Gente sin miedo

Una fotografía enviada por redes sociales y recuperada en el celular detonó mis recuerdos sobre aquella calamidadhistórica. La imagen -no dudo podría ser inteligencia artificial- develaba la realidad de una catástrofe vivida en Venezuela.
Escombros y un espacio, un hueco en donde un perro, evidentemente angustiado, cubre el cuerpo de un recién nacido; su mirada consternada, sombría y triste, advierte la destrucción, pero protege lo que para él es vida; un pequeño que, con sus ojos cerrados, no tiene la conciencia de los sucesos alrededor, menos del reciente terremoto.
Esta manifestación de nuestro planeta ocurre cuando la naturaleza reacomoda sus entrañas y las ondas expansivasperturban las superficies habitadas por aquellos que no presagian el acontecimiento. Se cree que algunas especies prevén, con anticipación lo que sucederá, pero los humanoscarecen de esa facultad. El momento trágico genera incertidumbre y temor; la atmósfera se agita y el suelo, al moverse, provoca una sensación sumamente extraña. El resultado regularmente es desalentador: decesos y desaparecidos registrados, miles de damnificados, pero alivio para aquellos que no pierden seres cercanos.
En 1985, viviendo en la gran ciudad de México, experimenté, como los hermanos venezolanos, un terremoto que devastó una buena parte de la capital. Las condiciones de ese lugar sufren continuos movimientos telúricos, de tal manera que los capitalinos viven con precaución y miedo. Las sacudidas son continuas, regularmente leves, pero un movimiento de 8.1 grados, es nada deseable.
19 de septiembre. Iniciaba mis labores en un pequeño almacén que contenía material importante para la reparación de los aeroplanos de Aeroméxico. La bodega estaba cruzando la pista de carreteo frente al hangar ubicado al costado sur del Aeropuerto Internacional del entonces Distrito Federal.
La noche anterior llovió, por lo que frente al almacén se encontraba un enorme charco que se debía que bordear para entrar. Rodrigo, compañero de trabajo y yo teníamos escasos diez minutos de abrir la bodega. No pasó mucho tiempo cuando mi compañero mencionó que se sentía mareado. Empecé a sentir la misma sensación. No tardamos en identificar del temblor e inmediatamente nos colocamos bajo el marco de la puerta, como era recomendado en esos casos.
El charco “chacualeaba”. Era un diminuto mar sufriendo de una tormenta, olas salpicaban de un lado a otro.
Nuestra preocupación aumentó al observar a unos de los supervisores tratando de recuperar el equilibrio sobre los andamios que se colocan para revisar los empenajes de las aeronaves. Veíamos cómo rebotaba de un lado a otro tratando de aferrarse a los tubos. La altura aproximada del estabilizados vertical o empenaje, desde el suelo hasta la parte superior de un avión DC-10 es de aproximadamente 18 metros.
El tiempo se advierte eterno. Quien haexperimentado esa sensación, interioriza un ajetreo que parece nunca terminar. El terremoto sucedió en tan sólo un minuto y medio, suficiente para causar los daños que aúnquedan en la memoria colectiva de los sobrevivientes.
El miedo se apodera de cada uno de los ciudadanos, pero algo pasa en el inconsciente que surge gente sin miedo, dispuesta a arriesgar su vida por salvar, primero a los suyos y después a los que lo requieran. Se convierten en nuestros héroes anónimos. En esa ocasión, el rescate de víctimas se prolongó hasta octubre con casos verdaderamente extraordinarios, 250 000 personas sin casa y diez años en remover escombros.
Como es de imaginarse, fueron días caóticos, pero también de hermandad. Por alguna razón inexplicable el miedo se desvanece y emerge la solidaridad, el apoyo y la esperanza de resurgir. Brigadas enormes de voluntarios asistieron a los que requerían ayuda. Países respaldan y fraternizan para aliviar el desastre; aun así, fallecieron oficialmente más de 3 000 personas, aunque algunas organizaciones estimaron pérdidas de más de 20 000.
Hasta ahora la fuerza del planeta es incontrolable, bastan 90 segundos para que la vida de una población cambie sustancialmente, pero dentro de esta verdad siempre admiraremos y enalteceremos a aquella gente que perdiendo su casa o a un familiar, también pierda el miedo.







