Una semana

Samuel estaba enfermo, verdaderamente enfermo. Además de sus poco más de 80 años, padecía una condición clínica que se había recrudecido en los últimos meses y si bien no estaba en cama, sí limitaba sus salidas a lo estrictamente necesario.
La señora que lo asistía le tenía limpia la casa, la ropa, hacía las compras necesarias y cocinaba, pero no le daba de comer, Samuel tomaba del refrigerador lo poco que podía comer; los médicos le habían prohibido casi todo y, siendo él bastante disciplinado, nunca se permitía salir ni de vez en cuando de esa rígida línea alimenticia. Con sus horarios de sueño era exactamente igual.
Lejanos quedaban aquellos días de fiestas, parrandas y locuras de una juventud que había clausurado apenas a los 74 años, luego de una noche en que casi pierde la vida por causa de una borrachera de cinco días continuos. Samuel había heredado una considerable fortuna, además de haber sabido multiplicarla, por ello, siempre fue él el patrocinador de todas esas diversiones, en las que siempre se veía rodeado de amigos, algunos de los cuales eran llevados por alguien y, otros, quizá simplemente acaban aprovechando el momento para beber gratis.
Esa mañana, llegaron tres de sus amigos. Samuel los había citado para comunicarles algo importante: sentía que el final ya no estaba lejos y deseaba dejar los más valioso que poseía a uno de ellos, sólo a uno, recalcó; pero, no podía decidir cuál de ellos sería el afortunado, toda vez que estimaba a todos por igual.
Miguel, Zeferino y Pedro se vieron entre sí algo confundidos.
––¿Y por qué no podemos ser los tres?
No; Samuel ya había determinado que no. Además, ya tenía una idea exacta de la manera para determinar quién sería el ganador:
––Los tres deberán pasar una semana conviviendo en esta casa cumpliendo una misión que les voy a encomendar. Quien mejor la realice, será quién se alce con la recompensa.
––¿Qué misión es esa?–– preguntó Zeferino con algo de inquietud, sensación que compartían los otros dos convocados.
––Ahí, en esa vitrina, –dijo Samuel, señalando hacia el fondo de la sala– dentro de esa caja de madera, está lo que más valoro y que, una vez pasada la semana que les pido, pasará a ser de alguno de ustedes.
––No entiendo. –dijo Miguel.
––Esa caja no deberá ser abierta en ninguna circunstancia. Si alguien lo hiciera, quedaría automáticamente fuera de la posibilidad de hacerse con su contenido. Ah, por cierto, verán que la caja en cuestión tiene una cerradura, pero no está bajo llave. Lo que puedo adelantarles es que es algo sumamente valioso, o al menos lo representa.
––Si no tiene llave, ¿no será muy fácil averiguar su contenido?
––Sí, pero les aseguro que yo lo sabré de inmediato. ¿Están de acuerdo?
Sin pensarlo mucho, los tres aspirantes asintieron.
La tarde del domingo anterior a la semana que pasarían “a prueba”, llegaron los contendientes con apenas diferencia de minutos. Samuel los recibió uno por uno. Cuando estuvieron todos ellos, les dio los últimos detalles:
––Todos pueden hacer uso de su tiempo a voluntad, salvo las horas establecidas para tomar los alimentos, que deberemos compartir juntos. No se asusten, ustedes no tienen que comer lo mismo que yo; con uno que haga dieta basta. Tampoco les pediré que se abstengan de beber lo que gusten; mi casa no es convento. Ah, no sé cuánta confianza haya entre ustedes; pueden aprovechar estos días para conocerse mejor. No habrá comunicación al exterior. Arriba encontrarán la que será su recámara fácilmente: está cada una marcada con una M, una Z y una P. Recuerden que esa caja no debe ser abierta por ningún motivo.
El lunes por la mañana, Samuel ya estaba sentado a la mesa para el desayuno, cuando uno por uno, fueron bajando los invitados. La verdad es que ninguno había podido dormir del todo bien; en los tres flotaba una inquietud insana, mezcla de intriga e interés. Todos se hacían la misma pregunta: ¿cuánto dinero representará esa caja?
Salvo las horas de comida y cena en que se volvieron a reunir, pasaron el resto del día conociendo cada rincón de la casa, sonriéndose hipócritamente cada vez que se topaban con uno u otro. Por supuesto, todo el día pasaban una y otra vez por la sala principal luchando contra el deseo de abrir la dichosacaja.
Fue el martes cuando cayeron en cuenta que habían desaparecido sus teléfonos celulares, además, en la casa no había ningún aparato para tal menester. Samuel les recordó que no debía haber comunicación con nadie afuera de la casa. Tampoco había televisor; había sí, una surtida biblioteca, pero la lectura no era costumbre en ninguno de los tres aspirantes al premio.
En los días anteriores, las horas de comida habían transcurrido sin tocar ningún tema trascendente; pláticas superfluas y anodinas. El miércoles, a pregunta expresa, Samuel les dijo que los había elegido porque ellos tres siempre habían estado en las fiestas y reuniones a lo largo de los años.
––Es curioso cómo el tiempo va formando lazos que se vuelven indisolubles. No puedo recordar cuándo fue la primera vez que compartimos la alegría de aquellas reuniones y fiestas, pero sí recuerdo que ustedes siempre eran los últimos en irse.Siempre disfrutaban al máximo la diversión. Cuando pienso en cualquiera de ustedes, no puedo imaginar siquiera la profesión de ustedes, si la tienen. Nunca me hablaron de sus familias. Es curioso…
El resto del día pasó como los anteriores. Eran frecuentes los encuentros de dos o los tres, pero nunca cambiaron palabras más allá de lo indispensable. Ya no eran amigos; nunca lo fueron en realidad: eran contrincantes. Ahora cada uno veía en los otros la amenaza de perder lo que ya creían suyo. En más de una ocasión, los tres habían intentado abrir la dichosa caja, pero siempre por la inoportuna aparición de otro de los interesados, por lo cual ninguno lo conseguió.
Habían intentado por su cuenta uno por uno sacarle la información a la señora de asistencia, pero ésta, era menos elocuente que la caja misma. Nunca dijo más palabras que los saludos de rigor. ¿Y si se ponían de acuerdo los tres? ¡No, ni hablar! Eso supondría dividir, cosa a la que ninguno estaba dispuesto. Todos para sí mismos se sentían ya con la fortuna en sus manos.
La mañana del viernes sí que trajo novedades. Samuel había muerto esa madrugada. Sólo entonces cayeron en cuenta que ni una sola vez le preguntaron cómo se sentía, cómo estaba de salud.
El médico que certificó el óbito no les dio más detalles, sólo que su estado se había agravado durante la noche, resultando en el desenlace conocido.
Zeferino, Pedro y Miguel, acordaron que ante las novedades no quedaba sino ver el contenido de la caja y, desde luego, dividir lo que ella contuviera, dadas las circunstancias. Fueron hasta la repisa, tomaron la caja y comprobaron que, en efecto, no ofreció resistencia. Una vez abierta encontraron un papel doblado que decía:
Hace años que el dinero dejó de tener importancia para mí, así que todo quedó por ahí, malgastado o donado. Lo único valioso que siempre tuve y no supe apreciar, fue el tiempo. Nunca recibí nada de ustedes, así que encontré esta manera de quitarles algo: un poco de su tiempo.







