Rostro del Mictlán
La muerte, lejos de ser un final, ha sido para el ser humano un territorio de diálogo constante. Desde los albores de la conciencia, la ha observado, temido y desafiado, todo al mismo tiempo. En la cultura mexicana, esa contienda adopta forma de rito, de fiesta, de burla solemne. Se le nombra, se le canta, se le viste de símbolos para restarle silencio y convertirla en presencia compartida.
La imagen capturada en noviembre de 2025 frente a la Puerta de los Leones en la Ciudad de México no documenta solamente un desfile, revela un umbral. El personaje que emerge ante la lente porta más que un atuendo ceremonial, carga una travesía cumplida. Su rostro no implora, ni duda. Mira con la serenidad de quien ha atravesado el camino completo y ha salido indemne del abismo.
El Mictlán, concebido como el destino último de las almas, no es un espacio de castigo, sino de descanso alcanzado tras la prueba. Nueve niveles separan la vida del sosiego final. Obstáculos, desprendimientos, renuncias. Cada paso exige fortaleza interior y remembranza. La figura retratada parece haber recorrido ese sendero invisible: su expresión concentra orgullo, calma y una dignidad que solo poseen quienes han enfrentado lo inevitable sin retroceder.
Aquí, su semblante se transforma en blasón. No es únicamente una persona caracterizada; es la encarnación del aguerrido que acepta la partida como parte del orden cósmico. No hay derrota en sus facciones, sino afirmación. En su mirada habita el eco de una tradición que entiende el fin como continuidad, la ausencia como permanencia, la materia como tránsito del alma.
La cultura nahua enseñó que morir no dependía de cómo se vivía, sino del modo en que se partía. Esa enseñanza persiste, filtrada en celebraciones contemporáneas donde la memoria se vuelve colectiva. El guerrero del retrato no combate con armas, sino con identidad. Porta el legado de un pueblo que aprendió a mirar de frente a la muerte para no ser devorado por el miedo.

“El rostro del Mictlán” es, en esencia, un espejo. Nos recuerda que el óbito no siempre arrebata; a veces consagra. Que atravesar la oscuridad puede otorgar sentido. Y que, al final del viaje, lo que permanece no es el cuerpo, sino la huella de la lucha.
Más allá de la mirada: En la cosmovisión mexica, el viaje al Mictlán duraba cuatro años. Durante ese tiempo, el alma se desprendía progresivamente de lo terrenal hasta alcanzar el reposo definitivo, reafirmando la muerte como transformación y no como ruptura.
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