del Censo Nacional de Poderes Legislativos Estatales y la Encuesta Nacional de Confianza en la Administración Pública—, la realidad nos suelta un jarro de agua fría. Aparece ante nosotros una paradoja tan fascinante como incómoda. Por un lado, tenemos legislaturas locales que presumen una pluralidad inédita y avances de paridad de género que hace apenas un par de décadas parecían un sueño inalcanzable. Pero por el otro… hay un abismo silencioso pero aplastante: la gente, sencillamente, no confía en sus diputados.
Paridad que celebra, pero juventudes que brillan por su ausencia
Hay logros que sería necio e injusto no reconocer. La paridad de género en los parlamentos estatales dejó de ser un discurso bienintencionado para convertirse en una realidad matemática. De las 1,122 curules ocupadas en los congresos locales durante el último periodo ordinario, el 54.0% corresponde a mujeres, el 45.9% a hombres y un 0.1% a personas no binarias. Es más, en estados como Baja California, Colima y Tlaxcala, las legisladoras ocupan un abrumador 64.0% de los escaños. Las reglas del juego cambiaron y la apertura es innegable.
Pero no nos engañemos; no todo el panorama es igual de incluyente. Cuando cambiamos el lente y analizamos a nuestros representantes por su edad, el entusiasmo se desinfla bastante. El 82.0% de los legisladores se atrinchera en el rango de los 30 a los 59 años. Y es que el dato verdaderamente preocupante es este: en congresos como los de Coahuila, Nayarit, Querétaro, San Luis Potosí y Sonora, no hay un solo diputado menor de 30 años. Literalmente cero. Cabe preguntarse entonces: ¿cómo pretendemos conectar con las causas, ansiedades y sueños de las nuevas generaciones si en la mesa donde se toman las decisiones ni siquiera tienen una silla?

El mapa del poder: Mareas de mayoría y bastiones persistentes
Hablemos ahora de cómo se distribuye el poder en el territorio. A nivel nacional, seis de cada diez legisladores llegaron a su curul por el voto directo en sus distritos (mayoría relativa), mientras que los cuatro restantes lo hicieron por la vía plurinominal (representación proporcional). Esta última figura, aunque muchas veces vilipendiada en la discusión pública, resulta vital para evitar que las minorías queden sepultadas por la aplanadora del partido en turno.
En el ajedrez político, la marea de MORENA se consolidó como la fuerza dominante al pintar de guinda el 43.1% de las curules del país, siendo la bancada más numerosa en 24 estados. Sin embargo, la geografía legislativa mexicana todavía guarda matices e inercias regionales muy particulares:
- Aguascalientes: Mantiene una clara hegemonía del PAN, que controla el 63.0% del congreso.
- Coahuila: El PRI retiene su bastión histórico encabezando la mesa con un 40.0%.
- San Luis Potosí: El PVEM se posiciona como la primera fuerza con el 33.3% de las curules.
- Jalisco: Movimiento Ciudadano preserva su peso regional con un 26.3%.
- Tlaxcala: Ocurre un caso muy curioso donde los partidos locales suman un notable 36.0%.
El abismo de la desconfianza: Un divorcio anunciado
Y aquí es donde la tuerca termina de apretar. Porque podremos tener números impecables en cuotas de género, equilibrio de fuerzas y discursos solemnes sobre la soberanía popular… pero la ciudadanía siente las cosas de manera muy distinta en la calle. Lo que revela la encuesta de confianza del INEGI es desgarrador para cualquier democracia que aspire a ser sana.
Resulta que el 15.9% de los adultos en México afirma no tener NADA de confianza (un cero rotundo) en sus diputados locales. Y al otro extremo de la balanza, ¿cuántos confían ciegamente en ellos? Tan solo un raquítico 1.8%. El resto navega en un mar de escepticismo e indiferencia. Es como si la gente sintiera que los congresos son una especie de burbuja o torre de marfil: un lugar donde se aprueban presupuestos y se discuten discursos acalorados, pero de donde rara vez sale algo que transforme de verdad el día a día del ciudadano de a pie.
Romper el cascarón de los números
La democracia no puede reducirse a un trámite contable de llenar curules cada tres años. De nada sirve presumir un recinto legislativo perfectamente equilibrado en el papel si, al cruzar la puerta del recinto, las decisiones responden a intereses de partido y no a los dolores de la gente.
Si los congresos locales quieren recuperar la legitimidad que hoy tienen empeñada, los legisladores tendrán que hacer algo más que levantarse a fijar postura en tribuna. Necesitan escuchar de verdad, abrirle la puerta a los jóvenes, rendir cuentas sin rodeos y legislar con empatía. De lo contrario, seguiremos teniendo parlamentos con estadísticas deslumbrantes en los comunicados de prensa, pero trágicamente irrelevantes en el corazón y la vida de las personas.







