Propiedad de esclavo

Propiedad de esclavo

El escribano Salvador Delgado Cervantes miró taciturno las nubes grana y el Cerro del Muerto lucir como alfiletero, con rayos de fuego clavados de la cabeza a los pies.

​Adentro lo esperaban para decidir la suerte de la mulata Camila y sus siete hijos. Ella era esclava traída de Cuba al altiplano. Su padre llegó de África en la misma condición a la isla donde encontró a su madre, una de los pocos caribes que quedaban. La esclavitud le fue heredada, como ella lo hacía ahora con sus hijos.

​Nicolasa Sosa, vecina conocida y adinerada de Zacatecas, alegaba y Salvador Delgado Cervantes escribía:

​–La esclava y dos de sus hijos, las mayores, que pertenecen; los demás son de ustedes. De esa forma daré satisfacción a la demanda por la deuda que tenéis a través de vuestro padre, con mi persona.

​–nosotros tenemos una oferta –dijo Francisco Díaz a nombre de sus hermanos– la esclava y sus siete hijos que quedan, y a cambio le damos mil pesos oro. Es una propuesta razonable.

​–No lo es –repuso la mujer– desde el momento que vosotros no tomáis en cuenta lo productivos que serán los hijos de la esclava en cinco años más, cuando las mujeres se conviertan en esclavas y concubinas y quienes de ellas nazcan alcancen un gran valor en el mercado, mayor al que ustedes ofrecen.

​Nicolasa Sosa sabía del negocio, era conocedora profunda del mercado de esclavos, sabía precios y en algún tiempo administró un criadero.

​–Mil pesos es poco, mejore vuestra oferta o terminemos con esto.

​–Salvador Delgado Cervantes sumía una y otra vez la pluma en el tintero. Así llegó la noche y el alegato continuaba lo que motivó otro receso, aprovechado por el escribano para salir a plaza de Armas a observar el comal de plata que había por luna, y la convención de estrellas en el cielo del valle.

​Camila aguardaba sumisa; no conocía la libertad y nunca se había separado de sus hijos, de distinto padre cada uno. Todos ellos blancos.

​–¡Escribid! –ordenó Nicolasa. Dado que los hermanos Díaz no hacen ofrecimiento satisfactorio a mi legítimo interés, solicito el cierre de este convenio y quede asentado: la madre y los mayores que son mujeres, pasan a ser de mi propiedad, como pago al adeudo contraído por la familia Díaz con lo que declara.

​No habiendo más, Salvador Delgado leyó el convenio con voz clara e inteligible y todos firmaron de acuerdo. Camila y sus dos hijas irían a Zacatecas, los cinco menores quedarían en la huerta de los Díaz como empleados domésticos y luego los ocuparían en la recolección de frutos.

​–Además de tener hijos ¿qué sabéis hacer? –preguntó despectiva Nicolasa, antes de subir a la carreta donde viajaría encadenada la esclava, hasta conocerla bien y saber que no era libertaria.

​–Sé trabajar en huertas y…

​–¡A donde vamos no hay huertas, hay minas! Irás a una de ellas, y tus hijas se quedarán conmigo; podréis verlas una vez al mes. De los que se quedan en la Villa olvidaos, no los volveréis a ver.

A medianoche partieron con el resguardo de los sirvientes de Nicolasa Sosa. La suerte de Camila y sus hijos estaba sellada. Los carruajes y carretas se perdieron en la noche del tunal; el fuerte de Palmillas fue lo primero que vieron al amanecer.

​Camila fue remitida a las minas donde hacía tra-bajos pesados a la par de los hombres. Los capataces se encargaban de hacerle ver a ella y a los demás esclavos, casi todos negros, que en esta vida su único derecho era a trabajar sin descanso. Ahí vio caer a muchos; los viejos enfermaban irremediablemente sin atención alguna con los pulmones hechos pedazos. De noche, escucharlos toser era el anuncio de lo que a todos esperaba.

​La mulata a pesar del sufrimiento y las jornadas agotadoras en las entrañas de la tierra, se daba tiempo para atender a sus compañeros en desgracia. Así conoció al negro Antonio, el único hombre a quien amó y quien la amó. Hasta en eso la vida fue injusta con ella; el esclavo estaba enfermo, a sus 24 años sufría tos crónica, que anunciaba lo irremediable.

​–Antonio, negrito, no te mueras, no me dejes sola en esta cueva oscura, tengo miedo.

​–No quisiera morir ahora que estás conmigo, no quisiera dejarte sola. Ven conmigo y que la muerte nos lleve a otro mundo. Ya sólo me queda ánimo para esperar la muerte y ahora tan cercano el final te encuentro. Ven, acompáñame a ser libres.

​Los días de Antonio estaban contados; sin atención y sin dejar de trabajar. Los capataces se ensañaban con él, uno de los mejores barreteros antes de enfermar. Sin piedad lo hacían cubrir jornadas que un hombre sano difícilmente lograba y frecuentemente lo azotaban si llegaba a desfallecer.

​Sería por la presencia de Camila, el caso es que Antonio soportó todavía algún tiempo. La esclava no volvió a ver a sus hijos que dejó en la Villa de las Aguas Calientes, y tampoco a las mayores llevadas con ella a Zacatecas. La daban por muerta al no saber de ella.

​Hasta que un día Antonio y Camila fueron encontrados en el fondo de la mina. No se supo si cayeron o se lanzaron voluntariamente, pero sus cuerpos ahí estaban destrozados, habían alcanzado la liberación finalmente.

​Años después los hijos de Camila escaparon de la huerta de los Díaz, y se fueron en busca de un cura que andaba levantando a la gente en el Bajío.

​–¡Vamos a coger gachupines! –se fueron diciendo con otros esclavos, el momento había llegado.

Jaime Arteaga Novoa

Jaime Ignacio Arteaga NovoaNació en Tamuín, San Luis Potosí, el seis de abril de 1950, pero al siguiente año se mudó a Aguascalientes. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México y recuerda a sus maestros Fernando Benítez y Miguel Ángel Granados chapa. Dice ser periodista antes que escritor, pues trabajó durante 40 años en diarios, estaciones de radio y canales de televisión. Sus series “Historias no contadas” y “Orígenes” han traspasado l frontera mexicana. Ha publicado varios libros, entre ellos, Un lugar llamado Aguascalientes; Cada tema con su loco; Chichimecas, españoles y mulatos; Maratón; El hotel quemado; El chan del agua; Relatos de una época; Retrato fiel de un soñador; y el más reciente: Memorias del insomnio. Se declara enamorado eterno de Rocío Durcal y de La Cofradía.

Jaime Arteaga Novoa

Jaime Ignacio Arteaga NovoaNació en Tamuín, San Luis Potosí, el seis de abril de 1950, pero al siguiente año se mudó a Aguascalientes. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México y recuerda a sus maestros Fernando Benítez y Miguel Ángel Granados chapa. Dice ser periodista antes que escritor, pues trabajó durante 40 años en diarios, estaciones de radio y canales de televisión. Sus series “Historias no contadas” y “Orígenes” han traspasado l frontera mexicana. Ha publicado varios libros, entre ellos, Un lugar llamado Aguascalientes; Cada tema con su loco; Chichimecas, españoles y mulatos; Maratón; El hotel quemado; El chan del agua; Relatos de una época; Retrato fiel de un soñador; y el más reciente: Memorias del insomnio. Se declara enamorado eterno de Rocío Durcal y de La Cofradía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles. El sistema de Cookies principal del sitio el proporcionado por Google Analytics.  POLÍTICAS DE PRIVACIDAD